Los amantes, si comprendiesen, podrían, en el aire nocturno,
hablar maravillosamente.
1.
Yo, que
apenas he vivido, podría fingir haber confiado en un hombre, persiguiendo algún
goce animal, sabiendo que no sirve de mucho hablar; podría soñar con las ruinas
del desierto y las caravanas de beduinos, el calor y el temblor del paisaje
embustero; la tormenta de arena y la sed; la pérdida de la memoria, los labios
ulcerados, llenos de costras y llagas resecas; la mirada perdida; abandonada
por todos, esperando el cese del pesar, del miedo, de la angustia; consciente tan
solo de lo terrible que es vivir mientras las horas se eternizan en la
resistencia de mi cuerpo a la mera nada que espera como un alivio: en el momento
en que la tormenta se disipa y queda el bellísimo espectáculo deslumbrante,
punzante, inefable, dorado.
2.
Yo, que apenas he conocido la ciudad ni el campo, que desconozco los misterios de la simiente y los ladrillos, que espero despierta en la noche ladridos y aullidos, música de chicharras y grillos. Que, sin salir de este laberinto, he imaginado las guerras y los partos, la mezquina condición del hombre y sus juegos. Que, sin salir, he vagabundeado: junto con otros mendigos, he bailado y tocado la flauta y robado. Que he dado masajes en salones de té en mi época extranjera, que nadé en una playa de Tailanda donde los dioses escondieron el paraíso y su secreto. Que, confusa, he vivido mil vidas todas falsas, todas plenas, todas soñadas entre el bosque o en sucios locales, rompiendo la promesa de ser yo vagabunda y extranjera. Mintiendo, mintiendo.
3.
Yo, que
apenas he sufrido, podría desmenuzar el sentimiento de dolor de una daga que te
atraviesa el cuerpo rasgando piel, músculo y entrañas. Una pesadilla en la que, sobre una camilla y con material esterilizado, hombres de rostros cubiertos, te
sacan las vísceras mientras lo ves y sientes todo; agudos pinchazos, el sonido
ensordecedor del corte áspero; el pulso firme, el bisturí afilado, la furcia que
limpia el sudor, el hombre tranquilo, la mordaza. Enmudecida, mas los ojos abiertos, ojos que claman en palabras, ojos que hablan, ojos que, al
cabo, saltan de sus órbitas y cuyo destino es la fregona del
Servicio de Limpieza de algún hospital donde meterán
tus órganos en un frigorífico para que otra persona pueda mear con tus riñones o
sufrir un infarto con tu corazón.
4.
Yo, que a
nadie he querido, podría imaginar el estremecimiento de tu cuerpo entre mis
piernas, del acto inmenso de ser atravesada por un sentimiento de locura en que
anhelas tanto estar viva, en que sientes con tal intensidad tu existencia que piensas
que existes de veras y de modo trascendente, y que importas como importan las esperanzadoras
estrellas y el Universo que nos acoge, que eres más grande que un poema eterno
y más valiosa que la entera historia de los hombres y sus grandezas y sus
torpezas y sus valores y supersticiones; más que las religiones y los
funerales, más que la visión del fluir de los ríos y del brotar del manantial
desde la roca tierna, más aun que los hijos de los hombres y que los sabios;
que la música y los milagros; que la paz
y la salvación de las almas -o incluso más que la misma existencia de las almas-;
más que un gesto efímero de bondad, más que yo misma cuando no estás entre mis
piernas.