Vamos en
limusina, Elise, yo y los figurantes del teatro de mi vida. Anoche dormí mal,
son ya varias noches y no es normal. Yo solía dormir como un tronco, a
voluntad: decidía dormir y solo cerraba los ojos y ya todo era oscuridad y paz
hasta el siguiente asalto, descansado y hermoso, fuerte y superior. Así ha sido
siempre. Yo era yo: el valor y la clarividencia. Los demás me seguían con la
lengua fuera y balbuceantes, insignificantes partes de mi mundo.
Vamos a cruzar
la ciudad. Lo decido yo. Algo, sin embargo, ocurre, algo que sale de lo
habitual, algo como un presagio, algo denso, un surco opaco, una ola de
negación. Como si todo se propusiera contradecir mi voluntad. Aunque eso es imposible,
lo sabemos los dos. El día es extraño, veo asimetrías a través de mis gafas de
sol. No las sé descifrar, me perturba aunque moriría antes de admitir esa
turbación. A lo largo del tiempo que durará el trayecto, sé que lo perderé
todo. No preguntes cómo lo sé. Yo veo lo que no ha ocurrido aún, no lo puedo
evitar, es algo que en el pasado me sirvió para llegar a tener todo lo que
tengo, las riquezas que dilapido, el poder que ejerzo. Primero será la corbata,
después la chaqueta. Después mi dinero, el tuyo y mucho que no es nuestro. No
olvide nadie que soy una fuerza de la naturaleza. Nadie existiría si yo no existiera,
todo este día dejaría un hueco en el tiempo, nada sería como es ahora si yo no
lo hubiera creado así. A veces, hoy, durante estas horas mirando las pantallas
que me rodean me pregunto si no será el único reto que me queda…
Personajes
secundarios me acompañan a paso de tortuga cruzando la ciudad atestada de
extranjeros polícromos, intermediarios e inversores en limusina, políticos con
chófer y guardaespaldas que van en coches modestos, taxis conducidos por tipos
con historias dantescas. Una pasante de arte a la que me follo, 47 años de
sexualidad despiadada; un asesor de seguridad que debería estar muerto; un
analista de sistemas que no necesito; una asesora de teoría que es una cruel practicante
de la filosofía de la contradicción. La adoro. Es un reto. Ella y yo somos los espectadores
del “juego de las ratas”, de la rabia de las masas explotadas, enloquecidas, yendo
contra sí mismas para nada; mientras, mi guardaespaldas hace lo que hacen los
hombres y golpea a todo el que se acerca a nosotros. Un tipo se prende fuego y arde
ante nuestra ventanilla: me sorprende mi admiración y la frialdad de ella. Hacen
un vivo contraste, más aun que la batalla campal que se libra a nuestro favor entre
los antidisturbios y los manifestantes.
Me lleno y me
vació en encuentros con mujeres ya que a ti no te puedo poseer, aunque el día
es largo y estará lleno de extrañas ocasiones e inverosímiles tropiezos. Un día
para despojarme de todo, un día para plantar batalla sabiendo de antemano que esta
batalla está perdida. De hecho, los encuentros sexuales, las inversiones
suicidas, el chequeo médico, el cortejo fúnebre de Fez, dispararle a él… serán pasos hacia una nebulosa
sinsentido donde te encuentro en mitad de la nada desnuda junto a cientos de
cuerpos desnudos y te hago el amor, por fin, como despedida, para no marcharme
con ese deseo, para confirmar que todo me es concedido. Eres otra cosa, un
polvo al final del camino.
Las últimas
páginas las escribo ebrio: llego al barrio donde el viejo peluquero me habla de
mi padre, el chófer desfigurado me acompaña; en la noche entrada a ninguna
parte nos despedimos en el lugar improbable donde el destino aguarda, la calle inventada
donde alguien habita un edificio en ruinas y ese alguien me dispara.
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