viernes, 11 de enero de 2013

Cosmópolis


Vamos en limusina, Elise, yo y los figurantes del teatro de mi vida. Anoche dormí mal, son ya varias noches y no es normal. Yo solía dormir como un tronco, a voluntad: decidía dormir y solo cerraba los ojos y ya todo era oscuridad y paz hasta el siguiente asalto, descansado y hermoso, fuerte y superior. Así ha sido siempre. Yo era yo: el valor y la clarividencia. Los demás me seguían con la lengua fuera y balbuceantes, insignificantes partes de mi mundo.
Vamos a cruzar la ciudad. Lo decido yo. Algo, sin embargo, ocurre, algo que sale de lo habitual, algo como un presagio, algo denso, un surco opaco, una ola de negación. Como si todo se propusiera contradecir mi voluntad. Aunque eso es imposible, lo sabemos los dos. El día es extraño, veo asimetrías a través de mis gafas de sol. No las sé descifrar, me perturba aunque moriría antes de admitir esa turbación. A lo largo del tiempo que durará el trayecto, sé que lo perderé todo. No preguntes cómo lo sé. Yo veo lo que no ha ocurrido aún, no lo puedo evitar, es algo que en el pasado me sirvió para llegar a tener todo lo que tengo, las riquezas que dilapido, el poder que ejerzo. Primero será la corbata, después la chaqueta. Después mi dinero, el tuyo y mucho que no es nuestro. No olvide nadie que soy una fuerza de la naturaleza. Nadie existiría si yo no existiera, todo este día dejaría un hueco en el tiempo, nada sería como es ahora si yo no lo hubiera creado así. A veces, hoy, durante estas horas mirando las pantallas que me rodean me pregunto si no será el único reto que me queda…
Personajes secundarios me acompañan a paso de tortuga cruzando la ciudad atestada de extranjeros polícromos, intermediarios e inversores en limusina, políticos con chófer y guardaespaldas que van en coches modestos, taxis conducidos por tipos con historias dantescas. Una pasante de arte a la que me follo, 47 años de sexualidad despiadada; un asesor de seguridad que debería estar muerto; un analista de sistemas que no necesito; una asesora de teoría que es una cruel practicante de la filosofía de la contradicción. La adoro. Es un reto. Ella y yo somos los espectadores del “juego de las ratas”, de la rabia de las masas explotadas, enloquecidas, yendo contra sí mismas para nada; mientras, mi guardaespaldas hace lo que hacen los hombres y golpea a todo el que se acerca a nosotros. Un tipo se prende fuego y arde ante nuestra ventanilla: me sorprende mi admiración y la frialdad de ella. Hacen un vivo contraste, más aun que la batalla campal que se libra a nuestro favor entre los antidisturbios y los manifestantes.
Me lleno y me vació en encuentros con mujeres ya que a ti no te puedo poseer, aunque el día es largo y estará lleno de extrañas ocasiones e inverosímiles tropiezos. Un día para despojarme de todo, un día para plantar batalla sabiendo de antemano que esta batalla está perdida. De hecho, los encuentros sexuales, las inversiones suicidas, el chequeo médico, el cortejo fúnebre de Fez, dispararle a él… serán pasos hacia una nebulosa sinsentido donde te encuentro en mitad de la nada desnuda junto a cientos de cuerpos desnudos y te hago el amor, por fin, como despedida, para no marcharme con ese deseo, para confirmar que todo me es concedido. Eres otra cosa, un polvo al final del camino.
Las últimas páginas las escribo ebrio: llego al barrio donde el viejo peluquero me habla de mi padre, el chófer desfigurado me acompaña; en la noche entrada a ninguna parte nos despedimos en el lugar improbable donde el destino aguarda, la calle inventada donde alguien habita un edificio en ruinas y ese alguien me dispara. 

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