domingo, 9 de diciembre de 2012

No soy bipolar: es que finjo muy bien


El azul es un color demasiado alegre


A veces parece que al mundo lo mueve una necesidad aguda y urgente de autodestrucción. Y quizás se impone, aunque sea a intervalos de cordura, admitir la propia mediocridad antes de dar un paso más; admitir la imposibilidad de tener nada de verdad, la imposibilidad de hacer nada valioso, la escasa gana de luchar que queda tras una derrota brutal; asumir el miedo a avanzar, las dudas sobre el propio ser y la integridad de los demás.

Y puede que entonces tu cabeza explote o escribas un poema de mierda y entres en la Pesadilla donde un barítono absurdo se pone histérico y grita, grita, grita. Y un cantante de ópera ante un enorme y fálico micro se pone histérico y grita; y la marioneta se pone histérica y grita: esa cosa parlante que creaste se vuelve hacia donde tú estás, dando la espalda al público de cartón piedra, y grita.
Y sigue la Pesadilla con la abnegada ama de casa, con carita de ángel rechoncho, asidua a comuniones y bautizos, que se revela y grita, amenaza, insulta, se quita la máscara y grita: tu criada malpagada te escupe y grita; la madre de familia enloquece, abandona todo y grita. Y un enano con bozal frente al espejo se desnuda y grita, escupe y grita, te maldice y grita...

Y finalmente todo acaba con una plegaria:

Bienaventurados los millonarios porque de ellos serán las bragas de las niñas oprimidas. Bienaventurados los indecisos porque no hay espacio en el Infierno para tanto cobarde, así que irán al más espacioso lugar llamado Cielo que está muy por debajo de su capacidad de ocupación. Bienaventuradas las falsas libertinas, las caricaturas de sí mismas, las lascivas porterillas, las anuladas personas con prisa, porque en algún punto entre este mundo y la nada dejarán tanto sitio algún día...

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