Hay sueños preciosos, sueños de colores, sueños inquietantes, matadores, placenteros, filosóficos y novelescos. Casi todos se olvidan cuando despiertas, en una especie de muerte breve de un mundo íntimo y quién sabe si perfecto. Hay sueños dentro de sueños, sueños de amor y pesadillas. Sueños que acaban con una puñalada o con un beso.
Otros son tan reales, tienen tanto que ver con tu día que los mezclas con la vigilia. Soñar que suena el despertador y lo apagas no tendría que valer como sueño, tendría que llamarse de otro modo, pues no es ficción es miedo; no es imaginación, es rutina que se sale de su límite y avanza como una mancha negra en el mar dejando menos espacio a los mundos diminutos que habitan en nuestra mente y quieren salir y viven en la noche y en esa otra vida que tenemos cuando descansamos de nosotros mismos (seamos lo que seamos mientras estamos despiertos).
No hay derecho a que la realidad obscenamente aturdida penetre en la hora del sueño con incursiones sobre la mañana en el juzgado o las colas del paro de día siguiente. La lista de la compra, la limpieza dental, la manicura desganada, poner en agua unos garbanzos obtusos, pasar a limpio inútiles apuntes, copiar mil millones de veces "echar se escribe sin hache"... ocupar el sitio de un verdadero sueño.
Para equilibrar, en un discretísimo esfuerzo de coherencia estructuralista, pasaré parte de mi tiempo despierta fabricando oníricos mundos de agilidad imposible, dentro de ligeras burbujas hechas de rosa y silencio.
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