Ella anda descalza y despeinada por la planta de arriba. Él vigila desde fuera. Es de noche, noche cerrada. El silencio solo roto por los grillos; el calor y la humedad densa y pesada.
Él mira la ventana; la luz encendida alumbra la arboleda tras la que observa.
Ahora aparece la forma de ella, la figura que va y viene, que se desnuda y luego se peina y luego se viste. Pobre esbelta joven, no escucha al mirlo rogar en su ventana, no oye la alondra que la llama.
Él.
Unas oscuras nubes que dibujaban el cielo nocturno empiezan a disolverse. Echado en un árbol, el hombre cuenta veinte y observa cómo las nubes se pierden en un blanco brillante que empuja desde el Este. "Las formas tienen más forma a esta hora", piensa sin quitar ojo a la venta.
Decide que no va a esperar a que se haga de día, a oler el café y oír los motores de los coches a lo lejos, la vida que empieza cotidiana y absurda contra ellos.
Si sube las escaleras, no nota que las sube. Siente que va volando. No nota que se mueve, pero sus ojos perciben el movimiento.
Llega, aturdido por la emoción, a la sala donde por la tarde ella lee. Se dirige hacia el dormitorio.
Ella está sentada en el tocador, se pone con cuidado unos pendientes y se queda un segundo jugando con la polverita, abre-cierra, abre-cierra.
Una mirada al espejo le revela la presencia de él en la puerta. Se levanta de un golpe y se gira, lo mira, muda, expectante. Da un paso atrás, y cae sentada en la cama.
Él no dice palabra, se acerca despacio y se arrodilla frente a sus piernas. La dulzura de sus movimientos la distrae, la confunde. Con cuidado, desabrocha la blusa de ella que respira fuerte, besa su escote y sigue su viaje descubridor hasta la falda que no se resiste a abrirse.
Ninguno dice nada.
La joven mira al hombre que se quita la camisa, que se vuelca sobre ella que recorre su cuerpo con sus manos y le besa con dedicación los muslos, las caderas, la cintura, el vientre, los hombros, los pechos; se echa a su lado y la toma sobre él. Ella participa levemente, pero sobre todo se deja hacer. La decisión de girar sobre ella en un vuelco de él, facilita las cosas. Él se deleita en un suspiro hondo de ella, en las lágrimas que le viajan por las mejillas sonrojadas, en el labio que le tiembla mientras el la besa suave, tan suave.
Ella acaricia su espalda, lo aprieta hacia ella y se sume en el sexo tan solo, hasta que cierra los ojos esperando que la culpa y la vergüenza se olviden en él.
Él no pretende humillarla, la quiere sinceramente, la desea de lejos desde hace tanto que ese momento es feliz culminación de expectativas. Es un cálido sueño, un dulce triunfo. Es casi muerte cuando oye el quejido de ella, ese ronco gemido del final.
Se baja de ella que ahora llora desconsolada.
-No llores, -dice-, de verdad que lo siento, de verdad que te quiero, de verdad; no te haré daño. A ti, no.
El extraño se conmovió. Aquella sumisión y dulzura, el placer, aquel amor...
La besó con familiaridad en la despedida y se marchó como había llegado, casi flotando.
Ella seguía llorando sin desgarro, quedamente.
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