lunes, 26 de julio de 2010

El ventilador de techo

Subí y bajé en busca de algo, algo que no era comida, que no era bebida, que no eran mantas, que no era un techo. No recordaba qué era lo que buscaba. Salí. Vagué. La hierba crujía bajo mis pies descalzos. Buscaba algo que no eran zapatos, no era un abrigo ni un sombrero. Sentía lo húmedo del piso, me concentré maravillosamente unos minutos en la idea de que el rocío de la mañana había mojado todo o, quizás, había llovido, muy poco, muy suavemente, una lluvia breve y monótona, recibida con alegría por aquel suelo verde y mullido. El ensimismamiento acabó y volví a la busca. Miraba al oeste hacia la puesta de sol y pensaba que se haría de noche y tendría que suspender la búsqueda pues de noche en el bosque nada se ve. Cómo encontrar algo en la oscuridad. Me senté y pensé tratando de recordar. Solo conseguí mojar mi cuerpo y constatar que andaba por ahí desnuda. ¿Acaso buscaba ropa? No. No buscaba ropa. No sentía frío ni vergüenza ni ningún síntoma reconocible de necesidad de vestido. Había en el lugar una luz rosada que si se fijaban bien los ojos mostraba las moléculas de aire a mi alrededor. Podía ver miles de diminutos puntitos de un color rosáceo y anaranjado que en su conjunto formaban eso que llamamos luz. Fue otro momento de sublime abstracción. Me había alejado tanto de mí misma y de mis deseos de encontrar algo, había dejado pasar el tiempo en un estado de meditación tan largo y profundo que la luz, -que volvía a ver de nuevo como todo el mundo-, ya estaba desapareciendo y dejaba paso a un color azulado que iba tornando gris y pronto sería negro. La noche.
No quise volver. Me empeñé en mi empeño y mantuve mis ojos abiertos a pesar de que nada se veía. Lo que pasó entonces es lo que suele pasar cuando no se ve, comencé a aguzar el oído, y súbitamente reconocí los ruidos del bosque que antes no percibía. Y al mismo tiempo olí la hierba mojada y una dulce fragancia de varias flores que se mezclaban pero que en plena atención podría haber distinguido una a una. Me moví y oí perfectamente mis pasos sobre el césped, mi caminar despacio y cauto, que también me ofrecía la sensación acuosa de frecor y cierto cosquilleo contra mi piel. Nada de eso existía cuando había luz. Qué increíble poder cegador el de la luz, curiosa ironía que por repetida no dejaba de sorprenderme. No era más que una distracción de los demás sentidos. Una cosa llevó a la otra y deseé comer para saborear plenamente algún delicioso fruto y también porque era la hora de la cena y ni siquiera había almorzado. Recordé (¿la memoria de lo que no se ha advertido es también un sentido?) haber visto de reojo unos arbustos como de moras. ¿Estaban unos metros a la izquierda? ¿quizás a diez pasos?...
A los nueve (pasos) ya tocaba algunas ramas, asperas hojillas, la suavidad y redondez inconfundible del diminuto fruto. Arranqué y metí en mi boca con torpeza aquello que debía de ser comestible. Y cerré los ojos en un ademán instintivo e ingenuo para degustar por primera vez lo que tantas veces había comido. El líquido de sabor agudo, azul, brillante y frío. Nunca había saboreado nada igual.
Comí hasta hartarme. Me recosté y caí en un dulce y fragante sueño. Soñé con las caricias de tus manos, con tus labios en mis labios y tu cuerpo junto al mío. Y de pronto recordé lo que había salido a buscar, lo había dejado en casa, en mi cama, entre mis sábanas, en ese sueño de la tarde de verano tan perezosa, sonora de grillos y chicharras, atardeciendo de descanso estival bajo un ventilador de techo que hacía un ruido en el que nos habíamos deleitado unas horas antes.
Buscaba algo y ya sabía qué y dónde lo dejé.

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