martes, 30 de agosto de 2011

Black



Me preguntas, sentimiento contradictorio. Con la culpa que llena tu voz. De qué esta hecho. Qué es. Qué ocurrió. Y la respuesta explota como burbujas de nada. Como tú y yo eternamente abrazados en mi imaginación. Me enseñaste lo que sabías y yo aprendí tan poco. El asombro me elevó hacia el cielo y ahí estuve. No sé cuánto. ¿Meses? ¿Años? No es posible medir la felicidad. 
Pero yo también tengo dudas. Dime ahora ¿de qué están hechas esas nubes rosadas salidas del océano de tiempo que nos separa? ¿De qué, el espejismo? ¿De qué, el calor que siento? Y este polvo, levantado como tormenta de arena en la playa, ¿es real? Digo para ti. Para ti, ¿es real? 
A veces estás en mi cama y te quedas a pasar la noche para aliviar mi miedo. Por la mañana recuerdo las palabras, las páginas manchadas. Dejas un rastro. Puede que yo no tenga el coraje de Nazim o tan solo no sé "distinguir y dar al sueño lo que es del sueño".
Acaso solo es eso. Una especie de sueño.
Quizás es de eso que está hecho. De sueños. De brillo, de sombras y de sueños.

Black



Me preguntas, sentimiento contradictorio. Con la culpa que llena tu voz. De qué esta hecho. Qué es. Qué ocurrió. Y la respuesta explota como burbujas de nada. Como tú y yo eternamente abrazados en mi imaginación. Me enseñaste lo que sabías y yo aprendí tan poco. El asombro me elevó hacia el cielo y ahí estuve. No sé cuánto. ¿Meses? ¿Años? No es posible medir la felicidad. 
Pero yo también tengo dudas. Dime ahora ¿de qué están hechas esas nubes rosadas salidas del océano de tiempo que nos separa? ¿De qué, el espejismo? ¿De qué, el calor que siento? Y este polvo, levantado como tormenta de arena en la playa, ¿es real? Digo para ti. Para ti, ¿es real? 
A veces estás en mi cama y te quedas a pasar la noche para aliviar mi miedo. Por la mañana recuerdo las palabras, las páginas manchadas. Dejas un rastro. Puede que yo no tenga el coraje de Nazim o tan solo no sé "distinguir y dar al sueño lo que es del sueño".
Acaso solo es eso. Una especie de sueño.
Quizás es de eso que está hecho. De sueños. De brillo, de sombras y de sueños.

domingo, 28 de agosto de 2011

A más me adentro en esto, más me alejo de lo demás. La gente que me rodea se aparta. La mentira se hace más y más grande y me arrastra.
Si tuviera un Theo, le escribiría una carta. Le contaría cómo escribo mientras por mi cara se deslizan las lágrimas y relataría el modo exacto en que se empañan mis gafas. Segura de que cada día estoy más loca, no como si dijéramos excéntrica, sino enferma de la mente y del alma.

sábado, 27 de agosto de 2011

Por qué me duele


Vivimos del fuego, del dolor, del asombro. Yo, concretamente, vivo de ti, que eres dolor y eres fuego. Vivo del asombro y la admiración. Del miedo a perderte en la niebla. Del miedo a nunca conmoverte, a jamás llegar a ser poeta. Y sé que no lo soy ni lo seré. Porque no hay poeta sin memoria, y no me refiero a un fardo pleno de recuerdos o a ser portador de la espada de fuego que purifica y venga.  Me refiero a la cercanía de las palabras de los que fueron poetas, pescando el verbo a la deriva en un río de tiempo e inmortalidad. Yo no sé, no puedo. Vivo en una isla de olvido, ajena a la Historia, a la muerte, a la gloria. Aparte del resto; involuntariamente aparte. Sin nada que ofrecer, y esto me da igual. Sin nada que ofrecerte, y esto me mata.

viernes, 26 de agosto de 2011

quizá creo en las almas gemelas

Eres perfecto. Mi necesidad diaria que no aparece cada día, mi compañero virtual; algo así como una gran mentira y yo empeñada en que seas realidad, porque tus palabras están llenas de sentido, de pasión, de enigma, de verdad. Cada vez que me hablas, siento como si me tocaras. Eres como una canción pop. ¿Cómo compararte con cualquier otro? ¿Cómo sustituirte nunca por otro con sus ideas claras, sus preferencias claras, su éxito y su gran casa? No les admiro, me son indiferentes. No saben quienes son.
  Tú eres un sueño que siempre me acompaña, aunque esté en una comida familiar planeando destruir la sede local de Telefónica o asesinar a un funcionario de correos.
  Nadie me entenderá jamás como tú, porque eres un chiflado, un enamorado, un enajenado, un poeta.

miércoles, 24 de agosto de 2011

29 canciones


El mar quieto, azul, intenso, frío. Que mira desde la lejanía y la inmortalidad, encerrando en su vientre el secreto de difusos pasados, de las islas que se tragó, de los siniestros percances, anecdóticas muertes, duelos diminutos. La historia que no vuelve ni se va.
Amo este mar. Cuando está calmo y en silencio, me recuerda la paz que las palabras no pueden recrear. Cierro los ojos y duermo. Así es mi paz. Un sueño, un salto a la dimensión real de mi mundo ideal. Yo vestida de blanco y tú, siempre de negro, me abrazas,  me proteges y vigilas mi sueño en este sueño.
Si acaricias mis cabellos con la mirada perdida en lo profundo del mar, y cincelas las nubes a tu antojo mientras piensas en los viajes que no harás, no lo sabré ahí, pero lo sabré al despertar. Si pasas tu dulce mano por mi espada y me besas, deseando que el momento se eternice, lo sabré al volver aquí. Duermo durante 29 canciones. Duermo para encontrarte en la orilla, en el muelle, entre rocas suaves y blandas, y saber que nada me sobrevendrá.
Entre capas de ropa y más ropa, mi cuerpo se estremece. El lejano violín, el acordeón, la música que cambia obliga a mi mente a mutar en su estado y la ensoñación corre peligro de evolucionar. 
No quiero soñar. Quiero estar asida a ti, en paz. Pero me despierto y empezamos a bailar. Reímos. Entonces nos miramos y nos entristrece no conocernos. Te toco la cara como los ciegos para intentar aprehenderte y retener quien eres. 
Y otra vez la música: me embarga la paz. Cuento 5, antes contaba 6. Respiro. Te abrazo y, aunque tú a mí no, no te retiras, me hueles el pelo, rozas con tus labios mis mejillas. Siento la voz de Fiona y me aterra despertar  sin tu abrazo. Al fin, creo que me abrazas y de súbito cambia el escenario. 
Estamos en un muelle separados por unos veinte pasos. Yo tengo un regalo entre mis manos. Y tú me miras triste. El día está gris, húmedo, harto de otoño, de viento, de pájaros huidizos y negros. El cielo nos mira, pesado, agarrotado, con deseos de llover tanta pena. Camino hacia ti, tú no te mueves. Dejo el paquete en el suelo a tus pies y me retiro. Tú te agachas, lo desenvuelves y sacas un viejo y grueso tomo de pasta azul con una iluminación que no logro ver. Desaparecemos del muelle y se pone a llover.
De la mano cruzamos el puente de algún parque de una soleada ciudad. Puede que sea París. Dos tipos, con guitarra y pandereta, versionean 4 minutes warning. Te retengo. Quiero quedarme allí escuchando junto a ti. Un modo de paz. Solo cuatro minutos en un puente que no existe. Dices que vayamos despacio. Y salimos del puente cogidos de la mano. Mis dedos se ven blancos y delgados entre tus dedos. Paseamos aún un rato. Nos sentamos en un prado, nos echamos y me abrazo a ti, sin soltarte de la mano, como una niña.
De nuevo, solo quiero dormir. Temo durante un segundo que tú no lo desees. Pero se acaba mi miedo al notar tu respiración, tu mano, tu hombro. Tu abrazo. Comprendo que estás aquí. Y ya no veo más.

29 canciones


El mar quieto, azul, intenso, frío. Que mira desde la lejanía y la inmortalidad, encerrando en su vientre el secreto de difusos pasados, de las islas que se tragó, de los siniestros percances, anecdóticas muertes, duelos diminutos. La historia que no vuelve ni se va.
Amo este mar. Cuando está calmo y en silencio, me recuerda la paz que las palabras no pueden recrear. Cierro los ojos y duermo. Así es mi paz. Un sueño, un salto a la dimensión real de mi mundo ideal. Yo vestida de blanco y tú, siempre de negro, me abrazas,  me proteges y vigilas mi sueño en este sueño.
Si acaricias mis cabellos con la mirada perdida en lo profundo del mar, y cincelas las nubes a tu antojo mientras piensas en los viajes que no harás, no lo sabré ahí, pero lo sabré al despertar. Si pasas tu dulce mano por mi espada y me besas, deseando que el momento se eternice, lo sabré al volver aquí. Duermo durante 29 canciones. Duermo para encontrarte en la orilla, en el muelle, entre rocas suaves y blandas, y saber que nada me sobrevendrá.
Entre capas de ropa y más ropa, mi cuerpo se estremece. El lejano violín, el acordeón, la música que cambia obliga a mi mente a mutar en su estado y la ensoñación corre peligro de evolucionar. 
No quiero soñar. Quiero estar asida a ti, en paz. Pero me despierto y empezamos a bailar. Reímos. Entonces nos miramos y nos entristrece no conocernos. Te toco la cara como los ciegos para intentar aprehenderte y retener quien eres. 
Y otra vez la música: me embarga la paz. Cuento 5, antes contaba 6. Respiro. Te abrazo y, aunque tú a mí no, no te retiras, me hueles el pelo, rozas con tus labios mis mejillas. Siento la voz de Fiona y me aterra despertar  sin tu abrazo. Al fin, creo que me abrazas y de súbito cambia el escenario. 
Estamos en un muelle separados por unos veinte pasos. Yo tengo un regalo entre mis manos. Y tú me miras triste. El día está gris, húmedo, harto de otoño, de viento, de pájaros huidizos y negros. El cielo nos mira, pesado, agarrotado, con deseos de llover tanta pena. Camino hacia ti, tú no te mueves. Dejo el paquete en el suelo a tus pies y me retiro. Tú te agachas, lo desenvuelves y sacas un viejo y grueso tomo de pasta azul con una iluminación que no logro ver. Desaparecemos del muelle y se pone a llover.
De la mano cruzamos el puente de algún parque de una soleada ciudad. Puede que sea París. Dos tipos, con guitarra y pandereta, versionean 4 minutes warning. Te retengo. Quiero quedarme allí escuchando junto a ti. Un modo de paz. Solo cuatro minutos en un puente que no existe. Dices que vayamos despacio. Y salimos del puente cogidos de la mano. Mis dedos se ven blancos y delgados entre tus dedos. Paseamos aún un rato. Nos sentamos en un prado, nos echamos y me abrazo a ti, sin soltarte de la mano, como una niña.
De nuevo, solo quiero dormir. Temo durante un segundo que tú no lo desees. Pero se acaba mi miedo al notar tu respiración, tu mano, tu hombro. Tu abrazo. Comprendo que estás aquí. Y ya no veo más.

domingo, 21 de agosto de 2011

Pero qué cantidad de mierda de blogs sigo, cuántas idioteces sin sentido digo, qué millones de acciones hipócritas hago. Y, hoy, qué increíble sensación, qué gana de morir por -quizás- primera vez en mi mierda de vida. Hala, rayo, cáeme ya. Estoy preparada, veré la puta luz y correré hacia el otro lado.


Al asco de mi vida, súmale la pena de la tuya, entre ambas haremos fuerza. Después ya me encargo de reclutar pelotudos, perdedores, inconformistas, anhelantes, hienas. Y cuando tengamos medio ejército de perdedores, payasos y bebedores, náufragos y niños perdidos fundaremos un lugar en ninguna parte, lejos del cielo y del infierno, nada parecido al limbo de los memos. Ajeno a Dios, al Sol, a Alá y a Buda. Un sitio sucio pero nuestro. Donde podamos estar solos, tranquilos y muertos.


Cuando era más chica y leía un poema que hablaba de almas desgarradas, mientras el pedante profesor hablaba de la biografía del necesariamente anónimo autor, yo soñaba con un río de gaviotas muertas, porque ya tenía el alma desgarrada. Me preocupaba el alma del poeta, el alma desgarrada pegada a mi balcón. Ahora siento preocupación por si la sombra del alma  provoca humedad en la pared de mi balcón. Y eso ocurre porque ya he muerto, amor, porque he perdido el alma y de paso el corazón, porque añoro mi cama, con mi casa, con las sábanas suaves blancas que eran mi centro. Mi descanso, mi paz. Los perdí en una partida de cartas. Y sueño con volver a recuperarlos, con el alma desgarrada.

25 Pacientes

Érase una vez una clínica privada donde cada miércoles por la tarde se hacía una terapia de grupo para la prevención de la drogadicción. Aunque para ser honestos los que iban allí ya eran adictos así que estrictamente de lo que se trataba no era de prevenir sino de curar, si eso es posible, la drogadicción. Las sesiones eran profesionalmente coordinadas por el psicólogo jefe de la clínica, el Dr. Alberte, que también trataba a muchos de los asistentes de modo individual los días de diario por las mañanas. Allí acudían alcohólicos, cocainómanos, heroinómanos y otros viciosos en un totum revolutum que no daba grandes problemas. Mas acaeció que sobrevino una crisis económica al Reino y muchos de los asiduos de los miércoles por la tarde se decantaron por seguir con las drogas tras hacer sus cuentas y ver que les salía más barato.
Entonces fue cuando el psicólogo dio cabida en el grupo a otro tipo de enfermos: erotómanos, mitómanos, sociópatas y personas con diferentes clases de fobias. La decisión fue principalmente económica. La crisis --que resultó ser larga y mundial-- le proporcionó la excusa, digo, le forzó a mezclar a pesar de ser consciente del posible riesgo de bajar la calidad del procedimiento; pero, dado que la sesión costaba 100 euros, a más pacientes más guita.
Los problemas empezaron a ser notables cuando llegó Pepe, un extorero con agorafobia que había recibido una cornada justo ahí donde la espalda pierde su buen nombre y tenía muy mal carácter, aunque Julito dijera que era un hombre muy carismático.
El psicólogo se desentendió de él, de lo que podemos deducir que era un mal profesional o había copiado en todos los exámenes en la Facultad de Psicología y el título que lucía en la pared de su despacho era falso en puridad. 
En fin, una tarde de agosto, el aire acondicionado apagado (para ahorrar), dio comienzo la sesión con 25 individuos con distintas dolencias y terribles traumas.
Juan Luis Aguilar protestaba airadamente ya que a él le parecía que ellos -los hipocondriacos- no deberían estar con todos aquellos viciosos que vaya usted a saber cuántas enfermedades contagiosas podrían portar. Esta afirmación tensó el ya de por sí tenso ambiente lleno de síndromes de abstinencia, impulsos violentos contenidos y maldisimuladas insinuaciones sexuales por parte de un par de erotómanos y alguna ninfómana. 
Aquella calurosa tarde, los cuatro hipocondriacos se sentaron juntos, algo retirados del resto. A su derecha, con bata blanca, 85 kilos de peso y una ligera alopecia, el doctor y Encarni, agorafóbica, que no soltaba la mano del profesional. A su  izquierda, Susi, -ludópata, sádica los miércoles, masoca el resto de la semana-, que no paraba de susurrar comentarios al torero sobre cierto homosexual que cualquier día a la salida de la sesión lo iba a violar.
Susi había apostado con Carla, ama de casa, con trastorno de personalidad y accesos de violencia, que el torero y Julito, su enamorado, iban a acabar mal. Así que malmetía todo lo posible para encender la chispa que le hiciera ganar los 50 euros y, aunque fuese "dar un paso atrás en su curación", pegarse el gustazo de jugar.
El Dr. Alberte estaba más raro de lo normal posiblemente por la presencia de Raquel, 18 años, 50 kilos de peso, minifalda y blusa transparente, que al cruzar las piernas demostraba empíricamente la teoría de que no llevaba bragas y que, además y encima, se frotaba los pechos sin parar.
Todos hablaban a la par: algunos insultaban al pijo hipocondriaco, ofendidos por su actitud llena de prejuicios y las afirmaciones que se iba a tragar. El torero afirmaba a gritos que jamás había estado ni estaría en la cama con un tío así lo mataran. Ahí aprovechó Julito y dijo algo así como que peor que lo que le hizo el toro no iba a ser. Y Susi le dio la razón, y Amanda le dio la razón y Raquel le dio la razón y los hipocondriacos se apartaron por la famosa intuición del hipocondriaco. 
El doctor consolaba a la aterrorizada Encarni: "Estoy aquí: no hay nada que temer". Todos estaban exacerbados, nerviosos, enloquecidos, chillando. Uno exigió que pusieran el aire acondicionado y otro que le devolviesen los 100 euros de la sesión. Y, claro, el doctor soltó súbitamente a la pobre mujer para calmar los ánimos. La mayoría estaba ya de pie, insultando y empujando, y Encarnación, histérica, con el rostro desencajado y a punto de sufrir una crisis, se agarró por detrás al primer cuerpo que pilló. Que resultó ser el de Pepe. 
El extorero andaba muy mosqueado y, por alguna razón, desconfiaba de lo que le llegase por retaguardia. Y en aquel momento algo tremendo ocurrió. Fue tan rápido que ninguno de los presentes pudo aclarar las verdaderas circunstancias en que Pepe se zafó del abrazo de Encarni, se avalanzó a Julito, el gay erotómano, y lo estranguló sin mediar provocación y sin que nadie se lo pudiera explicar. 
Y ahí acabó la carrera del Dr. Alberte y las sesiones de terapia de grupo en la Clínica que cautelarmente cerró, debiéndose derivar a los internos al hospital público de la localidad, cuyas condiciones dejaban mucho que desear desde que preside la Comunidad autónoma Esperanza Aguirre. 

viernes, 19 de agosto de 2011

Hoy te quiero


Estoy justo ahí. En ese punto. En el punto de relajar cada músculo y sentir amor. Estoy en ese sitio que algunos ignoran. Disfrazada de gato sabio. De alma en pena. De lasciva perdición. En un momento de inconmensurable felicidad. Ahí. Donde se pierden los metros, los relojes, las magnitudes. Donde no hay dimensiones porque solo hay un instante en el que se juntan la sensación física con la certeza espiritual. Ahí, en una esquina, a salvo de la lluvia y de los salpicones de sucio barro, cerrando los ojos y viéndote claramente bajo la luz de la farola. Me tocas con tus manos holográficas y aunque no debiera las siento, me estremezco. Cierro fuerte los ojos y te siento.