viernes, 16 de marzo de 2012

Lo que tienen en común Henry Miller y Apuleyo (I)

No había vuelto a sangrar desde que llegó allí.
Le habían cortado el cuello de oreja a oreja. Le metieron una esponja, lo dejaron por muerto.
A la mañana siguiente, se levantó como siempre: amarillo, quejoso, sucio y somnoliento. No recordaba que lo hubiesen matado: estaba tan dormido y bien dormido de la borrachera que ni se enteró. Ahora tenía que salir y seguir el viaje, el viaje por el paisaje de la ciudad extraña y extranjera, un paisaje de enanos con halitosis, con apartamentos cochambrosos; un paisaje de cientos de cucarachas y chinches; un paisaje de ruido de tripas y dignidad.
El camino se estrechaba a veces y él quedaba atrapado en un angosto pasillo del que no podía salir ni adelante ni hacia atrás; tenía que esperar un tiempo indefinido hasta adelgazar.
A veces en el viaje encontraba compañía: hombres que le parecían como él, libres y extranjeros, a los que dejaba hablar en busca de buenas historias con las que amenizar el camino, a los que al cabo detestaba, de los que tarde o temprano se despedía.
Tras el degüello, sintió que estaba más vivo que nunca. Nadie a su alrededor le parecía estar tan vivo y atento, ser tan libre y estar tan pleno como él mismo en ese instante. La plenitud con la que oía sonidos de gotas que caen, vientos lejanos que levantan la hojarasca, el borboteo de la cisterna del cuarto vecino, el crujido de la cama de la prostituta; todos los orgasmos, los orines, los pasos de los insectos, el reptar de los gusanos, el chasquido del órgano al masturbarse, la trituradora del camión de basura digiriendo el hediondo fruto de la vida de la comunidad. Todos esos paquetes de cigarrillos y las cajas vacías de trastos sin sentido. Todas esas cáscaras, mondas, espinas y huesos, piel de pescado y de pollo, tocino agrio, botellas de vino barato, latas de cerveza de marca blanca, compresas usadas, pañuelos de papel con viscosidades repugnantes, los condones arrugados pringosos de semen, saliva, flujo y sangre, el brazo de una muñeca, pilas gastadas y contaminantes. Todo a la panza del camión que rechina. Todo a la boca del destierro de la ciudad que se deshace de su mierda para avanzar un día más. El motor del camión que arranca y se marcha saciado suena a amanecer, canto de mirlo, adagio para órgano deglutidor, la sinfonía della cittá. Die sinfonie der stadt. Estremecedora comprensión. Delirio.
No desechemos nada de la vida. Despreciemos, odiemos, pero no desechemos. 

Decidido a recolectar anécdotas y escribir su viaje, caminaba alejándose sin percatarse de ello. Y así se topó con una riachuelo de aguas que le parecieron frescas y apetecibles. E inclinose a beber. Y en el esfuerzo de estirar el gaznate, la herida invisible se abrió, cayó la esponja al arroyo y un río de sangre manó de su cuello enrojeciendo el agua clara. Azufre. Fue lo último que vio: el color de la sangre aguada borrosa viajando por las afueras de aquella ciudad. 

lunes, 5 de marzo de 2012

Saber que estás ahí detrás; casi poder olerte; atisbar tu sombra y la cortina que apenas se mueve. Saber que sabes que espero y das media vuelta y te vas. Estar segura de que sabes que haciendo eso me matas, y que elijas hacerlo.
Yo finjo mal. Bueno, la verdad es que finjo bien. Finjo mejor que tú. Pero no soy cruel. No te condenaría al ostracismo. Te mentiría. Te miento o mejor dicho te mentía. Cualquier cosa antes de herirte como tú me hieres.
Necesito una despedida.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Estoy demasiado cansada y soy demasiado ignorante. El mundo me pesa, la verdad se me escapa. No hay día que no busque fuera y dentro de mi alma. Pero qué voy a encontrar más que vacío. A veces, logró evitarlo, vencer a la oquedad del camino, al vuelo suspendido y al vértigo de la caída. Es por amor. En la idea del amor, se aparece el oasis que me calma. Pero es el desierto y hay espejismos. Espejismos de vida, espejismos de sentido. Es siempre una imagen que tiembla, y se escapa pues su esencia es furtiva. Así como la vida se va, ella se va hacia algún lugar. Y yo la sigo porque es lo que deseo hacer. Seguir la estela que me guía. Que me alivia. Es esperanza y es fe y yo creo en ella. Es un sueño. El sueño de la vida. ¿Estamos dormidos y queremos despertar? ¿O es solo el deseo de soñar?
Hay bálsamos y conozco pócimas, oigo música y leo poesía. Ensordecedora poesía, bellísimos cantos, profundas ideas de hombres que admiro. Y en la estela, en el temblor que persigo exhausta los veo, los oigo, los leo. No lo entiendo, pero la pócima me libera. Me ayuda a perseguir la verdad. A soñar que camino sobre deslumbrante y ardiente arena, sobre dunas de ideas y tragedias. Sin pasado, me embriago de presente y la sigo. Trato de asirla, de aprenhenderla. Alcanzo a vencer mi agotamiento y por fin duermo. En el calor y la sed sin límite, descanso, abrazada a ella, en brazos de ella, protegida por ella. En sueños rezo para que la pesadilla pase de largo. Una plegaria atea, una plegaria terrenal, supersticiosa, infantil, una plegaria pagana, milenaria que me llega desde los dioses del aire, la tierra, el fuego y el agua. Árboles y animales pueblan el suelo que torna verde, una alfombra que cubre el desierto y se hace césped. Se da que el sol no arde sino tiempla los cuerpos que me arropan. Ya no estoy sola. El silencio se aparta bajo el hechizo del rumor del río que ronea y los pájaros que se cortejan. El sueño dentro del sueño se vuelve promesas.

martes, 28 de febrero de 2012

Cataclismos y maletas vacías
los versos jamás escritos
el epitafio del mundo
encerrado en el caos y el frío

Las cosas inútiles lo visten todo
mientras la ira y el deseo
dominan nuestras almas
el resto es disimulo

Asqueroso obtuso y sucio disimulo
Y escribir adjetivos o masturbarte
valen las mismas libras de paja
si al cabo de la noche nace la mañana

Un bazo que duele, un hígado podrido
copas que apagan esta rabia
tomar de la mano a una ella que no es tuya
dejar que te rapte el que primero llegue

Nada ahoga al que ya se ha ahogado
nada importa al inmortal egoísta
pero si no cargas el peso
del mundo entero a tus espaldas,
no habrá orgía para el héroe

Solo elige: antes o después
luego hazle sangre si quieres
pero antes o después habrás de darle
algo que llene esa maleta vacía
con la que camina sobre las vías
en el paisaje demacrado que nos rodea

Y cuando el tren parta y salga al raso
no la sigas
deja que se quede ahí
mirando las negras líneas que cruzan el cielo
esperando el cataclismo
caminando hacia el ocaso
escribiendo mentalmente el epitafio

domingo, 26 de febrero de 2012

Era jueves y era tarde, siempre paras para saludarme, y yo siempre te doy conversación. Es la verdad. El jueves te enseñé unos poemas de Kavafis que tú no conocías y se te ocurrió. Ya ibas tarde, pero se te ocurrió. Dudaste y, al fin, me llevaste a tu despacho, cerraste la puerta tras los dos. Y me mostraste tus poemas de amor furtivo. Me dijiste que eso no querías compartirlo, lanzarlo al mundo, ni hablar de ello con nadie y te prometí no compartirlos.
Falté a mi palabra un poquito, solo porque no soy de fiar. Hoy te lo dije. Te dije que había puesto tus poemas en un lugar y no te importó. Los compartí, es verdad, pero no se los regalé a nadie. Además creo que sabes que soy lo contrario de lo que tú pretendes ser y no eres. Así que estamos en paz.
Hoy viniste tres veces; volviste a irte tarde. La última te despediste: "me gusta hablar contigo pero es que es muy tarde".
A veces pasan estas cosas. Me sorprendí el jueves y hoy ya estoy confusa. Lo he repasado en mi cabeza y estoy segura de que tiene sentido.
Yo leía sin saber que te encendía: yo leía para mí; y tú... no sé, al principio, no lo sé, pero después ya sí leías para mí. Te admiro tanto. Una vez más me abriste un mundo deslumbrante a cambio de nada.
Navegamos distintos mares mas, por algo que no entiendo, me ves y te demoras y llegas tarde por mi causa. Me revelas, como el canto del cisne, los secretos de tu vida. Cosas importantes. Más importantes que casi ninguna otra confidencia que hagamos. Que bebías hasta perder el sentido, que tuviste una muchacha con la que leías desde la altura de una montaña las cartas  a Théo. Una muchacha que no es tu mujer de ahora, a la que desnudabas encendido por otros versos como estos y me lo cuentas con esos poemas aún mojando tu boca.
Sé que estás triste porque todo acabó y todo se acaba y te distraes quizás conmigo.
Harto de todo; solo como pocos saben estar solos.
Hoy todo ha sido distinto, siempre has sido sincero y has dicho lo que pensabas. Pero hoy has sido tierno. Amable y tierno: me preguntaste si me sentí avergonzada. No me sentí avergonzada. Solo son poemas y yo no soy una chiquilla. No son los poemas los que me turban ni es la vergüenza la que me confunde.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Escarmiento de Paranoia

Muchos no me quieren bien y ya trataron de matarme otras veces. La tercera vez que de modo fallido se atentó contra mi vida tomé precauciones. Ahora era prácticamente imposible matarme. Salía disfrazada a la calle, no comía nada que antes no hubiera probado algún inocente, no acudía con regularidad ni con puntualidad a ningún evento; cambié mi nombre, historial médico y nacionalidad. De hecho, perdí numerosos contactos. Uno de ellos fue una lástima, pero al cabo supe que le importó un bledo así que tampoco fue tanta la lástima. 
Ahora vivo algo más tranquila. Con un pseudónimo, trabajo en casa y me tumbo en la azotea del edificio donde tendrían que, primero, encontrarme y, luego, dispararme desde un helicóptero para matarme. Así las cosas ya más relajada, menos preocupada, ausente el dolor que causa el miedo a la muerte inminente, pude concentrarme en vivir. Y un día incluso me aventuré a salir con mi nuevo aspecto, mi nombre nuevo y en aquella nueva ciudad lejos. Cuidándome siempre de no volver a juntarme con locos.
Para ello, excluir a los majaras de mi eventual futuro círculo social, había de desarrollar una herramienta de detección de locos que pudiera servir para cualquier ente humano fuera cual fuese su raza, sexo y religión. así como ser un método infalible, inocuo e imperceptible. 
Me llevó algún tiempo, pero, por supuesto lo logré. Un cuestionario que de modo disimulado se colaba a modo de casual conversación y unas muestras fotográficas cuya visión produciría una manifestación en el objetivo del test que de modo claro me diría a qué tipo de personalidad me enfrentaba.
No abundo en datos específicos de este método pues aún no lo he patentado y todos los psicólogos y psiquiatras colegiados o no son unos cretinos y unos plagiarios.
En fin, tras algunas entrevistas de tipo exploratorio, y pasados seis meses, encontré a un posible amigo cuya mente no sufría ningún tipo de enajenación ni su alma ocultaba un ápice de maldad. Y encima su belleza interior se corroboraba con la exterior. Moviendo a mi persona a una tendencia natural y genéticamente heredada de querer propagar la especie con
él. Aunque mi inteligencia me hacía evitar por todos los medios el quedarme preñada, mi cuerpo entero gritaba que habría de ayuntarme con aquel alma perfecta, aquel hombre sano, aquel bellísimo ejemplo de ser humano. Entonces, como se dice vulgarmente, le entré a saco. Sabiendo como sabía que no quería matarme y que no era un enfermo mental según el por mí bautizado test de Mora, me acerqué a él con la idea inevitable de que me procuraría grandes placeres en el plano carnal.  Supe entonces que se dedicaba al periodismo, gran decepción que no hubo de ser impedimento para que lo invitase a casa y le ofreciera una copa, unos entremeses y a mí de postre, de modo que nos acostamos con un resultado de satisfactorio a muy satisfactorio por mi parte y excelente a quiero repetir mañana por la suya. 
Ahí se puede decir que nos hicimos amantes, pues lo que en principio no iba a pasar de una noche se repitió bastante más y se prolongó en el tiempo hasta que un día en que tuvimos oportunidad también de hablar le pregunté si no pensaba cambiar de trabajo que los periodistas eran todos unos cretinos y unos plagiarios (sí, ya, siempre digo lo mismo) y él me repuso que sí. Que le bullían miles de posibilidades en su cabeza, la más plausible meterse en política. Fue escuchar eso y tener que ir al baño. Y él debió darse cuenta de que mi actitud para con él radicalmente cambió pues le pedí que se vistiera, le empujé hacia la puerta y ya no lo volví a llamar más. Asumiendo que, como todos los políticos son unos corruptos y si no lo son lo serán, al final mi amante se convertiría en uno de aquellos monstruos de los que yo trataba de escapar.
Pasó entonces algo con lo que yo no contaba. Él comenzó a llamar y llamar, a mandarme mensajes, cartas, bombones y flores por mensajería. A asomar por el portal. A acechar desde la esquina de mi calle y suspirar. Supe después que cuando no me estaba acosando, se dedicaba a la política, con lo que lo que pasó al final no es de extrañar.
Un día que había subido con gafas de sol a la azotea a templar mi pálido cuerpo con unos escasos rayos de sol y ya cansada de leer y de retozar en la tumbona, bajé perezosamente en el ascensor y penetré en mi apartamento, limpio como una patena, donde para mi disgusto estaba él sin haber sido invitado. No le pregunté cómo había entrado porque para qué, ni le pregunté qué quería porque para qué no le dije que se fuera porque para qué y mientras me besaba le di una patada en los huevos sin avisar porque para qué. Tras retorcerse de dolor y quejarse e insultarme durante unos minutos, se repuso y me mató. Los detalles escabrosos me los ahorro porque para qué. Sin más que sus manos, me quitó la vida. Con todas las precauciones tomadas por mí, tras marcharme y solo buscar la compañía de personas sanas y cuerdas. No me voy a quejar porque para qué. Aunque en verdad me cabreé mucho cunado me vi muerta tomando decisiones burocráticas de mierda a ver adónde me admitían. Desde luego, en la próxima vida, me voy a dejar llevar y me juntaré con locos y no seré tan precavida.
Ahora, ando en el vestíbulo del Purgatorio donde nos someten, a los que los solicitamos, a un casting a ver si nos dejan entrar ahí o nos entregan directamente a Lucifer y sus torturas por un tiempo limitado, tras el que nos mandarán de nuevo a la Tierra y así. Vueltas y más vueltas. Aquí ya les confirmo que no existe el infinito ni en la imaginación ni fuera y que las almas son limitadas y reutilizables. Así que me acepten o no en el Purgatorio, tarde o temprano volveré. A ver si me lo monto mejor la próxima vez: me mantendré lejos de psicólogos, políticos, periodistas e historiadores. Igual me meto a poli.

martes, 14 de febrero de 2012

A sangre fría. Reflexiones

Leí a Capote, leí a Faulkner, leí a Rulfo, a Onetti, a Bolaño, a Houellebeqc, a Pynchon, a Golding, a Lem, a Nabokov; releí a Kavafis, a Whitman, a Blake, a Pessoa, a León Felipe; releí a Cortázar y Borges; desde el verano aquí, leí. Nunca, creo, leí igual, con ganas y pasión, comprendiendo tan bien lo que leía.
Para mi sorpresa, nada cambió en Hamlet, pero todo había cambiado en mí, cuando una noche lo apreté entre mis manos y me lo devoré; otro tanto con La vida es sueño, qué igual era y cómo yo lo entendí tan mal. El rey Escorpión me hizo temblar de emoción. Y amé a W. Golding por cómo viajó por el tiempo. Rulfo por su sencillez de pueblos fantasma y tragedia; Gabo en Cien años es como Cervantes en el Quijote: inventan la novela, reinventan la novela, reescriben el mundo y el resultado (hola, Herodoto) como ocurre con el quizás nunca nacido Homero: historias que encierran todo el mundo de su momento y sin embargo calan tan hondo en el alma de los hombres que se trasladan a cualquier momento. Es lo que sentí con Shakespeare. Todos los sentimientos humanos están ahí y que se mueran los psicólogos. Y he aquí A sangre fría, del que no estoy segura que Capote lo titulase así por el crimen, pues su modo de pasar por la historia demuestra un grado intenso y controlado de sangre fría. Hay que estar atento para descubrir un momento de sentimentalismo.
Es, sin embargo y en un fondo histórico, como Faulkner hasta donde lo he leído, un dibujo de un mundo moribundo. Un mundo de confianza, de inocencia, de puertas abiertas, de vivir en comunidad, con todo lo que hay que creerse, creyéndolo. Cada uno de los habitantes del pueblo, ambos asesinos, todos, están justificados desde un prisma objetivo y sistemático. Es un ejercicio difícil: el escritor plenamente consciente de quererse apartar. Lo contrario de otros, lo que él pensaba que podía aportar: nada, una ordenación justa de los datos, una prosa impecable, un relato terrible que no es de terror.
Curioso, porque ahora veo esta lista y parece arbitraria y alocada, asistemática, como yo, sin sentido, sin cordura: una lista caprichosa y al azar. Pero Lolita es también un perfil psicológico clavado y justo. Cabalmente, franco y muy irónico Nabokov  da los pasos para que Humbert Humbert se explique y se exprese y así lo vemos como a un pervertido, según los canones establecidos, alguien cuyos gustos sexuales son anormales, están fuera de lo admisible, rozan la perturbación y, no obstante, el petrimetre está más cuerdo que yo. Es a veces apasionado y eso te arrebata: por qué -me preguntaba mientras leía-, por qué ese viaje sin sentido, por qué esos errores de párvulos siendo culto e inteligente. Aquí es donde se puede ver un ser emocional, inmaduro, confuso. Su maldad consiste en sus gustos anacrónicos y en no ceñirse a la norma, por no resistirse a lo antinatural de su comportamiento y dar voz y voto al pequeño demonio mimado, el que lleva dentro y el que acarrea fuera.
Ambas novelas tan distintas, tan lejanas, tan opuestas desde el estilo y el modo de enfrentar una novela. Ambas son perfectos retratos de la psicología humana. Y Nabokov además es un genio innovador; culto y difícil. Capote es perfecto, perfeccionista. Cada coma, cada adjetivo son certeros y su perfección me ha dejado perpleja. No sé cómo nadie pudo asemejarlo a Faulkner en estilo o en generación. No me entero: probablemente mi deficiente formación.
Además aún estoy convaleciente: me metí en Santa María, desmenucé el mundo de Onetti y su falta de pedantería no facilita ese ritmo terco, lento y maniatico. Si lees a Onetti, mejor lo lees todo de Onetti, si no te vas a querer enterar y no vas a llegar más que a la angustia: la de los personajes que se te mete en los huesos. Después se pasa: Díaz Grey autor-personaje, invención de otro personaje. Larsen, una vida de luchas contra un primitivo instinto de supervivencia y una irreversible vocación de proxeneta. Las mujeres. Las mentiras. Los retos y bravuconadas, los propósitos nunca realizados. La vida de verdad, entre brumas de tabaco y alcohol y frustración y paso del tiempo. Y siempre la pregunta queda sin respuesta.
Otras cosas son más sencillas, más exitosas, más perecederas; son cuadros acabados, descompuestos, superpuestos, lo que quieras. Tendrás una respuesta al final. Pynchon: respuesta psicodélica. Houllebeqc: inquieto no sabes dónde va pero acaba, en la muerte, acaba, en el fin de un programa, de un proyecto; personajes autistas, artistas, otras semblanzas de cómo son los hombres, pero menos perfiladas: quizás no es su intención, quizás no siente la necesidad, quizás simplemente no llega a tanto. Ni araña tan siquiera el alma humana. Nada de nada. Se lee, se dejan leer. Y Pynchon igual pero con la traducción deficiente. No te dan más que un rato de entretenimiento y alguna sonrisa cómplice porque son inteligentes, escribir les divierte. Saben y lo hacen bien. Pero ¿qué tienen que contar? Seguiré buscando. Pero hay una complicación ahora. Capote dijo en el prólogo de Música para camaleones:
Al principio fue muy divertido (escribir). Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento mas alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y, después de aquello, cayó el látigo!
Y el látigo ha caído para mí también. Sé bien que no es mi caso; pero si quisiera, tampoco dejo de entender que juego, me divierto y soy muy vaga. Y estos Houellebeqc, Pynchon, Welsh,... tampoco se pararon a pensarlo; tengo esa sensación, esa percepción.
Tengo por cierto que caerá un rayo, estallará una bomba, se parará un corazón y estallará una guerra. Sucederán violaciones, robos, abusos de todo tipo, brutalidad desatada; y después de la tormenta, reinará el silencio y el miedo, en foma de felicidad: la ausencia de dolor, como dice un maestro mío. El mundo como si nada no parará de girar, la luna como si nada volverá a mostrarse seductora, Marte seguirá sin poder acercarse a Venus y la lluvia dejará un olor delicioso en los campos rojizos salpicados de pinos; los almendros blancos se tornaran rosados y mancharán las cunetas de las carreteras secundarias bajo las cuales hace ya mucho que se pudrieron miles de cadáveres. Todo lo que pase será siempre relatado. Más o menos como pinceladas de un cuadro en que no se muestra (o sí) exactamente lo que se tiene delante, pero que lo perpetúa, lo comprende: no solo lo ve, no solo lo perpetúa, no solo lo retiene para el futuro, sino que lo comprende. Lo rodea con el entendimiento y lo envuelve, comulga con ello y con lo de antes y con lo de después, y bañado por el sol o helado por la ventisca lo regurgita en tinta. Y sufren estos, los que lo hacen así. ¡Cómo sufren! Porque ven claro qué han de hacer, cómo lo han de hacer, qué es lo esencial en su vida y para qué ellos aquí.




La lectura es una actividad. No hay nada de pasivo en leer. Nada de ocio, en realidad, es un ejercicio complejo y a veces agotador. Claro es que hay muchos modos de leer, como de hacer cualquier cosa, pero tal como yo lo siento ahora es una suerte de mezcla entre tú y el mundo que se te da, al que te acercarás, con el que aprenderás.
Antes no mencioné a Bolaño, y fue a posta, porque mi relación con su prosa no tiene nada de objetiva y ahora ya no soy capaz de juzgar, como la primera vez, con Putas asesinas y Los detectives salvajes, si mi ansiedad por continuar explorando su mundo es una cuestión de él o algo mío, una obsesión con Lalo Cura, -Francisco Monje-, o la peregrinación de Amalfitano, la oscura necesidad de conocer los crímenes de Sonora. Lo recuerdos de Amuleto. Reencontrar a todos los personajes, verles labrados de cabo a rabo; agradecer el sacrilegio de vaciar archivos inéditos de su ordenador para saciar mi curiosidad, satisfacer mi conocimiento de la obra de Archimboldi, cuya bibliografía completa está resumida; constatar que Bolaño tenía un conocimiento de cada uno de sus personajes, un seguimiento que va desde el día de su nacimiento hasta su muerte y los ha creado como un dios de verdad: una imagen con una historia detrás, tan pormenorizada, en sus vivencias, sus sentimientos, sus cambios, sus versos predilectos como los recuerdos de Rosa Amalfitano de su madre.
Hay un entramado que quedó por finalizar, uno de tantos esfuerzos quebrados a la mitad del camino y que habría, quizás, llegado a ser una obra magnífica. Yo tengo una vena detectivesca con los escritos de Bolaño; cada cosa sé que está relacionada con otra y si fuera menos perezosa o esa labor tuviese algún sentido llenaría mis paredes con anotaciones, fotocopias y flechas, cual investigación de película; hasta llegar a reconstruir ese mundo completamente. Pero no hace falta, lo reconstruyo un poco cada día, para olvidarlo al día siguiente. Vivo así. Emoción fugaz.

¿A qué lugar conducen estas reflexiones? A ninguno, espero. A ninguno real. Es un desahogo personal, nada de interés. Me pareció que después de tantas lecturas, apartada un poco de mi misma, y contemplando tristemente el sinsentido de nuestro mundo, me quería fotografiar tal como soy ahora. Porque el tiempo pasa y nada excepto eso tiene sentido a veces, sentido literal, sentido literario.

Pues, sin tiempo, qué perspectiva. A veces comienzan las confusiones y los sueños parecen reales: es el tiempo del cada día igual, de la rutina y el emular el día anterior. Sin más diferencia que el color de las ropas que vestimos, y el menú que comemos. Esas menudencias que al fin se acaban. Entonces, el juego de observación de la vida, de la imperceptible alerta auditiva y visual, de la mirada del mundo y sus matices, entra a protagonizar nuestra vida. De ahí, en los sueños mezclan cosas posibles con las sucedidas efectivamente y llega implacable la duda de si la cordura te abandonó.
Algunos luchan contra el tiempo: embarcan, se mudan, cambian: en ocasiones, cometen actos extraños, ilícitos, ilegales,... en su querer distinguir un día de otro pierden incluso su alma.

Otras veces, los individuos tienden a acomodarse y vivir su rutina con placer y alegría y muy aliviados por no vivir en alerta y verse alejados de estímulos nuevos. Son admirables en su tranquilidad. Serían más admirables si no fuese porque están destinados a no comprender que el tiempo pasa. Un día con el pelo cano se aperciben de los surcos en el rostro de sus parejas, con sorpresa. Y actúan con una sabiduría ancestral. La ternura misma, apesadumbrada por la conciencia de lo poco que les queda. Son los cuerdos, los maravillosos, los benditos que acarician el cabello de su esposo y miran con nostalgia las caritas de sus nietos y todas las fotos del aparador. Están en la tierra, miran la tierra, el suelo bajo sus pies. Miden el tiempo por cumpleaños o fiestas familiares. Y les escuchas aquello de parece que fue ayer y en sus bocas de labios desaparecidos, sumidas hacia dentro y aun sonrientes, esa frase hecha toma un sentido más grande que si lo dijese el mismo Einstein.


Estas son meras reflexiones de un lector. Y ya se sabe: El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona. 


martes, 17 de enero de 2012

las mujeres fantasma

Tú no lo sabes, pero hay mujeres muertas que son fantasmas. Están muertas. Sí, muertas. Mas en momentos puntuales por algún motivo inexplicado vuelven a la vida.
Muertas sin saber que están muertas se resisten al sueño por miedo a no estar vivas.
O despiertan constantemente por alguna pesadilla.
Un único detonante, algo de lo que ellas no son conscientes, les devuelve a la vida. Ciertas personas llamarían a esto amor. Por llamarlo algo. Por darle un nombre y sentarnos tranquilos tú y yo, dejémoslos que lo llamen amor.
Despiertan, es cierto, por un clamor, un claro llamado, una voz. Eso las trae de nuevo a la vida. Sin dejar de ser mujeres fantasma, les renace el ardor, el candor, las ganas de una alegría que pudiera ser llamada amor. Por qué no.
La fantasía de las mujeres fantasma, normalmente adormecida, despierta de súbito cuando oyen cierta voz. Y amanecen vivas, sin saberlo. Tan vivas. Tan como fueron ellas algún día. Les embarga el apetito, hambre voraz, deseo loco, sed de palabras, de lecturas y de otras almas. Así pasan unos ratos vivas, sin conciencia de estar vivas, hasta que se acalla esa voz, con cualquier pretexto vano. La voz se acalla, y las mujeres fantasma vuelven a estar tan muertas como cualquier otro fantasma.

domingo, 15 de enero de 2012

Recogía autoestopistas
Preparaba mi trabajo fin de máster para especializarme en Psicología, Sociología y Ciencias del comportamiento y había decidido comprobar los tipos de personalidad de un abanico de individuos en una misma situación. Sentados al lado de un extraño: durante algunas horas de trayecto. La cuestión derivó también en un viaje de autoconocimiento sin que yo en principio me percatase y sin que yo a la postre fuese capaz de asimilar, analizar y/o reconducir a lo que supuestamente habría de ser un comportamiento normal.
Sí, normal. En Psicología sabemos que hay individuos normales; y los que no, obviamente, son anormales. Hay que ver si esa irregularidad en su comportamiento social es nociva y hay que corregirla, o es tolerable y por ende los dejamos vivir sin medicar, sin terapia y sin vigilancia vecinal.
Bueno, vuelvo a la parte del autoestop.
Recogí a un sinfín de mujeres. Muchas más mujeres que hombres, por cuestiones de higiene y también porque las mujeres son más interesantes en tales situaciones. De hecho, mi conclusión es que se dividen claramente en dos grandes tipos: las que no paran de hablar y las que miran por la ventanilla o miran un libro o una revista y solo lo dejan para contestar por educación alguna pregunta que se le haga[1].
Ustedes dirán las primeras son más interesantes para un psicólogo. Puede. No digo que no. Pero son detestables. Así, cuando prestas atención a lo que dicen, siempre, indefectiblemente, hablan de otras personas, gente de su entorno vital, social: familiares plagados de defectos, los hijos desagradecidos, las nueras o cuñadas (una peste), la compañera de trabajo,... En no pocos casos te hablan de sus hogares la decoración, la distribución, el trabajo que les dio, los problemas intestinales de sus cocinas y baños.
Otras veces, yo manipulaba levemente la conversación y con suerte acababan hablando de política, de las últimas elecciones, de tal o cual concejal, de algún ministro o diputada; siempre opinan nítidamente, dando de modo sorprendente un discurso absolutamente cohesionado desde el punto de vista formal; un texto oral sin fisuras, lleno de coherencia. Loable don de la retórica. Ahora, desde el punto de vista del contenido, plagado de inexactitudes y porcentajes inventados, dichos con tal seguridad que uno pensaría que les ha poseído un verdadero político. Qué seguridad. Qué fuerza. Qué apabullante fuente de palabras.
Este tipo de mujeres son legión. Tres horas con algunas de ellas es una prueba que no pasé. Conducir por carreteras con radares y cambios de rasante, falto de gasolina, absolutamente cansado, mezclando ya los datos, grabando ocultamente la conversación, tratando de sonsacarles la edad sin ser tan claro como para ponerlas a la defensiva: es solo una cuestión de estadística, dato necesario, esencial para mi investigación, dato absurdamente vano y sin embargo atesorado como si se tratase de un informe del Mosad (servicio de inteligencia israelí) sobre la CÍA.
Tras meses de investigación, tenía un dossier de 1498 páginas con estudios sobre 302 mujeres (270 parlanchinas y 32 soñadoras) y cinco hombres. Los hombres francamente eran menos locuaces, menos capaces de hablar durante horas, y mucho menos amables. Un gracias, una media sonrisa desconfiada, algún comentario sobre las causas de su necesidad de transporte y basta. De cinco, saqué cinco clases. Y, como mi directora de trabajo me hizo notar, es posible que generalizase más con las mujeres que con los hombres, que necesitase más individuos para llegar estas conclusiones y que no fuese muy objetivo en el juicio de ambos sexos. En fin, a esas alturas estaba ya yo en otra dimensión que si ella hubiera sabido ya se habría cuidado de darme tantos consejos y hacerme tantos comentarios negativos. Pero la importancia de mi hallazgo hasta ese momento ella tampoco la supo.
De aquellos cinco individuos, con excepción de uno que era de gustos sexuales heterodoxos y al que sin problema le dije que no era esa la meta de mi investigación, el resto tenía una única cosa en común: dejar claro justo que no tenían tendencias homosexuales. Muy claro. Antes siquiera de arrancar el automóvil ya te advertían. “Ojo, que no soy maricón”. Un poco rudo, un poco maleducado, algo desagradecido; pero al fin y al cabo una generalidad digna de remarcar. En otros particulares, como iba diciendo, cada uno mostraba una manera de actuar particular, individualizada. Uno pedía permiso para fumar; otro no. Uno explicaba los pormenores de la avería de su camión; el otro, coincidía conmigo en todo (y yo no había casi abierto la boca); el otro, dijo poco pero explícito: su mujer una zorra de cuidado le había dejado sin nada, hasta el coche le había quitado; el marica, era joven y andaba en estudios universitarios, fue de los pocos que me interrogó abiertamente mucho más que yo a él: un ser encantador. El quinto. El quinto y último hombre tenía unos 45 años. Escasísimo pelo castaño, medio alto, medio fuerte, medio algo. En cuanto supo que yo era estudiante, me explicó su condición de profesor; cada comentario era refrendado por una sucesión de citas de escritores a los que yo no había oído nombrar: palabras y frases en francés (presumiblemente), y una larga divagación sobre la escuela rusa. Yo no quise contradecirle en su creencia de que yo estudiaba Literatura, de que era un digno interlocutor. Pero una creciente antipatía me había nacido desde casi los primeros veinte minutos. Quizás tantas peroratas, tantas desviaciones y caminos secundarios, tantos kilómetros de palabras. Pensaba en el simpático joven universitario y en alguna de las soñadoras exquisitas y trataba de convencerme de que en este señor de pedante condición e insoportable compañía tendría el colofón de un trabajo de investigación que bien valdría una misa (todo se contagia).
Sin embargo, no sé qué me dio. No puedo por más que incluirme en el estudio como el individuo varón seis; y, aunque mi contexto no es análogo al de los otros objetos de estudio, mi comportamiento revela el extremo del que las Ciencias del comportamiento hacen un objetivo ontológico y esencial.
Tras dos horas y veintiséis minutos de clase magistral de Literatura universal y “usted-me-entiende-joven”, paré en la cuneta de una zona arbolada, oscura y despoblada; bajé con la excusa de estirar las piernas y él me siguió con la intención de “orinar bajo el fresco aroma de Natura”. Así que a unos metros del coche, tras la mención de la palabra natura como si fuese ese término un detonante de mi violenta personalidad oculta, le aporreé con brutalidad hasta sentir que los golpes los daba a un saco de arena, chorreando de sangre, abultado, irreconocible. El gran farsante, el mono sabio yacía como un trozo de carne machacado, despojo de una carnicería sin precedentes pero con consecuentes y subsecuentes.
El asunto quedó entre los álamos, el anochecer, y el tipo salpicado de sangre, cuya erección anoto por interés científico, que desdoblo de mí para el ejercicio académico.



[1] A estas las denominé soñadoras, y también presentaban sus diferencias (las nerviosas que se muerden las uñas sin cesar, las plácidas que miran el paisaje respirando tranquilas, las que lloran disimuladamente, las que pasan las hojas del libro que tienen en sus manos rápidas como si no pudiesen esperar y como si les diese igual estar ahí en el coche o en una cama de hospital, o en la antesala del Infierno siempre que las dejasen leer en paz).

miércoles, 11 de enero de 2012

poema malo

Otra vez tú y tu nombre de fuego.
Tarde y embriagada, llena de ti
de nuevo.
Quiero parar el tiempo.

Afrodisiaca la noche,
afrodisiacas las brasas
de las palabras.
Lava que se abre paso
por mí,
un juguete que te ama.

El recuerdo afrodisiaco.
Afrodisiaco tu acento.
Mi cuerpo de espaldas
a todo sufrimiento.

Te quiero, droga.
Tu verbo enhiesto y desafiante;
parado a poco que te hable:
rozándome, mirándome.

Quiero cerrar los ojos,
untarme en tus gemidos,
sentir tus manos que son mías;
dejar que me guíes
a la locura, a la cordura,
a la verdad falsificada.

Quiero estar contigo;
en tu mundo cerrado, terco,
desesperado.
Ya no hay verano ni hay invierno;
solo un lugar lejos,
un efímero momento,
delirio, dolor y sueño.