Recogía autoestopistas
Preparaba mi trabajo fin de máster para especializarme en Psicología, Sociología y Ciencias del comportamiento y había decidido comprobar los tipos de personalidad de un abanico de individuos en una misma situación. Sentados al lado de un extraño: durante algunas horas de trayecto. La cuestión derivó también en un viaje de autoconocimiento sin que yo en principio me percatase y sin que yo a la postre fuese capaz de asimilar, analizar y/o reconducir a lo que supuestamente habría de ser un comportamiento normal.
Sí, normal. En Psicología sabemos que hay individuos normales; y los que no, obviamente, son anormales. Hay que ver si esa irregularidad en su comportamiento social es nociva y hay que corregirla, o es tolerable y por ende los dejamos vivir sin medicar, sin terapia y sin vigilancia vecinal.
Bueno, vuelvo a la parte del autoestop.
Recogí a un sinfín de mujeres. Muchas más mujeres que hombres, por cuestiones de higiene y también porque las mujeres son más interesantes en tales situaciones. De hecho, mi conclusión es que se dividen claramente en dos grandes tipos: las que no paran de hablar y las que miran por la ventanilla o miran un libro o una revista y solo lo dejan para contestar por educación alguna pregunta que se le haga[1].
Ustedes dirán las primeras son más interesantes para un psicólogo. Puede. No digo que no. Pero son detestables. Así, cuando prestas atención a lo que dicen, siempre, indefectiblemente, hablan de otras personas, gente de su entorno vital, social: familiares plagados de defectos, los hijos desagradecidos, las nueras o cuñadas (una peste), la compañera de trabajo,... En no pocos casos te hablan de sus hogares la decoración, la distribución, el trabajo que les dio, los problemas intestinales de sus cocinas y baños.
Otras veces, yo manipulaba levemente la conversación y con suerte acababan hablando de política, de las últimas elecciones, de tal o cual concejal, de algún ministro o diputada; siempre opinan nítidamente, dando de modo sorprendente un discurso absolutamente cohesionado desde el punto de vista formal; un texto oral sin fisuras, lleno de coherencia. Loable don de la retórica. Ahora, desde el punto de vista del contenido, plagado de inexactitudes y porcentajes inventados, dichos con tal seguridad que uno pensaría que les ha poseído un verdadero político. Qué seguridad. Qué fuerza. Qué apabullante fuente de palabras.
Este tipo de mujeres son legión. Tres horas con algunas de ellas es una prueba que no pasé. Conducir por carreteras con radares y cambios de rasante, falto de gasolina, absolutamente cansado, mezclando ya los datos, grabando ocultamente la conversación, tratando de sonsacarles la edad sin ser tan claro como para ponerlas a la defensiva: es solo una cuestión de estadística, dato necesario, esencial para mi investigación, dato absurdamente vano y sin embargo atesorado como si se tratase de un informe del Mosad (servicio de inteligencia israelí) sobre la CÍA.
Tras meses de investigación, tenía un dossier de 1498 páginas con estudios sobre 302 mujeres (270 parlanchinas y 32 soñadoras) y cinco hombres. Los hombres francamente eran menos locuaces, menos capaces de hablar durante horas, y mucho menos amables. Un gracias, una media sonrisa desconfiada, algún comentario sobre las causas de su necesidad de transporte y basta. De cinco, saqué cinco clases. Y, como mi directora de trabajo me hizo notar, es posible que generalizase más con las mujeres que con los hombres, que necesitase más individuos para llegar estas conclusiones y que no fuese muy objetivo en el juicio de ambos sexos. En fin, a esas alturas estaba ya yo en otra dimensión que si ella hubiera sabido ya se habría cuidado de darme tantos consejos y hacerme tantos comentarios negativos. Pero la importancia de mi hallazgo hasta ese momento ella tampoco la supo.
De aquellos cinco individuos, con excepción de uno que era de gustos sexuales heterodoxos y al que sin problema le dije que no era esa la meta de mi investigación, el resto tenía una única cosa en común: dejar claro justo que no tenían tendencias homosexuales. Muy claro. Antes siquiera de arrancar el automóvil ya te advertían. “Ojo, que no soy maricón”. Un poco rudo, un poco maleducado, algo desagradecido; pero al fin y al cabo una generalidad digna de remarcar. En otros particulares, como iba diciendo, cada uno mostraba una manera de actuar particular, individualizada. Uno pedía permiso para fumar; otro no. Uno explicaba los pormenores de la avería de su camión; el otro, coincidía conmigo en todo (y yo no había casi abierto la boca); el otro, dijo poco pero explícito: su mujer una zorra de cuidado le había dejado sin nada, hasta el coche le había quitado; el marica, era joven y andaba en estudios universitarios, fue de los pocos que me interrogó abiertamente mucho más que yo a él: un ser encantador. El quinto. El quinto y último hombre tenía unos 45 años. Escasísimo pelo castaño, medio alto, medio fuerte, medio algo. En cuanto supo que yo era estudiante, me explicó su condición de profesor; cada comentario era refrendado por una sucesión de citas de escritores a los que yo no había oído nombrar: palabras y frases en francés (presumiblemente), y una larga divagación sobre la escuela rusa. Yo no quise contradecirle en su creencia de que yo estudiaba Literatura, de que era un digno interlocutor. Pero una creciente antipatía me había nacido desde casi los primeros veinte minutos. Quizás tantas peroratas, tantas desviaciones y caminos secundarios, tantos kilómetros de palabras. Pensaba en el simpático joven universitario y en alguna de las soñadoras exquisitas y trataba de convencerme de que en este señor de pedante condición e insoportable compañía tendría el colofón de un trabajo de investigación que bien valdría una misa (todo se contagia).
Sin embargo, no sé qué me dio. No puedo por más que incluirme en el estudio como el individuo varón seis; y, aunque mi contexto no es análogo al de los otros objetos de estudio, mi comportamiento revela el extremo del que las Ciencias del comportamiento hacen un objetivo ontológico y esencial.
Tras dos horas y veintiséis minutos de clase magistral de Literatura universal y “usted-me-entiende-joven”, paré en la cuneta de una zona arbolada, oscura y despoblada; bajé con la excusa de estirar las piernas y él me siguió con la intención de “orinar bajo el fresco aroma de Natura”. Así que a unos metros del coche, tras la mención de la palabra natura como si fuese ese término un detonante de mi violenta personalidad oculta, le aporreé con brutalidad hasta sentir que los golpes los daba a un saco de arena, chorreando de sangre, abultado, irreconocible. El gran farsante, el mono sabio yacía como un trozo de carne machacado, despojo de una carnicería sin precedentes pero con consecuentes y subsecuentes.
El asunto quedó entre los álamos, el anochecer, y el tipo salpicado de sangre, cuya erección anoto por interés científico, que desdoblo de mí para el ejercicio académico.
[1] A estas las denominé soñadoras, y también presentaban sus diferencias (las nerviosas que se muerden las uñas sin cesar, las plácidas que miran el paisaje respirando tranquilas, las que lloran disimuladamente, las que pasan las hojas del libro que tienen en sus manos rápidas como si no pudiesen esperar y como si les diese igual estar ahí en el coche o en una cama de hospital, o en la antesala del Infierno siempre que las dejasen leer en paz).
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