Leí a Capote, leí a Faulkner, leí a Rulfo, a Onetti, a Bolaño, a Houellebeqc, a Pynchon, a Golding, a Lem, a Nabokov; releí a Kavafis, a Whitman, a Blake, a Pessoa, a León Felipe; releí a Cortázar y Borges; desde el verano aquí, leí. Nunca, creo, leí igual, con ganas y pasión, comprendiendo tan bien lo que leía.
Para mi sorpresa, nada cambió en Hamlet, pero todo había cambiado en mí, cuando una noche lo apreté entre mis manos y me lo devoré; otro tanto con La vida es sueño, qué igual era y cómo yo lo entendí tan mal. El rey Escorpión me hizo temblar de emoción. Y amé a W. Golding por cómo viajó por el tiempo. Rulfo por su sencillez de pueblos fantasma y tragedia; Gabo en Cien años es como Cervantes en el Quijote: inventan la novela, reinventan la novela, reescriben el mundo y el resultado (hola, Herodoto) como ocurre con el quizás nunca nacido Homero: historias que encierran todo el mundo de su momento y sin embargo calan tan hondo en el alma de los hombres que se trasladan a cualquier momento. Es lo que sentí con Shakespeare. Todos los sentimientos humanos están ahí y que se mueran los psicólogos. Y he aquí A sangre fría, del que no estoy segura que Capote lo titulase así por el crimen, pues su modo de pasar por la historia demuestra un grado intenso y controlado de sangre fría. Hay que estar atento para descubrir un momento de sentimentalismo.
Es, sin embargo y en un fondo histórico, como Faulkner hasta donde lo he leído, un dibujo de un mundo moribundo. Un mundo de confianza, de inocencia, de puertas abiertas, de vivir en comunidad, con todo lo que hay que creerse, creyéndolo. Cada uno de los habitantes del pueblo, ambos asesinos, todos, están justificados desde un prisma objetivo y sistemático. Es un ejercicio difícil: el escritor plenamente consciente de quererse apartar. Lo contrario de otros, lo que él pensaba que podía aportar: nada, una ordenación justa de los datos, una prosa impecable, un relato terrible que no es de terror.
Curioso, porque ahora veo esta lista y parece arbitraria y alocada, asistemática, como yo, sin sentido, sin cordura: una lista caprichosa y al azar. Pero Lolita es también un perfil psicológico clavado y justo. Cabalmente, franco y muy irónico Nabokov da los pasos para que Humbert Humbert se explique y se exprese y así lo vemos como a un pervertido, según los canones establecidos, alguien cuyos gustos sexuales son anormales, están fuera de lo admisible, rozan la perturbación y, no obstante, el petrimetre está más cuerdo que yo. Es a veces apasionado y eso te arrebata: por qué -me preguntaba mientras leía-, por qué ese viaje sin sentido, por qué esos errores de párvulos siendo culto e inteligente. Aquí es donde se puede ver un ser emocional, inmaduro, confuso. Su maldad consiste en sus gustos anacrónicos y en no ceñirse a la norma, por no resistirse a lo antinatural de su comportamiento y dar voz y voto al pequeño demonio mimado, el que lleva dentro y el que acarrea fuera.
Ambas novelas tan distintas, tan lejanas, tan opuestas desde el estilo y el modo de enfrentar una novela. Ambas son perfectos retratos de la psicología humana. Y Nabokov además es un genio innovador; culto y difícil. Capote es perfecto, perfeccionista. Cada coma, cada adjetivo son certeros y su perfección me ha dejado perpleja. No sé cómo nadie pudo asemejarlo a Faulkner en estilo o en generación. No me entero: probablemente mi deficiente formación.
Además aún estoy convaleciente: me metí en Santa María, desmenucé el mundo de Onetti y su falta de pedantería no facilita ese ritmo terco, lento y maniatico. Si lees a Onetti, mejor lo lees todo de Onetti, si no te vas a querer enterar y no vas a llegar más que a la angustia: la de los personajes que se te mete en los huesos. Después se pasa: Díaz Grey autor-personaje, invención de otro personaje. Larsen, una vida de luchas contra un primitivo instinto de supervivencia y una irreversible vocación de proxeneta. Las mujeres. Las mentiras. Los retos y bravuconadas, los propósitos nunca realizados. La vida de verdad, entre brumas de tabaco y alcohol y frustración y paso del tiempo. Y siempre la pregunta queda sin respuesta.
Para mi sorpresa, nada cambió en Hamlet, pero todo había cambiado en mí, cuando una noche lo apreté entre mis manos y me lo devoré; otro tanto con La vida es sueño, qué igual era y cómo yo lo entendí tan mal. El rey Escorpión me hizo temblar de emoción. Y amé a W. Golding por cómo viajó por el tiempo. Rulfo por su sencillez de pueblos fantasma y tragedia; Gabo en Cien años es como Cervantes en el Quijote: inventan la novela, reinventan la novela, reescriben el mundo y el resultado (hola, Herodoto) como ocurre con el quizás nunca nacido Homero: historias que encierran todo el mundo de su momento y sin embargo calan tan hondo en el alma de los hombres que se trasladan a cualquier momento. Es lo que sentí con Shakespeare. Todos los sentimientos humanos están ahí y que se mueran los psicólogos. Y he aquí A sangre fría, del que no estoy segura que Capote lo titulase así por el crimen, pues su modo de pasar por la historia demuestra un grado intenso y controlado de sangre fría. Hay que estar atento para descubrir un momento de sentimentalismo.
Es, sin embargo y en un fondo histórico, como Faulkner hasta donde lo he leído, un dibujo de un mundo moribundo. Un mundo de confianza, de inocencia, de puertas abiertas, de vivir en comunidad, con todo lo que hay que creerse, creyéndolo. Cada uno de los habitantes del pueblo, ambos asesinos, todos, están justificados desde un prisma objetivo y sistemático. Es un ejercicio difícil: el escritor plenamente consciente de quererse apartar. Lo contrario de otros, lo que él pensaba que podía aportar: nada, una ordenación justa de los datos, una prosa impecable, un relato terrible que no es de terror.
Curioso, porque ahora veo esta lista y parece arbitraria y alocada, asistemática, como yo, sin sentido, sin cordura: una lista caprichosa y al azar. Pero Lolita es también un perfil psicológico clavado y justo. Cabalmente, franco y muy irónico Nabokov da los pasos para que Humbert Humbert se explique y se exprese y así lo vemos como a un pervertido, según los canones establecidos, alguien cuyos gustos sexuales son anormales, están fuera de lo admisible, rozan la perturbación y, no obstante, el petrimetre está más cuerdo que yo. Es a veces apasionado y eso te arrebata: por qué -me preguntaba mientras leía-, por qué ese viaje sin sentido, por qué esos errores de párvulos siendo culto e inteligente. Aquí es donde se puede ver un ser emocional, inmaduro, confuso. Su maldad consiste en sus gustos anacrónicos y en no ceñirse a la norma, por no resistirse a lo antinatural de su comportamiento y dar voz y voto al pequeño demonio mimado, el que lleva dentro y el que acarrea fuera.
Ambas novelas tan distintas, tan lejanas, tan opuestas desde el estilo y el modo de enfrentar una novela. Ambas son perfectos retratos de la psicología humana. Y Nabokov además es un genio innovador; culto y difícil. Capote es perfecto, perfeccionista. Cada coma, cada adjetivo son certeros y su perfección me ha dejado perpleja. No sé cómo nadie pudo asemejarlo a Faulkner en estilo o en generación. No me entero: probablemente mi deficiente formación.
Además aún estoy convaleciente: me metí en Santa María, desmenucé el mundo de Onetti y su falta de pedantería no facilita ese ritmo terco, lento y maniatico. Si lees a Onetti, mejor lo lees todo de Onetti, si no te vas a querer enterar y no vas a llegar más que a la angustia: la de los personajes que se te mete en los huesos. Después se pasa: Díaz Grey autor-personaje, invención de otro personaje. Larsen, una vida de luchas contra un primitivo instinto de supervivencia y una irreversible vocación de proxeneta. Las mujeres. Las mentiras. Los retos y bravuconadas, los propósitos nunca realizados. La vida de verdad, entre brumas de tabaco y alcohol y frustración y paso del tiempo. Y siempre la pregunta queda sin respuesta.
Otras cosas son más sencillas, más exitosas, más perecederas; son cuadros acabados, descompuestos, superpuestos, lo que quieras. Tendrás una respuesta al final. Pynchon: respuesta psicodélica. Houllebeqc: inquieto no sabes dónde va pero acaba, en la muerte, acaba, en el fin de un programa, de un proyecto; personajes autistas, artistas, otras semblanzas de cómo son los hombres, pero menos perfiladas: quizás no es su intención, quizás no siente la necesidad, quizás simplemente no llega a tanto. Ni araña tan siquiera el alma humana. Nada de nada. Se lee, se dejan leer. Y Pynchon igual pero con la traducción deficiente. No te dan más que un rato de entretenimiento y alguna sonrisa cómplice porque son inteligentes, escribir les divierte. Saben y lo hacen bien. Pero ¿qué tienen que contar? Seguiré buscando. Pero hay una complicación ahora. Capote dijo en el prólogo de Música para camaleones:
Al principio fue muy divertido (escribir). Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento mas alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y, después de aquello, cayó el látigo!
Y el látigo ha caído para mí también. Sé bien que no es mi caso; pero si quisiera, tampoco dejo de entender que juego, me divierto y soy muy vaga. Y estos Houellebeqc, Pynchon, Welsh,... tampoco se pararon a pensarlo; tengo esa sensación, esa percepción.
Tengo por cierto que caerá un rayo, estallará una bomba, se parará un corazón y estallará una guerra. Sucederán violaciones, robos, abusos de todo tipo, brutalidad desatada; y después de la tormenta, reinará el silencio y el miedo, en foma de felicidad: la ausencia de dolor, como dice un maestro mío. El mundo como si nada no parará de girar, la luna como si nada volverá a mostrarse seductora, Marte seguirá sin poder acercarse a Venus y la lluvia dejará un olor delicioso en los campos rojizos salpicados de pinos; los almendros blancos se tornaran rosados y mancharán las cunetas de las carreteras secundarias bajo las cuales hace ya mucho que se pudrieron miles de cadáveres. Todo lo que pase será siempre relatado. Más o menos como pinceladas de un cuadro en que no se muestra (o sí) exactamente lo que se tiene delante, pero que lo perpetúa, lo comprende: no solo lo ve, no solo lo perpetúa, no solo lo retiene para el futuro, sino que lo comprende. Lo rodea con el entendimiento y lo envuelve, comulga con ello y con lo de antes y con lo de después, y bañado por el sol o helado por la ventisca lo regurgita en tinta. Y sufren estos, los que lo hacen así. ¡Cómo sufren! Porque ven claro qué han de hacer, cómo lo han de hacer, qué es lo esencial en su vida y para qué ellos aquí.
Tengo por cierto que caerá un rayo, estallará una bomba, se parará un corazón y estallará una guerra. Sucederán violaciones, robos, abusos de todo tipo, brutalidad desatada; y después de la tormenta, reinará el silencio y el miedo, en foma de felicidad: la ausencia de dolor, como dice un maestro mío. El mundo como si nada no parará de girar, la luna como si nada volverá a mostrarse seductora, Marte seguirá sin poder acercarse a Venus y la lluvia dejará un olor delicioso en los campos rojizos salpicados de pinos; los almendros blancos se tornaran rosados y mancharán las cunetas de las carreteras secundarias bajo las cuales hace ya mucho que se pudrieron miles de cadáveres. Todo lo que pase será siempre relatado. Más o menos como pinceladas de un cuadro en que no se muestra (o sí) exactamente lo que se tiene delante, pero que lo perpetúa, lo comprende: no solo lo ve, no solo lo perpetúa, no solo lo retiene para el futuro, sino que lo comprende. Lo rodea con el entendimiento y lo envuelve, comulga con ello y con lo de antes y con lo de después, y bañado por el sol o helado por la ventisca lo regurgita en tinta. Y sufren estos, los que lo hacen así. ¡Cómo sufren! Porque ven claro qué han de hacer, cómo lo han de hacer, qué es lo esencial en su vida y para qué ellos aquí.
La lectura es una actividad. No hay nada de pasivo en leer. Nada de ocio, en realidad, es un ejercicio complejo y a veces agotador. Claro es que hay muchos modos de leer, como de hacer cualquier cosa, pero tal como yo lo siento ahora es una suerte de mezcla entre tú y el mundo que se te da, al que te acercarás, con el que aprenderás.
Antes no mencioné a Bolaño, y fue a posta, porque mi relación con su prosa no tiene nada de objetiva y ahora ya no soy capaz de juzgar, como la primera vez, con Putas asesinas y Los detectives salvajes, si mi ansiedad por continuar explorando su mundo es una cuestión de él o algo mío, una obsesión con Lalo Cura, -Francisco Monje-, o la peregrinación de Amalfitano, la oscura necesidad de conocer los crímenes de Sonora. Lo recuerdos de Amuleto. Reencontrar a todos los personajes, verles labrados de cabo a rabo; agradecer el sacrilegio de vaciar archivos inéditos de su ordenador para saciar mi curiosidad, satisfacer mi conocimiento de la obra de Archimboldi, cuya bibliografía completa está resumida; constatar que Bolaño tenía un conocimiento de cada uno de sus personajes, un seguimiento que va desde el día de su nacimiento hasta su muerte y los ha creado como un dios de verdad: una imagen con una historia detrás, tan pormenorizada, en sus vivencias, sus sentimientos, sus cambios, sus versos predilectos como los recuerdos de Rosa Amalfitano de su madre.
Hay un entramado que quedó por finalizar, uno de tantos esfuerzos quebrados a la mitad del camino y que habría, quizás, llegado a ser una obra magnífica. Yo tengo una vena detectivesca con los escritos de Bolaño; cada cosa sé que está relacionada con otra y si fuera menos perezosa o esa labor tuviese algún sentido llenaría mis paredes con anotaciones, fotocopias y flechas, cual investigación de película; hasta llegar a reconstruir ese mundo completamente. Pero no hace falta, lo reconstruyo un poco cada día, para olvidarlo al día siguiente. Vivo así. Emoción fugaz.
¿A qué lugar conducen estas reflexiones? A ninguno, espero. A ninguno real. Es un desahogo personal, nada de interés. Me pareció que después de tantas lecturas, apartada un poco de mi misma, y contemplando tristemente el sinsentido de nuestro mundo, me quería fotografiar tal como soy ahora. Porque el tiempo pasa y nada excepto eso tiene sentido a veces, sentido literal, sentido literario.
Pues, sin tiempo, qué perspectiva. A veces comienzan las confusiones y los sueños parecen reales: es el tiempo del cada día igual, de la rutina y el emular el día anterior. Sin más diferencia que el color de las ropas que vestimos, y el menú que comemos. Esas menudencias que al fin se acaban. Entonces, el juego de observación de la vida, de la imperceptible alerta auditiva y visual, de la mirada del mundo y sus matices, entra a protagonizar nuestra vida. De ahí, en los sueños mezclan cosas posibles con las sucedidas efectivamente y llega implacable la duda de si la cordura te abandonó.
Algunos luchan contra el tiempo: embarcan, se mudan, cambian: en ocasiones, cometen actos extraños, ilícitos, ilegales,... en su querer distinguir un día de otro pierden incluso su alma.
Otras veces, los individuos tienden a acomodarse y vivir su rutina con placer y alegría y muy aliviados por no vivir en alerta y verse alejados de estímulos nuevos. Son admirables en su tranquilidad. Serían más admirables si no fuese porque están destinados a no comprender que el tiempo pasa. Un día con el pelo cano se aperciben de los surcos en el rostro de sus parejas, con sorpresa. Y actúan con una sabiduría ancestral. La ternura misma, apesadumbrada por la conciencia de lo poco que les queda. Son los cuerdos, los maravillosos, los benditos que acarician el cabello de su esposo y miran con nostalgia las caritas de sus nietos y todas las fotos del aparador. Están en la tierra, miran la tierra, el suelo bajo sus pies. Miden el tiempo por cumpleaños o fiestas familiares. Y les escuchas aquello de parece que fue ayer y en sus bocas de labios desaparecidos, sumidas hacia dentro y aun sonrientes, esa frase hecha toma un sentido más grande que si lo dijese el mismo Einstein.
Estas son meras reflexiones de un lector. Y ya se sabe: El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.
Estas son meras reflexiones de un lector. Y ya se sabe: El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.
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