sábado, 29 de enero de 2011

Andrómeda dixit

Esta es la peor de las guerras, pequeño. Una guerra que parece no ser una guerra.
Ningún hombre tuvo que enfrentarse al espejismo del bienestar, de la perfección, de la perfidia hecha mundo. De la carne corrupta que miente, engaña y roba, mientras te arropa con la calidez de una manta y el perfume de mil flores, y el sabor del dulce más dulce, y la apariencia de una diosa, y la fantasía del sueño. Nunca la vida fue tan embustera, tan injusta, tan vulgar y cruel como ahora. Nunca la música, ni la física estuvieron en nuestra contra. Nunca nos medicaron contra las apariencias. Pero, ahora lo sé, tú no eres decadente. La verdad nunca lo es. Toca cambiar el ritmo, cambiarlo solos. Pues nadie se da cuenta. Nos toca ahora a nosotros, a ti. Solo. Toca armarse. Armarse de paciencia, de amor. No de arrogancia. Armarse de pasión. Ser poeta y ser guerrero. La poesía, las palabras, que tanto nos hieren, que tanto me duelen, son la única arma. Inspiran y sanan.
No pierdas la fe en lo que ha de venir, porque si tú no lo crees, ¿quién, -dime, amor-, quién lo creerá? Y si tú te rindes y te salvas, dime, ¿quién nos guiárá? Porque ahora está oscuro y el mal gobierna por doquier. Pues los hombres de almas inconquistables nos han dejado y puede que solo quedes tú.
Tú que -para mi mal- podrías tener norte, estrella y magia, después de todo.
En todo, sé íntegro; sé tú entero. En lo más pequeño, pon cuanto eres.
Tú, que podrías ser un poeta, no te salves.

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