No yerran
aquellos que cuentan que he muerto y mi cuerpo se encuentra sumergido en un
enorme campo de espigas color lavanda, largas y sinuosas y blandas, sumisas
amantes de abejas y avispas, siempre apacibles, flexibles cuando el viento las
toca y obedientes ante el sol y la luna y la escarcha y la lluvia. Y por allí
en medio anda mi cuerpo sin vida.
Os revelaré
un misterio. La memoria perdura. No sé nada de un alma que sobreviva al cuerpo,
lo más parecido al alma es el sentimiento que despiertan en nosotros las cosas
que, si no fuéramos seres emotivos, no nos preocuparían lo más mínimo. Así que
una vez muerto, lo intrascendente te deja en paz y lo trascendente igual pues una vez
muerto, qué puede ser trascendental…
Pero la
memoria es un eco cósmico de nuestra existencia. Un resto molesto y real,
innecesario como el universo entero, sin objeto ni objetivo más que un existir
intelectual que se me aparece como la paga de una deuda. Has estado aquí,
tuviste comidas deliciosas, momentos satisfactorios, reíste, viste con tus ojos
cosas preciosas y ahora nos debes algo.
Y ese algo es sin más ni más pensar y pensar y pensar, en la oscuridad;
recordarlo todo una y mil veces como si se tratase de un puzle que resolver,
con la esperanza –vana, me temo-- de que una de las veces resuelvas intelectualmente
algún momento negligente y se apague la puta luz para siempre.
¡Y que no
sea cierto aquello de la reencarnación! La verdad es incluso que habría
preferido la existencia de algún Dios, un juicio absurdo, anacrónico, una
condena, estar encadenada en una gruta córica de lava, ser nombrada el ángel de
la guarda de la mismísima Ana Botella y pasarla todo el día destruyendo
documentos en la Rexel RLWX30,
regalo de El bigotes, o, quizás, el de la increíble Espe Aguirre, la inmortal, continuamente
vejada, encadenada a sus otros 17 ángeles guardianes, ser testigo de rituales
espeluznantes y saber que tiene bula papal para ello. Lo que fuera.
Pero
pensarlo todo, recordarlo todo, retener la basura que leí a lo largo de los
años en la prensa. Fantasear que explico a una señora que roba comida por qué
exactamente ella va a la cárcel: “pues no hay que robar ¿es que no lo sabía?”.
Y llora y yo le digo, para animarla, que ella es como uno de los personajes de
Dickens o Víctor Hugo, un clásico y que en Internet se hartan de quejarse --medio
en broma y medio en serio-- del tipo ese que se casó con una (o las dos
infantas) y que hay un montón de personajes que salen en la prensa rosa que han
robado muchísimo pero de un modo más hábil al parecer. Y, además, si un juez
les metiera mano se le caía el pelo (al juez) en parte porque todos sus cuates
les defenderían y en parte porque todas las señoras saldrían en tropel de las
peluquerías con los cuadraditos de papel de aluminio esos para poner orden en
este mundo. Y ella sigue llorando, dice que nunca se ha puesto mechas y yo
simpatizo entonces mucho más con ella. Ella. Que ella es un clásico. Que es literatura
y cuyos 3 hijos serán literatura también en un futuro no muy lejano. Una
mierda.
Lo peor es
que cuando estás muerto no hay que dormir ni que ir al baño ni nada que te dé
una tregua de la memoria y el eco cognitivo personal y social temático del
tiempo vivido. Y hete ahí que revives el día que perdiste a tu hija pequeña en
un supermercado: mil veces repasado, millones de veces, trillones de inútiles
veces que te obcecas en cambiar algo de lo que hiciste, con el bebé en brazos y
el carro del súper en la otra, sin regañarle demasiado. Y desapareció sin dejar
rastro. Dos meses en los que perdiste diez dientes sanos y resulta que la tenía
una vecina que jugaba a las casitas y la peinaba y le cantaba cancioncitas y la
niña estaba bien, alimentada, limpia, y fue muy querida. La policía la trajo un
día, nos abrazamos, lloré, me dieron más calmantes; la chiquilla encantada
contaba aquello como una aventura. La secuestradora pasó un mes internada en un
hospital psiquiátrico y volvió a la casa donde había tenido a mi niña dos
meses.
Repaso
aquello sin sentimentalismo, lo recuerdo como si no fuera yo la que entró en
aquella casa y golpeó con sus manos (y piernas) a aquella señora hasta que la
sangre no dejaba distinguir mis manos de su cara. Fue mala suerte que no parase
un poco antes o que en lugar de patear sin ton ni son, hubiera evitado el
pecho. Quizás si entonces hubiera visto con claridad lo que veo ahora, todos
los detalles de puñetazos, patadas, bocados, saltos sobre su cuerpo y otras
violencias no la hubiese matado. Y, sobre todo, no la habría seguido golpeando
tras su defunción, lo que desde muchos ángulos se me hizo ver como un acto
terrorífico impropio de un ser humano. Pues bien, lo pienso, era verdad, pero ¿de
qué me sirve a mí recordar esto? De nada,
solo llego a la conclusión de que mi salvajismo de entonces me valió una
condena breve en un (de nuevo) hospital mental, la sentencia paliada por estar “fuera
de mí”, “enajenada”, blablablá y a la calle en seis meses. Fue llegar yo,
abrazarme los pequeños y ver pasar a mi marido con una enorme maleta por
delante de nosotros sin decir ni adiós. Vale. Le daba miedo vivir conmigo. O
quizás la habría querido matar él. O se había echado otra novia. La cosa es que
no me dejó número de teléfono: se compró un busca. Llamaba él y nunca supe
donde habitó los años que tras esto vivió. Así que apostaría por el miedo, pero
¿con quién?
Porque yo quiero
apostar (siempre me gustó; de hecho, era socia del Bingo París que no sé si seguirá al final de mi calle) y quiero
tener cuerpo para darme la vuelta, moverme, ir al Bingo o solo levantarme y ver el paisaje, pero sé que sigo tirada en medio del campo. No sé por qué lo sé pero lo sé. Y quiero,
bueno, por qué no, masturbarme y distraerme de tanto pensar. Un cuerpo suavito,
con papilas gustativas, ropa, tarjeta de crédito. Vale, me parece que lo que
yo quiero es estar viva y eso no puede ser, me temo, pues lo último que sé
cierto es que el cosquilleo por entre mis exangües carnes y mis rotos huesos
era una romería de dípteros y coleópteros en connivencia y convivencia, el vivo
ejemplo de un comportamiento sano y civilizado. Después se acabó la carne.
Lo que no
logro recordar es cómo llegué aquí. Yo suelo caminar por calles obtusas de
ciudades idénticas a las de ustedes. Calles de asfalto con semáforos y gente
empujando, calles grises con aparcamiento en cines y supermercados. Lugares
donde los ayuntamientos obligan a hacer un parque infantil lleno de defectos
mortales cada no sé cuántos bloques. Sitios con esquinas puntiagudas donde el
viento te sorprende y las faldas se te vuelan, sitios donde en los soportales
de edificios viejos hay un feliz tipo con un perro tocando una flauta y algunos
le echan una propina en una pieza de cartón advirtiéndole que es para el perro.
Sitios sin campos de lavanda, evidentemente. Pero en coordenadas en las que no
sería imposible un traslado a un probable campo silvestre de espliego o lavándula
o alhucema, plantas que huele bien y que se cultivan pero este lugar
concretamente no es ese tipo de sitio: aquí lleva sin venir nadie desde que ¿me
trajeron ya muerta? ¡Porras! Qué pregunta más buena, qué recuerdo más necesario
y qué imbécil que llevo aquí recordando los desplantes de mi suegra un número
indefinido de meses (si no años).
Tranquilos,
innumerables lectores: no me enfado: me insulto por costumbre, blasfemo por lo
mismo, pero no me puedo cabrear porque estoy muerta y no tengo sentimientos, aunque
sí curiosidad. Quiero saber qué me pasó para acabar pudriéndome en tan
bucólico lugar mientras mis conocidos dicen que si me he muerto, que si ¡que va
a morirse esa!, se habrá largado a la francesa, y otras fablillas semejantes.