lunes, 20 de mayo de 2013

Mi propio personal infierno

No hace falta estar muerto para ir al Infierno. A veces, basta con abrir los ojos por la mañana y atravesar la membrana que te separa de los ríos de lava. Muchos ya habitan en un sitio que excede lo aterrador y cada día y cada noche se enfrentan solos a monstruos en tierras de horror. Algunos ni siquiera están seguros de tener tierra bajo sus pies y, confusos, ignoran lo que pisan, si agua, vapor o barro, sabiendo que las arenas movedizas son transporte a otro nivel de Lo Mismo, un lugar hecho a la medida de miedos aún desconocidos.
Siempre que alguien cree que el infierno que habita es único y suyo, este muta hacia un lugar más terrible, frío y solo, más espeso, oscuro y turbio, con más dolor y más crueldad, hediondo e insoportable desde dentro. Esos que habitan el Infierno en sus corruptas moradas, en las ciudades quemadas, en sus cabezas perturbadas, en sus cuerpos mil veces destrozados, en los países malditos donde moran los que debieran estar muertos como seres eternos, saben que en su propio y personal infierno solo pueden estar en secreto, pues el infierno verdadero es intolerable y ajeno y nuevo y se va descubriendo... Y así como allí no se puede estar muerto, uno no se puede acostumbrar a estar en el Infierno, ya que entonces sería soportable: sería desagradable y molesto y doloroso y estos son adjetivos de la moderación, de la que nada sabe el verdadero infierno. Entonces, si tienes un lugar al que llamas tu propio y personal infierno, entérate bien que no estás ni de lejos en el lugar que te aguarda y que tarde o temprano se abrirá paso entre la espesura de la niebla que en todas las esquinas de las vidas miserables espera, el lugar del que saldrá algo indescriptible que convierte las palabras en velos negros invisibles y que se instalará para crecer y crecer y ocupar todo el espacio incluyendo tu cuerpo material y el aire que necesitarías para respirar y, una vez dentro y por doquier, explotará.

viernes, 10 de mayo de 2013

La escoba del sistema

La literatura debe mover montañas, crear un mundo y moldearlo hasta formar algo que podría ser un mundo nuevo, que podría no serlo, que podría parecerlo o no parecerlo, pero que sin duda es. Si planos de ficción se mezclan, enredándose entre ellos, tensando las cuerdas, imbricándose los unos en los otros como planos tridimensionales que encajan como mamushkas, mientras algo como una música suena y desvela un secreto íntimo e inverosímil e inexactamente expresado por las notas que van calando los párpados, y aparece entre las sombras un contador de cuentos, se abre el telón y una historia comienza. Una línea se percibe cada vez más nítida en la estructura entretejida de miles de líneas. Una destaca, como si la corriente eléctrica fallara, como si la electricidad y el calor se concentrara por alguna razón en ella. Por alguna razón. Todo parte de una anomalía. Todo comienza por alguna razón desconocida, olvidada, escurridiza. Así de inespecífica y absurda es la vida. Ahora él está en el final de una historia de AMOR, la quiere acabar, la quiere dejar, la quiere cerrar... ¿Cómo deshacerse de Lenore? El amor de su vida, la mujer perfecta... ¿Cómo deshacerse de ella? Si ella se resiste a dejarse, si ella rehúsa ser un personaje, no se deja manipular... si le obsesiona ser un personaje hasta el punto de oponerse a todo. Y además él la hizo tan perfecta, tan deseable, tan inaccesible... 
Así nace Lang, así su pasado en común, así un mundo tras otro todos compartidos y relacionados: Jay el psiquiatra y la conspiración de la bisabuela Beadsman, la retorcida relación de los ancianos desaparecidos y el negocio familiar y, de nuevo, el psiquiatra y una vez más la voluntad de acabar con la relación de R.V. y Lenore. Así aparece Mindy y se desvela el pasado humbertiano de R.V. que ahora es impotente, inseguro, y recuerda a todos a un escarabajo pelotero, en contraste con Lang y sus ojos verdes y su ocasión de volver a empezar y elegir un nuevo camino, otro camino en lugar de la vía Metalman (quién no querría, qué hombre no ha deseado volver a un punto concreto de su vida y tomar una decisión distinta, probar una ruta alternativa pues aquella por la que optó le trajo a un presente siempre y en todo caso desdichado, un presente tan absorbente y deprimente que le niega cualquier posibilidad de un futuro). 
Y de fondo, un GOD (Grand Ohio Desert) que es el germen de la Concavidad (léase La broma infinita) que es la montaña creada por voluntad de un hombre, solo posible (¿o no?) si cedemos a la coyotización. Un GOD que simboliza la posibilidad del hombre de alterar el medio natural: expropiando, maquinando, creando el juego de las políticas fantasmales. Un desierto que ha de devolver el espíritu de Ohio a los aletargados y acomodados paisanos, ajenos ya a un pasado glorioso y heroico. Un GOD cuyo destino es, cómo no, ser algo turístico, comercial y blando, un centro lúdico atestado de turistas, excursionistas y autobuses, ridiculizado por la masa extremadamente rutinaria, mansa y complaciente. Lo contrario de siniestro, desde luego.
Al fin, con el GOD como escenario la historia de AMOR se deja terminar. R.V. consigue acabar a Lenore, acabar a Lenore y a Lang juntos. En un último exceso, de regreso al edificio inverosímil donde la historia se había estancado, todo ocurre. Entre las sombras del edificio Erieview: una sombra densa, anómala, simbólica, extraña y omnipresente, una sombra que cada día barre toda la realidad del edificio Bombardini, a través de la que observa R.V., aparecido de la nada, ahí despidiéndose, observando, mientras todos los personajes insustanciales y una Lenore ya totalmente difusa, y un imposible cúmulo de situaciones absurdas van acabándose las unas a las otras, hasta sencillamente no estar. Ya no hay relato, ya no hay sistema que supere a los individuos. Todo se ha evaporado. Todo menos R.V. y una preciosa Mindy que parece más dispuesta a cooperar como personaje, una Mindy cuyas piernas brillan en la oscuridad, una Mindy que provoca el deseo y anuncia una recuperación de la hombría de R.V., una Mindy a la que R.V. promete "contarlo" pues es un hombre de... ¿palabra(s)? 

viernes, 22 de marzo de 2013

un trozo de papel por debajo de la puerta


Tiene 35, está medio buena, medio loca, insoportable por días, nerviosa, enfermiza y totalmente fuera de control en lo relativo a la lujuria y tendencias adictivas. Para hacerte una idea de lo que tenemos entre manos, en una tarde lluviosa, tras almorzar a las 6 y leer el capítulo donde a Don Gately le pegan un tiro en el hombro por culpa del asqueroso hijo de puta de Lenz, asesino de perros y pervertido, la mujer lee un artículo de El País Digital sobre una de las decisiones gubernamentales en materia de libertad de información en internet, mientras pelusas cuales capitanas rodantes se pasean por doquier en una casa atestada de libros y libretas. Huele a gominolas y cae la tarde afuera, ahora lee una artículo sobre la metanfetamina en la Wikipedia, promete hacer palomitas más tarde y enseña al hijo a bajarse películas de Internet, abre el libro por la página 703. Algunos drenan el falso lago de los patos de Boston. Una multitud observa. Ella piensa en las mañanas sentada en la playa viendo a los hombres tirar del copo, su padre siempre ayudaba y los hombres les daban pescado fresco que metían en un cubo y que manchaba el suelo de la cocina lo que motivaba que la madre, proclive al enfado, estallase en aullidos de frustración porque el suelo estaba recién fregado. A veces el suelo de la mujer también está recién fregado, la frecuencia e intensidad del asunto en cuestión es irregular e imprevisible y todo esto lo piensa mientras escucha con cascos las 70 canciones al completo de la lista “29 canciones” de su canal de Youtube, planea grabar otro vídeo con fotos de personajes odiosos y música punk, planea escribir una novela a partir de un relato que podría ir alargando con ideas que tiene apuntadas por ahí en algún lado, planea ir a ver El circo del sol, planea tocar el theremín en una sesión dj de su hermano, planea tocar fondo, planea rehabilitarse; urde toda una trama de planes absurdos y acaba contándole todo a un hombre casado del que parece haberse enamorado, entendiendo por amor una fijación de la mente en un proyecto de vida en el que se incluye un alguien además de uno mismo y entendiendo que ese alguien no es intercambiable ni negociable ni prescindible y todo lo que tenga que ver con renunciar a ese otro alguien parece intolerable, como un doloroso proceso febril interminable, una frustración no objetiva ni intelectual: todo es subjetivo y visceral y animal y pueril y salvaje en ese terreno en que todos alguna vez hemos acampado.
Ahora su amante ha venido a verme para hablar; hablar de ella y de cierta decisión que por razones de secreto profesional no puedo detallar. Esa confidencialidad que siempre me ha dejado frío y ahora me encantaría destripar, porque él también es escritor y ella y todos lo son, y yo con esta historia incompatible con la confidencialidad que debo al paciente en la punta de la lengua, que querría al menos contarte a ti, pues todo esto me ha traído de vuelta el año que fuiste mi paciente y violé todos los juramentos y leyes por el amor que sufrí por ti... La vez que supe de verdad qué es la locura, cuando me convertí en un psiquiatra de verdad tras tomar los mismos antidepresivos que receto, tras flirtear con el cristal, el alcohol, perseguirte por las noches de la ciudad, contar los botones de tus abrigos, las puntillas de tus medias, los encajes de tu ropa interior, hablar a solas de tu piel frente al espejo y autodiagnosticar un desdoblamiento de la personalidad antes de mi intento de suicidio, que tan bien conoces, y de mi año de internamiento que aprovechaste para desaparecer y dejarme este apartado de correos en un trozo de papel por debajo de la puerta. El envoltorio de un sugus, que aún huele a fresa sintética. Lo guardo en el cajón de mi escritorio que ahora, durante las visitas del amante de esta mujer, abro y dejo abierto con la mirada puesta en esa letra de jeroglífico tuya y aguzando el olfato para aspirar el olor de un caramelo masticable invisible que está aquí desde hace diez años. Así que ahí estoy yo, escuchando, asintiendo y tentado de dar mi opinión y expresarme claramente al respecto de lo que el hombre me paga por resolver, controlando a duras penas mi ego, evitando la facilidad de decirle: “haga esto y, pase lo que pase, no vuelva más”. Y me da detalles, es una persona que da detalles, habla y habla con todos los detalles, el cuerpo de ella, la mente de ella, las bromas de ella, la risa de ella, el día en la cama de ella, el día que es corto, dos horas, tres y cuatro que siempre son pocas. Habla y da detalles sobre un tipo de felicidad insoportable, un relato de una ella tan como tú eras que me apetecería poder contarte todo, mi amor. Aunque ya no seas mi amor y quizás no lo fuiste nunca. Y él me habla y da detalles del último día feliz y siempre hay un último día feliz y un halo de serenidad y un minuto de silencio y una pregunta de nuevo y el relato del miedo. El hombre que quiere una garantía, saltar al vacío y no saltar, no mojarse con la lluvia y ser sabio y ser Eneas y ser leve y ser profundo y navegar y quedarse oculto y todo acabará en nada o se hundirá el mundo; manoseo el papel del sugus: se lo daría para acabar con todo, le diría la verdad, las probabilidades, los riesgos, el tiempo que tuve y le daría el oloroso trozo de papel y le diría: “tome aquí es donde está escrito su futuro”.

domingo, 10 de marzo de 2013


La sabiduría de la idiota: ambigüedad en los deseos
y un tintineo al caminar descalza sobre las ascuas sin fuego,
una larga lista de ruegos.
La idiota solo espera una señal que le indique una salida;
se piensa en un sofocante laberinto.
Ruega por una luz a lo lejos, algún tenue sonido.
Tiene buena vista y un magnífico oído,
-piensa-,
si hubiese una señal, ya la habría percibido.
Ensimismada en la locura de las horas, la crueldad de la mañana,
el capricho de los días;
ella también teme y desea el temblor de los cielos.
Ruega por una señal que le conduzca al centro mismo del torbellino
de la inseguridad, ahora convertido en un tornado de fuerza 5
por el que sube y baja golpeándose con todo lo que su rabia ha absorbido.
Ruega por una señal para despojarse de su piel y entregarse por entero,
para arrastrarse afuera, mente y cuerpo destruidos.

domingo, 3 de marzo de 2013



Flying Son With Lyrics


Mecánicamente abre el frasco. Se pone un poco: un cosmético que cuesta más de 300 euros. Ahora huele como Ella. ¿Cómo pudo hacerlo? Él entra en el baño, recoge los botes, los mete en sus cajas y busca en la papelera la factura: al fin y al cabo, estaban sin abrir. ¿Quién se gasta 12oo euros y hace lo que hizo Ella? Intenta, entonces, tomar la crema que el muchacho tiene en la mano; pero, tras un forcejeo, decide dejarlo en paz. Se refugia en la terraza entre los geranios y azaleas de Ella hasta que oye la puerta. Todo queda en silencio, solo el murmullo de las olas que se quiebran contra la orilla. El cielo está claro y perfecto, le dan ganas de volar.

miércoles, 30 de enero de 2013

No hagas esto- Es lo que querías, lo que me sugeriste... Y ahora cierras las puertas, todas las puertas.
Qué quieres, después de todo, que desee lo que no tendré, lo que se me niega y me empeño en entender?
No te llega ni a la suela del zapato: nadie lo hará, me temo.Y ahora qué?
El ostracismo al que me condenas significa qué?
En realidad, te preocupa mi salud, colocarme con alguien que me cuide o prefieres verme triste y siempre esperando?

domingo, 20 de enero de 2013

Souad Massi - Raoui





EL Contador de cuentos

Oh Contador de cuentos, cuéntanos un cuento
que sea una buena historia.
Habla de los viejos,
Habla de las mil y una noches
y acerca de Lunja la hija de Ghoul
y del hijo del Sultán

Te podría contar un cuento
que nos alejaría de este mundo,
Estoy por contar un cuento
pues todos tienen uno en su corazón.

Cuenta y olvida que somos adultos
haz como si fuéramos chicos
y nos creyéramos todos los cuentos.
Cuéntanos sobre el cielo y el infierno,
sobre el pájaro que nunca voló.
Haznos entender el mundo.

Te cuento. Recuento.
Llévanos lejos del mundo
Te cuento. Recuento.
Cada uno tiene en su corazón un cuento.

Oh contador de cuentos, cuéntanos tal como te lo contaron a ti
no añadas ni quites nada .
así podemos verlo en tu mente.
Cuenta y haznos olvidar este momento
Solo déjanos el ÉRASE UNA VEZ.

sábado, 19 de enero de 2013

Cuento (I)


No yerran aquellos que cuentan que he muerto y mi cuerpo se encuentra sumergido en un enorme campo de espigas color lavanda, largas y sinuosas y blandas, sumisas amantes de abejas y avispas, siempre apacibles, flexibles cuando el viento las toca y obedientes ante el sol y la luna y la escarcha y la lluvia. Y por allí en medio anda mi cuerpo sin vida.
Os revelaré un misterio. La memoria perdura. No sé nada de un alma que sobreviva al cuerpo, lo más parecido al alma es el sentimiento que despiertan en nosotros las cosas que, si no fuéramos seres emotivos, no nos preocuparían lo más mínimo. Así que una vez muerto, lo intrascendente te deja  en paz y lo trascendente igual pues una vez muerto, qué puede ser trascendental…
Pero la memoria es un eco cósmico de nuestra existencia. Un resto molesto y real, innecesario como el universo entero, sin objeto ni objetivo más que un existir intelectual que se me aparece como la paga de una deuda. Has estado aquí, tuviste comidas deliciosas, momentos satisfactorios, reíste, viste con tus ojos cosas preciosas y ahora nos debes algo. Y ese algo es sin más ni más pensar y pensar y pensar, en la oscuridad; recordarlo todo una y mil veces como si se tratase de un puzle que resolver, con la esperanza –vana, me temo-- de que una de las veces resuelvas intelectualmente algún momento negligente y se apague la puta luz para siempre.
¡Y que no sea cierto aquello de la reencarnación! La verdad es incluso que habría preferido la existencia de algún Dios, un juicio absurdo, anacrónico, una condena, estar encadenada en una gruta córica de lava, ser nombrada el ángel de la guarda de la mismísima Ana Botella y pasarla todo el día destruyendo documentos en la  Rexel RLWX30, regalo de El bigotes, o, quizás, el de la increíble Espe Aguirre, la inmortal, continuamente vejada, encadenada a sus otros 17 ángeles guardianes, ser testigo de rituales espeluznantes y saber que tiene bula papal para ello. Lo que fuera.
Pero pensarlo todo, recordarlo todo, retener la basura que leí a lo largo de los años en la prensa. Fantasear que explico a una señora que roba comida por qué exactamente ella va a la cárcel: “pues no hay que robar ¿es que no lo sabía?”. Y llora y yo le digo, para animarla, que ella es como uno de los personajes de Dickens o Víctor Hugo, un clásico y que en Internet se hartan de quejarse --medio en broma y medio en serio-- del tipo ese que se casó con una (o las dos infantas) y que hay un montón de personajes que salen en la prensa rosa que han robado muchísimo pero de un modo más hábil al parecer. Y, además, si un juez les metiera mano se le caía el pelo (al juez) en parte porque todos sus cuates les defenderían y en parte porque todas las señoras saldrían en tropel de las peluquerías con los cuadraditos de papel de aluminio esos para poner orden en este mundo. Y ella sigue llorando, dice que nunca se ha puesto mechas y yo simpatizo entonces mucho más con ella. Ella. Que ella es un clásico. Que es literatura y cuyos 3 hijos serán literatura también en un futuro no muy lejano. Una mierda.
Lo peor es que cuando estás muerto no hay que dormir ni que ir al baño ni nada que te dé una tregua de la memoria y el eco cognitivo personal y social temático del tiempo vivido. Y hete ahí que revives el día que perdiste a tu hija pequeña en un supermercado: mil veces repasado, millones de veces, trillones de inútiles veces que te obcecas en cambiar algo de lo que hiciste, con el bebé en brazos y el carro del súper en la otra, sin regañarle demasiado. Y desapareció sin dejar rastro. Dos meses en los que perdiste diez dientes sanos y resulta que la tenía una vecina que jugaba a las casitas y la peinaba y le cantaba cancioncitas y la niña estaba bien, alimentada, limpia, y fue muy querida. La policía la trajo un día, nos abrazamos, lloré, me dieron más calmantes; la chiquilla encantada contaba aquello como una aventura. La secuestradora pasó un mes internada en un hospital psiquiátrico y volvió a la casa donde había tenido a mi niña dos meses.
Repaso aquello sin sentimentalismo, lo recuerdo como si no fuera yo la que entró en aquella casa y golpeó con sus manos (y piernas) a aquella señora hasta que la sangre no dejaba distinguir mis manos de su cara. Fue mala suerte que no parase un poco antes o que en lugar de patear sin ton ni son, hubiera evitado el pecho. Quizás si entonces hubiera visto con claridad lo que veo ahora, todos los detalles de puñetazos, patadas, bocados, saltos sobre su cuerpo y otras violencias no la hubiese matado. Y, sobre todo, no la habría seguido golpeando tras su defunción, lo que desde muchos ángulos se me hizo ver como un acto terrorífico impropio de un ser humano. Pues bien, lo pienso, era verdad, pero ¿de qué me sirve a mí recordar esto? De nada,  solo llego a la conclusión de que mi salvajismo de entonces me valió una condena breve en un (de nuevo) hospital mental, la sentencia paliada por estar “fuera de mí”, “enajenada”, blablablá y a la calle en seis meses. Fue llegar yo, abrazarme los pequeños y ver pasar a mi marido con una enorme maleta por delante de nosotros sin decir ni adiós. Vale. Le daba miedo vivir conmigo. O quizás la habría querido matar él. O se había echado otra novia. La cosa es que no me dejó número de teléfono: se compró un busca. Llamaba él y nunca supe donde habitó los años que tras esto vivió. Así que apostaría por el miedo, pero ¿con quién?
Porque yo quiero apostar (siempre me gustó; de hecho, era socia del Bingo París que no sé si seguirá al final de mi calle) y quiero tener cuerpo para darme la vuelta, moverme,  ir al Bingo o solo levantarme y ver el paisaje, pero sé que sigo tirada en medio del campo. No sé por qué lo sé pero lo sé. Y quiero, bueno, por qué no, masturbarme y distraerme de tanto pensar. Un cuerpo suavito, con papilas gustativas, ropa, tarjeta de crédito. Vale, me parece que lo que yo quiero es estar viva y eso no puede ser, me temo, pues lo último que sé cierto es que el cosquilleo por entre mis exangües carnes y mis rotos huesos era una romería de dípteros y coleópteros en connivencia y convivencia, el vivo ejemplo de un comportamiento sano y civilizado. Después se acabó la carne.
Lo que no logro recordar es cómo llegué aquí. Yo suelo caminar por calles obtusas de ciudades idénticas a las de ustedes. Calles de asfalto con semáforos y gente empujando, calles grises con aparcamiento en cines y supermercados. Lugares donde los ayuntamientos obligan a hacer un parque infantil lleno de defectos mortales cada no sé cuántos bloques. Sitios con esquinas puntiagudas donde el viento te sorprende y las faldas se te vuelan, sitios donde en los soportales de edificios viejos hay un feliz tipo con un perro tocando una flauta y algunos le echan una propina en una pieza de cartón advirtiéndole que es para el perro. Sitios sin campos de lavanda, evidentemente. Pero en coordenadas en las que no sería imposible un traslado a un probable campo silvestre de espliego o lavándula o alhucema, plantas que huele bien y que se cultivan pero este lugar concretamente no es ese tipo de sitio: aquí lleva sin venir nadie desde que ¿me trajeron ya muerta? ¡Porras! Qué pregunta más buena, qué recuerdo más necesario y qué imbécil que llevo aquí recordando los desplantes de mi suegra un número indefinido de meses (si no años).
Tranquilos, innumerables lectores: no me enfado: me insulto por costumbre, blasfemo por lo mismo, pero no me puedo cabrear porque estoy muerta y no tengo sentimientos, aunque sí curiosidad. Quiero saber qué me pasó para acabar pudriéndome en tan bucólico lugar mientras mis conocidos dicen que si me he muerto, que si ¡que va a morirse esa!, se habrá largado a la francesa, y otras fablillas semejantes.

miércoles, 16 de enero de 2013

1. Me explota la cabeza. Y tú me preguntas por qué no escribo ya, sin darte cuenta de que desde que te conozco no hago nada de lo que hacía. Todo ha cambiado, todo es un puto desastre. Tú no estás y yo quiero alguien que me abrace. Ayer dijiste algo de seis meses. Los meses mejores y más tristes, con más esperanza y más solitarios. Demasiado tarde para mí, dices. Y yo callo para no errar más y más. Y no arrastrarte conmigo a algún infierno donde seríamos felices lo justo para pasar el resto de la eternidad añorando.
Puede que si estamos aquí suficiente tiempo como el general Sash, el personaje centenario de O'Connor, o como el Cartaphilus de Borges lo lleguemos a olvidar todo, y todo nos dará igual. Pero ya sabemos que ni a ti ni a mí se nos va a dar la oportunidad de saborear el insípido elixir de la inmortalidad.


2. Pongamos por caso que todos, además de ser Madame Bovary, somos Hamlet.

¿Cuánto tiempo puede estar Hamlet en una encrucijada sin que se lo lleve el viento? En una gélida parada de autobús en las afueras de París, en Katowice, frente a una bolera junto a unos nazis que te insultan, entre las cómodas sábanas de una cama de la que no querríamos salir jamás.  Dilatar el tiempo para no elegir, no tomarnos la revancha, ni tomar el autobús, ni liarse con los nazis, ni darse la vuelta  y hacer el amor a quien sea que haya con nosotros en esa cama. Tan solo discurrir, pensar, razonar, dar argumentos a favor y en contra; mientras la niña Ofelia siente que se le va la vida y la razón, y su inocencia queda como la del hijo abandonado por la madre borracha. Cuánto tiempo antes de decidir, dejar de fingir, desnudarse y ser lo que a gritos el cuerpo y el alma nos piden ser. Porque mucho tiempo puede ser demasiado y en la espera todo se podría venir abajo.

viernes, 11 de enero de 2013

Cosmópolis


Vamos en limusina, Elise, yo y los figurantes del teatro de mi vida. Anoche dormí mal, son ya varias noches y no es normal. Yo solía dormir como un tronco, a voluntad: decidía dormir y solo cerraba los ojos y ya todo era oscuridad y paz hasta el siguiente asalto, descansado y hermoso, fuerte y superior. Así ha sido siempre. Yo era yo: el valor y la clarividencia. Los demás me seguían con la lengua fuera y balbuceantes, insignificantes partes de mi mundo.
Vamos a cruzar la ciudad. Lo decido yo. Algo, sin embargo, ocurre, algo que sale de lo habitual, algo como un presagio, algo denso, un surco opaco, una ola de negación. Como si todo se propusiera contradecir mi voluntad. Aunque eso es imposible, lo sabemos los dos. El día es extraño, veo asimetrías a través de mis gafas de sol. No las sé descifrar, me perturba aunque moriría antes de admitir esa turbación. A lo largo del tiempo que durará el trayecto, sé que lo perderé todo. No preguntes cómo lo sé. Yo veo lo que no ha ocurrido aún, no lo puedo evitar, es algo que en el pasado me sirvió para llegar a tener todo lo que tengo, las riquezas que dilapido, el poder que ejerzo. Primero será la corbata, después la chaqueta. Después mi dinero, el tuyo y mucho que no es nuestro. No olvide nadie que soy una fuerza de la naturaleza. Nadie existiría si yo no existiera, todo este día dejaría un hueco en el tiempo, nada sería como es ahora si yo no lo hubiera creado así. A veces, hoy, durante estas horas mirando las pantallas que me rodean me pregunto si no será el único reto que me queda…
Personajes secundarios me acompañan a paso de tortuga cruzando la ciudad atestada de extranjeros polícromos, intermediarios e inversores en limusina, políticos con chófer y guardaespaldas que van en coches modestos, taxis conducidos por tipos con historias dantescas. Una pasante de arte a la que me follo, 47 años de sexualidad despiadada; un asesor de seguridad que debería estar muerto; un analista de sistemas que no necesito; una asesora de teoría que es una cruel practicante de la filosofía de la contradicción. La adoro. Es un reto. Ella y yo somos los espectadores del “juego de las ratas”, de la rabia de las masas explotadas, enloquecidas, yendo contra sí mismas para nada; mientras, mi guardaespaldas hace lo que hacen los hombres y golpea a todo el que se acerca a nosotros. Un tipo se prende fuego y arde ante nuestra ventanilla: me sorprende mi admiración y la frialdad de ella. Hacen un vivo contraste, más aun que la batalla campal que se libra a nuestro favor entre los antidisturbios y los manifestantes.
Me lleno y me vació en encuentros con mujeres ya que a ti no te puedo poseer, aunque el día es largo y estará lleno de extrañas ocasiones e inverosímiles tropiezos. Un día para despojarme de todo, un día para plantar batalla sabiendo de antemano que esta batalla está perdida. De hecho, los encuentros sexuales, las inversiones suicidas, el chequeo médico, el cortejo fúnebre de Fez, dispararle a él… serán pasos hacia una nebulosa sinsentido donde te encuentro en mitad de la nada desnuda junto a cientos de cuerpos desnudos y te hago el amor, por fin, como despedida, para no marcharme con ese deseo, para confirmar que todo me es concedido. Eres otra cosa, un polvo al final del camino.
Las últimas páginas las escribo ebrio: llego al barrio donde el viejo peluquero me habla de mi padre, el chófer desfigurado me acompaña; en la noche entrada a ninguna parte nos despedimos en el lugar improbable donde el destino aguarda, la calle inventada donde alguien habita un edificio en ruinas y ese alguien me dispara.