jueves, 29 de noviembre de 2012

Por motivos ajenos a mi voluntad, ando explicando la formación de palabras en lugar de hablar del mucho más interesante tema de la deformación de palabras. Pero no es este un mundo para la nieta bastarda del jorobado de Notredame. Y así, ocupando mi tiempo en cosas banales, en cosas que hago con empeño pero sin ganas, en cosas que me permiten ganar algo de pasta, veo la luz y aclaro algunos términos del contrato que alguien, por poderes, firmó en mi nombre el día en que me escupieron a este basurero llamado Mundo. Oigo una voz cavernosa que me dice que entre un montón de dinero y la Verdad, entre un montón de dinero y el Amor, entre un montón de dinero y Dios,... no hay dudas en la elección. Y ahí, paro de escuchar. Tomo mi cuerpo flaco y lo llevo al congelador en que se ha convertido mi terraza, fumo para dañar mi integridad y mi salud y mi apariencia y me dedico a leer el destino de los tiempos en la forma de las nubes que es la profesión para la que yo venía predestinada. Hace un frío de cojones. Las nubes están espesas y aisladas, sus límites como pocas veces marcados, la leyenda más clara que el I Ching en sus mejores días como de aquí a Júpiter y volver e ir y volver e ir y volver infinitamente. Diría lo que he visto y mis predicciones, así, gratis, porque sí, pero hoy no me da la gana, a lo mejor lo digo mañana. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012


Y tú me preguntas, escupiendo sangre, mientras clavo mi puñal y lo remuevo en tu abdomen; me preguntas, monstruo de mirada torva y bizqueante, despreciable cobarde; me preguntas, mientras cada uno de tus venosos ojos buscan una puerta, una ventana, una pared que se abra; me preguntas, deshonor de las sombras, conjunto de bascosidades, senil esqueleto; me preguntas mientras alargo todo lo posible tu fin, ensanchando en mi memoria el único momento de un día de mierda. Tú, vanidad de vanidades, traidor entre los traidores, falso entre los falsos, me preguntas qué es realvisceralismo, mientras saco tus vísceras despacio por entre la carnosa masa ensangrentada... 

domingo, 25 de noviembre de 2012


La gran farsa de mi vida, una barca de papel en la que aventurarse a cruzar el mar, un mundo infinito de martes a los que faltar, empezar de cero en un mundo en el que las matemáticas fallan,... Ser adicta y sobrevivir por azar y necesidad, un nuevo tipo de ser humano en un mundo infrahumano, como un decorado de cartón piedra donde el amor se debe a un filtro mágico, donde las promesas son un lejano y repetitivo cántico. Tras los segundos que sean debo tomar una decisión, una de esas decisiones de las novelas, una de esas que cambian el rumbo de una vida entera, creyendo que las posibilidades que imagino son reales y podrían ser verdaderas. Sin depender de la voluntad del otro, sin seguir dejando que la corriente mande en mi destino y el viento determine el recorrido de mi viaje,... Darme de bruces con la tragedia del fracaso más elemental es un riesgo que podría correr. 
Piluqui, ¿estás bien?, ¿por qué no contestas?

Unos y ceros

Hay un silencio intrigante: el momento en que cierras el libro y ya no ves qué pasa. Es un momento digital, de ceros y unos. Un momento de todo o nada, tal como hemos organizado la realidad. Un todo o nada, maniqueo y obtuso que en composición compleja puede reflejar de modo cubista lo que sea. Abres el libro, uno. Cierras el libro, cero. El mundo de ficción, antiadherente y odorfresh, se va ninguna parte cuando entornas los ojos y te rindes al sueño, cuando suena el teléfono, cuando la urgencia te hace salir de ese mundo para entrar en esos otros mundos: comer, dormir, ir al baño, freír un huevo,... Lo bueno de la Literatura es que no huele. Mentira. Si un cuadro tiene aire, un libro tiene olor. Aunque, en general, nadie ve el aire de Las Meninas ni nota el olor a carne podrida de 2666, el olor a sudor tierra mojada y letrina de Trópico de Cáncer, el olor de miseria y agua estancada de Los demonios, el olor a polvo de medicinas de La broma infinita, el olor a salmón ahumado y sangre de Baila, baila, baila, que, como todo lo que escribe el maldito Murakami, me da hambre. Casi nadie lo nota, creo. Pero que la mayoría perciba o no algo no quiere decir que ese algo no esté ahí para nosotros, ¿verdad? Los esforzados amantes, ocultos en el silencio intrigante y lleno de significado, en los matices entre la luz y la oscuridad. Algo ebrios y disimulados, esperando con impaciencia nuestra porción de soledad para volver a abrir el libro y sumergirnos en ese espacio virtual y adictivo que no es el mundo real pero que está más cerca de serlo que los demás.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La batalla eterna

Nunca veremos los lagos helados; 
como mucho, el granizo contra la cosecha 
y, al amanecer, la escarcha de fresa. 
Nunca una aventura en mares lejanos, 
nunca un viaje descabellado; 
nunca bailaremos drogados 
ni compartiremos los mágicos bálsamos. 

Jamás ser la cura ni la locura; 
jamás llegar a un lago fresco 
donde el aroma se mantenga en silencio, 
firme, abrazándote sin precio. 
Todo tiene precio...

Queda bregar con la vida 
en un paraje pleno de ruinas 
sin historia conocida; 
bregar para sobrevivir otro día 
y fingir una vida. 
¿Qué si es una vida vacía, tibia, 
una muerte disfrazada de vida? 
¿Qué si el corazón apenas late?
Y si nos hicieron coyotes cobardes, 
 nos armamos de desprecio.

Abandonar una estancia, 
las orejas gachas, la vista nublada; 
abandonar una estancia 
por la fuerza. 
Creerse la solución y ser el problema, 
nadar contracorriente sin que nadie lo sepa; 
sin riesgo de ahogarse siquiera. 
Tan vulgar el paisaje desolado y trillado 
donde no hay lagos helados; 
donde solo el sucio y polvoriento páramo, 
el oscuro y desértico páramo, 
con una verja, la vieja cárcel, 
el burdel de figuras de cera.
Y, del único poste, colgando una enorme cadena. 

Una falsa guerra sin heridos ni bandos, 
sin héroes ni soldados; 
solo un montón de trincheras, 
miles, millones de trincheras. 
Más trincheras que atrincherados 
en una batalla solitaria y eterna.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los maniquíes son mujeres muertas


El arte de la taxidermia en combinación con la femineidad conduce a la felicidad. Enamorarse de un maniquí. Amar la estética anónima, quieta, muda. La paz del silencio y la perfección. Mujeres muertas y comida puesta, elegancia ordenada, paraguas prestos, exótica condescendencia y sofisticados modos de incomunicación. En cárceles de cristal donde ser espectáculo sin sentir la humillación, el ridículo, el horror. Acaso un poco de frío y lo lento que pasa el tiempo cuando cada día es igual. Un objeto perfecto, pulcro y puntual, como aquella paciente forma de pasar página mientras la mujer es calzada, colocada y recolocada en una postura lasciva; mientras es desvestida, los duros y blancos pechos, y la rigidez de las piernas, un poco abiertas dejando entrever un tímido vello púbico que recuerda que entre esas piernas hubo quizás una mojada voluntad. Reconocerlo y saberlo y que nos dé igual, poniendo billetes sobre una falsa mesa, rodeada de muebles de atrezo y estantes llenos de libros que nadie ha leído jamás. Y quedarse en ese tierno momento de indignidad, un momento de absoluta soledad, de voyeurismo, inquietud y levedad.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Esto es una puta poesía escrita en 2 minutos 50 segundos

Darse cuenta de que alguien a quien amas no te ama, de que alguien a quien creías conocer es un completo desconocido, sentir tantas dudas que te paralizas y ni puedes respirar y aun así respiras. Lo molesto que es a veces la necesidad de respirar, de comer, de dormir y de sobrevivir a las tormentas. Poner un tabique y que este se desmorone como un castillo de arena en el calor de la playa más dorada. Querer ser y no ser nada. No encontrarse ni quererse encontrar y que una cortina sea lo más parecido al telón de acero de nuestro mundo enano, higiénico y profiláctico. Salir al mar y no ver las olas, tener un problema hormonal que no te permite oler la bruma salina, no saber escuchar la música ni leer la poesía ni abandonarse ni aventurarse ni avanzar. Y la pistola tantos años guardada se ha oxidado y no dispara, tras los intentos fallidos con el cañón en la boca, la puta pistola no dispara ni hace clic ni da señales de vida.
No saber leer las señales, pasar de largo por la calle festiva, no tener líquido ni sabia ni sensibilidad y encerrarse en un ataúd fingiéndose un pariente cercano del conde Drácula. Darse de baja de sitios y, al cabo, aturdido por la falta de mensajes y cartas, darse de nuevo de alta. El mundo gira, ya lo sabemos, o al menos es lo que nos enseñaron en el cole y lo creemos a pies juntillas, y hay días que sentimos como bajo nuestros pies se mueve. Mirar el escuálido arbusto y hacer un hueco en nuestra barbilla, un pequeño gesto llorica, un leve hundirse a la salud de la planta que soporta la tormenta más que nosotros soportamos el miedo de mojarnos. Saber que los coches de los pobres están helados y cubiertos de vaho y saber que son genéticamente más débiles y feos por ser pobres y pintarnos los ojos y volver a apretar el gatillo. Puta mierda de revolver. Vamos a la farmacia, y nos proponemos vender nuestro cuerpo al farmacéutico a cambio de todos los calmantes, ansiolíticos, antidepresivos y venenos varios para no tener que hacer el esfuerzo de cortarnos las venas y ponerlo todo perdido. Sobre todo, porque hemos renunciado a ahorcarnos tras dos horas tratando de apañar el dichoso nudo. Todo es tan aburrido. Encima esos coches no contaminantes que no permiten la solución tan James Dean de poner ese tubito en el escape y meterlo por la ventanilla. Nada. Hasta para morir hay que tener suerte y un plan y una importante alienación y un fortísimo desorden mental. Así que renunciando a toda esa teatral solución "final" decides darte una ducha y poner música estridente, cogerte una curda y dormirte tirada en la alfombra persa.

Límites, voluntad y palacios de cristal

Fiodr, a pesar de su aspecto cansado, serio y anodino, su incipiente calvicie, su desproporcionada cabeza, su caminar cargado y su frotarse las manos, no es un tipo más. Fiodr, en un mundo de gente que no sabe lo que quiere, desea un palacio de cristal, exactamente lo que desea es que existan los palacios de cristal y, esta es su voluntad porque ese es su deseo. Lo interesante de F. es que nunca nadie puedo despojarle de su voluntad pues nadie supo distraerle de su deseo. Toda su actividad se puso al servicio de la consecución de ese deseo. Su talento, su herencia, su esfuerzo, todo lo que podía como hombre libre, hijo de hombre libre, se puso en funcionamiento. No pararía hasta encontrar un palacio de cristal, un mundo hiperbólico lleno de mesas de juegos, con vasos de vodka helados y una audiencia atenta, complaciente e ingeniosa. Un lugar en el que no solo cobijarse de la lluvia sino apretarse contra unos orondos y blancos pechos, un lugar por donde no se pueda pasar sin hacer un espasmo a modo de reverencia, donde los únicos límites sean su libertad y su conciencia de ella. 
Y pongamos por caso que, en un momento determinado, F. lo consiguiera, consiguiera este palacio. ¿Cuánto tiempo creen ustedes que tardó en desear algo más? Digamos, subir un nivel en la misma dirección, esto es, en la excelencia del palacio de cristal. Y nada asombroso pasó: en principio, el palacio habría de ser enorme, dorado, redondo, sinuoso, siempre perfumado. El vodka levemente tibio, el samovar siempre encendido, la mesa de juego presta y el bolsillo de su chaqueta como un interminable surtidor de monedas. En los momentos vespertinos y solitarios, su pluma iba aún más ligera. Y las mujeres, siempre lindas y dispuestas, sus cuerpos, llenos y suaves, sus ojos enormes y sus manos pequeñas y la intuición de estas hembras sería un portento de inteligencia solo a la entera satisfacción de la imaginación.
El tiempo (oh, tic tac) habría pasado raudo, claro está, si esto así hubiera sucedido. 
Mas, fuera del palacio, quedaban aspectos que podrían entrar dentro de los límites de su voluntad, al menos la calle o la manzana que rodea al lugar y, cómo no, los habitantes que paseasen esta calle, y también el ambiente y el aire que tenía que ser fresco, seco, perfumado y deslumbrante. Nunca más el hedor ni el espectáculo de la miseria. Solo una calle en la que nadie recordaría que uno se tiene que conformar con el gallinero o el altillo de un edificio ruinoso con habitaciones subarrendadas y sucias familias separadas por sucias y viejas sábanas. Todo se podía olvidar en un paso más en la consecución del deseo del palacio de cristal. 
Después de un tiempo, estoy pensando que Fiodr ya estaría satisfecho y bien abastecido, nada de lo anterior le haría desear sacar el dedo; los deseos saciados, el cuerpo descansado y la contemplación de la belleza y la imagen de una sociedad hedonista, serena, pacífica y en completa ausencia de desigualdad. Y seguramente seré yo, pero imagino a Fiodr despertando una buena mañana, entre sábanas blancas y almidonadas, con una rubia cabellera enredada entre las almohadas. Imagino a Fiodr observando a la bella muchacha de curvas sublimes y pensando que aquella no tiene ninguna inocencia, que va demasiado perfumada, que sus caderas son muy anchas y su habilidad es tal que resta todo aliciente al arte de amar. 
Y, tras una fructífera mañana de trabajo, lo veo bajar las doradas escalas, con una historia bajo el brazo pensando en que siempre las mismas historias y los mismos recursos y los mismos personajes con las mismas depravaciones y la misma estulticia y la misma maldad, y que siempre los mismos trucos para cautivar a editor y lectores, y seguir ganando tanto como para mantener el  palacio de cristal. Y veo cómo, de repente, lanza las cuartillas garabateadas por la ventana. Y se sienta a la mesa y, después de la sopa y el faisán y el vino y los pasteles y la conversación aduladora aunque amena, siente unas imperiosas ganas de vomitar. Y vomita en una enorme bacina plateada y, entre los trozos y restos semidigeridos y el olor nauseabundo y las lágrimas producidas por el esfuerzo, Fiodr cree ver un movimiento en la masa parduzca que pareciera haber cobrado vida y moverse de modo imposible. Fiodr, sin duda, alzaría la cabeza, se echaría agua en el rostro, enjuagaría su boca con licor de manzanas y, apuesto la camisa, regresaría a mirar el vómito con una mezcla de temor y burlona incredulidad. Pero ocurre que allí ahora mirando atentamente, con una mano tapándose las narices y la otra, sujetando una bujía, ve que no era una alucinación ni un error de percepción y que lo que se mueve allí abajo es un número insoportable de gusanos. Asquerosos e inquietos gusanos que han estado dentro de él y que han salido de él y que quizás se hayan creado en él y que ni dentro ni fuera son parte del palacio y no mueren ni desaparecen ni se van a morir ni a desaparecer jamás. No sabría decir lo que pasa por la mente del hombre justo en ese instante de desesperación por el miedo y el asco, pero sé qué hará Fiodr, que sabe lo que es evolucionar. Así, y por ello, pasa a la siguiente fase y fuma alguna sustancia relajante y oriental y se siente relajado y oriental y deja de pensar en los gusanos y se concentra en "redecorar" el palacio de un modo profundo y exótico. Primero, apartará a las hábiles damiselas de su lado de la mesa para sentirse confortado con la dulce inocencia de criaturas más jóvenes e inexpertas. También, y quizás como reacción subconsciente a la náusea vermícula, F. deja de comer y se dedica a paladear exquisitos licores y a profundizar en ese nuevo y extraño placer de los humos extranjeros, y en la risa blanda y los estrechos cuerpos de los niños cuya sensualidad le era hasta entonces desconocida y es como un país nuevo y raro y excitante y vedado, y el reciente deseo se impone a su voluntad: el deseo de no recibir sino de dar, no de ser agasajado y amado sino de agasajar y amar y enseñar.
Así que F. ha ampliado los límites del palacio concediendo a su deseo un poder que en realidad siempre tuvo, sin darse cuenta de que los pasos avanzados en esa última velada son, aunque los diera solo por amistad y por curiosidad y por ser fiel a su voluntad de ser absolutamente libre,  son -digo- pasos imposibles de desandar. Y que es verdad que todos los límites se pueden cruzar porque no existen más que en las convenciones de las que Fiodr se deshizo hacía tiempo ya. Y que el único límite admisible es el que uno se impone bajo cierto control del que aquella noche nuestro Fiodr se despidió para no recuperar jamás, pues ¿cómo volver a los antiguos hábitos de los que había terminado asqueado?, y ¿qué vacío placer encontraría en las antiguas prácticas ya jamás?, y ¿cómo considerar su palacio de cristal un palacio de cristal si allí no hallase la complacencia de su deseo y se sintiese libre y ejerciera todos los derechos que le asistían como amo de su destino? y, además, ¿por qué habría de volver atrás?, ¿a quién debía rendir cuentas?, ¿a una supuesta autoridad impuesta por una voluntad ajena, cuya misión es hacer cumplir unas reglas arbitrarias e ilegítimas para un hombre libre? No, no daría ni un paso atrás. Un hombre que tiene un palacio de cristal no puede dejar que se convierta en un edificio vulgar ante el cual se pueda escupir. 
El destino de F. sería llenar sus noches de complicados juegos con subidas y más subidas de las apuestas y sus banquetes de ebriedad y, para la conciencia amaestrada que él también había heredado -incorporada a su cuerpo aunque no fuera material-, reservaba el humo del olvido y la música liviana.

martes, 6 de noviembre de 2012

Spotless life

Siempre es triste dejar atrás un paisaje que amas, mientras el taxi te aleja atravesando suburbios y puentes sobre vías ferroviarias y muros manchados de humedad con estresantes pintadas llenas de faltas ortográficas, y un talento subversivo y barriobajero te atenaza. Una espalda llena de caspa y unas manos demasiado pequeñas escondidas tras unos diminutos guantes blancos te guían hasta la salida del laberinto donde has vivido un tiempo que ya no importa pues está abocado al olvido tras 5:57 minutos de destello de una mente sin sentido: Everybody's gotta learn sometimesEs siempre triste volver la vista atrás y ver los rascacielos que te aplastaron y ensombrecieron cada uno de tus días, a los que miraste y volviste a mirar para fijarlos en tu memoria a pesar de saber que esta, como las otras, veces todo eso lo ibas a olvidar; oír Everyboy hurts en tu mp4 robado, ver al fondo la torre metálica como un desafinado canto a la posmodernidad, la fisonomía de una ciudad enorme y sin alma, un sitio donde, aunque no lo sepas, porque nada se puede saber, no volverás. Entre el taxista y tú, un grueso vidrio está lleno de salpicaduras y huellas, las manecillas de las puertas arrancadas y una emisora de radio vomitando palabras extranjeras te despiden del caos en que casi te habías acostumbrado a ser infeliz, igual que uno se acostumbra al frío o a pasar hambre o a estar en un catre lleno de muelles, cama de faquir a la que te adaptas sin más, durmiendo como una serpiente, adelgazando para no pesar y así no clavarte esas puyas metálicas. Y te ves en el cristal de la ventanilla mirando la ciudad mientras te alejas, te ves en tu perfil afilado y envejecido, en tu rostro forastero, en tu cara de madrugada, una cara abstemia y sombría que no desentona con los viejos edificios ennegrecidos, el olor a carbón, los trapos tendidos en las ventanas opacas y sucias, donde alguien vive en una miseria infinita sin que ni a ese alguien le importe. Y entonces te das cuenta, porque sientes algo intestinal que debe estar conectado con el inconsciente, en el lugar donde vive el mago de Oz del cuerpo que habitas, y te das cuenta de que ese lugar es el lugar que amas, donde puedes ser tú, con un cuerpo infrahumano, noches y madrugadas, cucarachas aplastadas y ciento de botellas apiladas, que sea donde sea que te lleve ese avión tampoco entenderás el idioma ni las costumbres, que las camas y las escaleras y las aceras no serán allí tampoco de tu talla, pero nunca habrá una bruma de polución y transeúntes semimuertos de cabezas gachas ni la BSO del lugar será jamás Mad World y que eso es lo que tú amas. Tu piso a esa hora ya estará habitado por otro, tu basura habrá sido despejada, tu nombre garabateado en lápiz en el buzón al que nunca llegó ni una sola carta tendrá ya otro encima del tuyo, escrito en rotulador negro, en caracteres cirílicos o alguna lengua eslava o caracteres tradicionales chinos.