Yo sinceramente pensé
que erais personas de bien
personas que, distintas,
entenderíais
a los que no éramos más de lo mismo.
Sinceramente lo pensé
y sinceramente me equivoqué.
Yo diminuta e invisible nave,
crecí hasta que de mí un mito ajeno
subió de entre las paredes del patio,
de las enredaderas oscuras
y las cascadas,
de entre los chorros de agua.
Lo que yo hacía tenía el eco
de una voz
extranjera y estraña.
Y sinceramente pensé que,
en todo caso,
vosotros, que trajináis el ajenjo,
que sacáis el sello amañado,
que mentís para vivir,
estaríais junto a mí.
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