Tras leer el original, la editora accedió a su publicación con la condición de reducir al menos a la mitad la novela. El joven escritor -Efraín de Miguel- era guapo y resuelto, una vez presentado en algunos programas de TV, con una campaña publicitaria adecuada, seguro que estaban ante un best seller; pero, subrayaba, en modo alguno con las actuales 900 páginas, plagadas de digresiones, símiles e historias paralelas absolutamente prescindibles.
El argumento era sencillo: unos individuos procedentes de distintos lugares coincidían en una ciudad atraídos por varios asuntos relacionados con un crimen sin resolver. El misterio, el suspense, la tensión sexual de los protagonistas, sus aspiraciones y sus voces interiores desvelando a los lectores cómo eran realmente mientras que de su actuación se deducía más bien lo contrario. Al final, se resolvía el misterio y se reflexionaba irónicamente sobre la naturaleza del ser humano.
Los personajes eran una sarta de solitarios. Un periodista enviado a cubrir la noticia. Un policía divorciado. Un empleado del gobierno. Una actriz abandonada en aquel lugar tras quedarse el productor sin dinero a mitad del rodaje. Un viudo del que se sospechaba que sabía algo más de lo que decía. Un abogado desengañado que había decidido escribir una novela.
Efraín de Miguel pensaba que sin su historia aquellos personajes serían una parodia de sí mismos. Sin su pasado detrás no había en ellos nada que los capacitase para entender el crimen ni que alimentase su interés en descubrir lo que en aquel infame lugar hubiera ocurrido. Así se lo expuso durante una cena a la editora a la que, en un impulso natural en un escritor joven, sedujo sin más motivo que salvar su novela.
La editora se llamaba Claudia. Rondaría los 45 y era bastante atractiva. Efraín se mostró muy atento y escuchó todas las revelaciones que quiso hacerle antes de acostarse con ella. Después de hacer todo lo que, con su juventud y su ambición por delante, pudo en el hotel al que lo llevó la rica editora, Efraín le explicó la importancia de las partes que componían su novela, la necesidad de las unas para las demás, que sin las unas las otras no tenían razón de ser, no tenían sentido; le habló, mientras la abrazaba, del esfuerzo que conllevaba aquella obra. Claudia, que era una mujer de mundo, le susurró: "Siempre puedes esperar y firmar con otra editorial, querido. Yo te lo recomiendo y te admiraré si así lo haces".
Dos días después, Efraín de Miguel había despojado el manuscrito de sus pequeñas historias. Es verdad que no le faltaba principio y final; tenía ciertamente planteamiento, nudo y desenlace. Claro, claro.
Efraín se miraba las manos delgadas y pequeñas, y pensaba en las 150 páginas resultantes de la criba. Era como una habitación sin muebles donde se hubiese metido un grupo de mendigos sin memoria, sin familia, sin futuro que se encuentran con una caja cerrada y discuten sobre la conveniencia o no de abrirla.
Supongo que eso pasará a menudo en el mundo editorial. Se obligará a los escritores a "pulir" sus obras al antojo del editor.
ResponderEliminarUn beso, Pilar.
Escribir o no escribir, para terminar puliendo. Abracitos, Pilar.
ResponderEliminarSí, Torcuato, Héctor. Editores ajustando las novelas al gusto o las necesidades del mercado como si fuesen faldas "un poco más cortas". Y también el ser o no ser escritor "invisible".
ResponderEliminarBesos a ambos.
Incluso con los relatos, por pequeños que sean , a veces los dejamos en la raspa, y con la pena de haberlos desvestido.
ResponderEliminarEs triste que hasta que una persona no es "alguien" no tenga la posibilidad de presentar su obra tal y como le gustaría.
Aplaudo tu relato Cartaphilus, es estremecedor ese final de habitación vacía llena de mendigos.
Abrazos
Gracias, Anita. Un abrazo
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