domingo, 4 de mayo de 2014
Entonces ocurrió que la luna creciente se deshizo de las nubes del calor y el niño pidió un deseo. Un deseo débil e inocente y fácil. La luna estaba bonita, medio sonriente, amarilla, ajena a las estupideces y los caprichos. E incluso ajena a las mareas y los laberintos. El niño y la mujer seguían su camino. Ella, evitando a los borrachos obtusos y a los lánguidos enamoradizos y el nño, soñando con un lunes límpido.
sábado, 29 de marzo de 2014
A veces llueve, la yerba se moja y sale el sol. Mas la yerba tarda en secar. Al fin queda solo el viento y la yerba se mueve, húmeda e imperturbable. Y nada importa. Solo estar adentro, alejada de las grises figuras del otro lado.
A mitad del camino, hay una línea que no es una línea que parece un campo de energía, una especie de entrada a otra dimensión y ahí, si te percatas, puedes pararte, seguir o simplemente darte la vuelta. Afuera volverá a llover y seguirá soplando el viento, hagas lo que hagas, pero una vez plantas el pie en el otro lado, todo tu cuerpo comienza a crujir y ese pie ya no puede volver, te lo habrías de cortar. El otro lado está borrosamente lleno de figuras familiares. Figuras planas, canas, ejemplares. Las que no son planas guardan detrás un misterio de patas y cadenas y medusas que no puedes ver desde este lado. Los demás siguen y pasan y se pierden y el límite es como un juego de agua cayendo en cascada y el rumor no deja oír lo que te dicen pero te tienden las manos y con los ojos te impelen a continuar. ¿No completarás el camino?
Afuera ha debido llover una vez más, y el olor del mar es diferente en los días de lluvia, aunque ahora el cielo está despejado y puedes ver todos esos puntos borrosos brillantes, llorosos a través de tu miopía, y la luna como una moneda de oro gorda y sudada y lo que supones que son animales nocturnos que se cruzan entre aquello y tú. Y te tomas la molestia de cerrar los cristales, que aún están húmedos, y dejas fuera la selva oscura, las alimañas y las posibilidades.
A mitad del camino, hay una línea que no es una línea que parece un campo de energía, una especie de entrada a otra dimensión y ahí, si te percatas, puedes pararte, seguir o simplemente darte la vuelta. Afuera volverá a llover y seguirá soplando el viento, hagas lo que hagas, pero una vez plantas el pie en el otro lado, todo tu cuerpo comienza a crujir y ese pie ya no puede volver, te lo habrías de cortar. El otro lado está borrosamente lleno de figuras familiares. Figuras planas, canas, ejemplares. Las que no son planas guardan detrás un misterio de patas y cadenas y medusas que no puedes ver desde este lado. Los demás siguen y pasan y se pierden y el límite es como un juego de agua cayendo en cascada y el rumor no deja oír lo que te dicen pero te tienden las manos y con los ojos te impelen a continuar. ¿No completarás el camino?
Afuera ha debido llover una vez más, y el olor del mar es diferente en los días de lluvia, aunque ahora el cielo está despejado y puedes ver todos esos puntos borrosos brillantes, llorosos a través de tu miopía, y la luna como una moneda de oro gorda y sudada y lo que supones que son animales nocturnos que se cruzan entre aquello y tú. Y te tomas la molestia de cerrar los cristales, que aún están húmedos, y dejas fuera la selva oscura, las alimañas y las posibilidades.
domingo, 23 de febrero de 2014
Aquí hay un pájaro cantando que no sabe que la vida es una mierda
Visconti toma partido donde Camus, no. Simpatiza con Meursault. Tergiversa el perfil psicológico del hombre que es el mérito atemporal de una novela que, desde luego, no es solo una crítica a la hipocresía de la vida en sociedad.
Visconti hace un alegato contra la pena de muerte.
Está el hombre en su derecho. Visconti, digo. Tampoco era fácil hacer una película de un libro donde las más impresionantes y certeras palabras describen percepciones subjetivas sobre el sol, que calienta amable o aturde odioso, sobre el cielo: arrebolado, enrojecido, verde, límpido sobre las higueras,... El cielo: quedé largo rato mirando el cielo.
Meursault mira constantemente al cielo, se siente como el día. Su ánimo lo deciden cuestiones fisiológicas. Es de una sinceridad patológica, como otros son de una falsedad que roza el ideal de la cordura de este mundo. Camus no juzga a Meursault.
La simpleza de las reflexiones del extranjero a veces me sacan una sonrisa; la pulcritud y sensibilidad en la descripciones me dejan boquiabierta. El sol se quiebra, se derrama, es espada de luz, llueve desde un cielo implacable: el mismo cielo que, a otra hora, el mismo hombre atiende sobre todas las cosas.
Cómo Visconti va a recrear el mar, la arena, el sol, bajo la mirada del extranjero. Si "sobre la arena el mar jadeaba con la respiración rápida y ahogada de las olas pequeñas", qué puede caber en el rudo expresionismo social, excepto un gesto de un Mastroiani que representa a un Meursault diferente. No es lo habitual que un libro dé menos detalles que la película: que sea esta mucho más explícita en absolutamente cada detalle que en la novela queda a nuestra interpretación. El lector es libre; el espectador, no.
Al fin, el condenado esperando su hora, tendido en el incómodo catre recupera la indolente calma. Camus no juzga a nadie.
domingo, 16 de febrero de 2014
martes, 31 de diciembre de 2013
Todos los órganos están interconectados: si quieres atender algo mientras conduces, bajas la música; para oír algo que me dices, cuando hablas, dilato las pupilas; la visión de un cadáver en descomposición hace que huela mucho peor, lo notarás si cierras los ojos: la reacción de mucha gente es gritar y taparse las orejas con las manos, mientras aprietan con fuerza sus párpados: esa reacción hace que disminuya en un 88% la posibilidad de vomitar, que es causada el 99,9% de las veces por las náuseas provocadas por el olor.
Por eso, cuando Él me dijo que si mi vista me ofendía, que a veces lo hace, me arrancase los ojos, yo le respondí que prefería extirparme el epitelio olfatorio. Nunca le caí bien. Un dios sin sentido del humor es un problema grave. Se aburre y dormita; tiene sueños de monstruos que se convierten en realidad para nosotros y, al despertar, pregunta "¿Pero qué habéis hecho ahora?". Cualquiera le responde: "Has sido tú, máquina loca, salida de la peli ESFERA". Él tampoco me cae bien a mí. Ni Él ni sus otras personalidades: ya se sabe que es trino. La paloma adopta forma de Madre: mezcla el sentimiento de culpa con el rencor: la frustración de no poder dominar todo y a todos con las armas de las que se le ha dotado hace que a veces aparezca cual Medusa y te haga bien la pascua, porque no es fácil decapitar a una madre. Se te queda un cuerpo fatal. Entonces aparece como el Hijo que es el Dios verdadero y tal y empieza a darte lecciones con un tono que acojona más que un párroco presbiteriano en las islas vírgenes "curando a los paganos".
Por eso, cuando Él me dijo que si mi vista me ofendía, que a veces lo hace, me arrancase los ojos, yo le respondí que prefería extirparme el epitelio olfatorio. Nunca le caí bien. Un dios sin sentido del humor es un problema grave. Se aburre y dormita; tiene sueños de monstruos que se convierten en realidad para nosotros y, al despertar, pregunta "¿Pero qué habéis hecho ahora?". Cualquiera le responde: "Has sido tú, máquina loca, salida de la peli ESFERA". Él tampoco me cae bien a mí. Ni Él ni sus otras personalidades: ya se sabe que es trino. La paloma adopta forma de Madre: mezcla el sentimiento de culpa con el rencor: la frustración de no poder dominar todo y a todos con las armas de las que se le ha dotado hace que a veces aparezca cual Medusa y te haga bien la pascua, porque no es fácil decapitar a una madre. Se te queda un cuerpo fatal. Entonces aparece como el Hijo que es el Dios verdadero y tal y empieza a darte lecciones con un tono que acojona más que un párroco presbiteriano en las islas vírgenes "curando a los paganos".
domingo, 17 de noviembre de 2013
Comenzaba el día a una hora indefinida que agotaba de claridad, el sol tan alto, los niños del vecindario incendiarios, las ollas pitando. Comenzaba el día, sin mirarse al espejo ni lavarse los dientes: orinar a oscuras, salir a la sala, colocarse los cascos: allí no hay nada: café recalentado y magdalenas.
En el cuarto, la cama espera deshecha su vuelta. En el pasillo, un largo banco cargado de ropa arrugada. En la cocina, pulcritud y soledad. Un altillo de la entrada rebosa de medicinas, justo al lado de atestadas perchas. Radiohead, 4 minutes. Just like everybody. Se tiende en el sofá. Cierra los ojos. Escucha atenta.
--Debo estar incubando algo,-- se dice, mientras ve manchas pululando tras los párpados cerrados, --No hay resaca que dure tanto.
Es cierto, los dientes apretados ya empiezan a doler. Se incorpora: asoma al ordenador y empieza a trabajar; hoy, extrañamente a desganas, con un sufrimiento agudo y brillante que va in crescendo hasta que no puede más. Las náuseas le vencen: vomita entre el escritorio y el sofá. Salpica ambos muebles y dios sabe qué más. Se limpia con la manga de la bata... Camina encogida hasta la cama, se tiende, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
--Debería llamarla, --parece pensar entre brumas.
La puerta cede tras varios intentos. El piso apesta. Nota cómo las rodillas no aguantan su propio peso y eso que ha debido perder al menos diez kilos, durante estos días. Camina temblando. Y tiembla tanto que deja de caminar. Deja de moverse, se queda clavada bajo una lámpara oscura que cuelga como un murciélago. Es como un test de Rorschach, una piel de oso, un animal despellejado y abierto flotando en medio de la nada. Qué diseñador loco de mierda haría semejante lámpara. Allí, bajo un sinfín de connotaciones, recuerdos e interpretaciones, se queda. Allí, se petrifica y se acostumbra al olor a putrefacción, a carne muerta, a fin del mundo. Allí, se olvida un instante de todo y de ella.
La idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
Y no hay donde esconderse
Me gustan las mentiras y los mentirosos. La guerra, las lágrimas, los principios, ... Y ojalá estuviésemos siempre empezando algo, o con la sensación de estar empezando. Nunca se estancaría nuestra sangre en ese instante sostenido de normalidad, nunca se agostaría nuestra sonrisa ni irían más lentos los latidos dentro del escurrido pecho.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada ni, aun menos, buena para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
Nada cambiará mi mundo: al menos, tú no.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada ni, aun menos, buena para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
Nada cambiará mi mundo: al menos, tú no.
lunes, 11 de noviembre de 2013
EL VIENTO
Por fin sopla el viento.
El viento que arrastra todas esas briznas de hierba,
el que puede llevarse la mala, la seca, la muerta...
Por fin sopla sin piedad.
La brisa inquieta cesa;
la brisa templada deja de engañar.
Por fin un huracán arranca esa semilla mal sembrada;
por fin acabará la mal nacida,
la que nunca debió arraigar,
la que solo sirvió para engañar
a la oveja, al agricutor...;
la que sirve solo para matar nuestro tiempo y el suyo
La que miente, y solo se miente.
Deja que el viento nos despeine,
que nos arranque también a nosotros.
Déjale, déjanos,
deja vivir al árbol superviviente,
hijo de la única y verdadera simiente...
Vete con el viento...
déjala, déjanos....
Hoy un manto ligero de hojas muertas
se cruzó en mi camino y me ahogó.
Sabio camino de hojas yertas que alberga
y esconde un solo de guitarra,
un algo que suena a diapasón.
Un montón de cáscaras de vida.
Un ciento de señales en medio de la nada.
Ahora repito en mi cabeza una canción de desaparición,
de muerte, de llanos y explanadas,
de cosas que no pasaron
y que no pasan y por las que no pasa nada.
Y, al fin, qué querremos sino una guerra,
un final maldito y brutal.
Y al fin qué hay sino nada...
Un montón de basura reciclada, un surco oscuro,
una ensenada;
pescadores sin nada que pescar...
El viento que arrastra todas esas briznas de hierba,
el que puede llevarse la mala, la seca, la muerta...
Por fin sopla sin piedad.
La brisa inquieta cesa;
la brisa templada deja de engañar.
Por fin un huracán arranca esa semilla mal sembrada;
por fin acabará la mal nacida,
la que nunca debió arraigar,
la que solo sirvió para engañar
a la oveja, al agricutor...;
la que sirve solo para matar nuestro tiempo y el suyo
La que miente, y solo se miente.
Deja que el viento nos despeine,
que nos arranque también a nosotros.
Déjale, déjanos,
deja vivir al árbol superviviente,
hijo de la única y verdadera simiente...
Vete con el viento...
déjala, déjanos....
Hoy un manto ligero de hojas muertas
se cruzó en mi camino y me ahogó.
Sabio camino de hojas yertas que alberga
y esconde un solo de guitarra,
un algo que suena a diapasón.
Un montón de cáscaras de vida.
Un ciento de señales en medio de la nada.
Ahora repito en mi cabeza una canción de desaparición,
de muerte, de llanos y explanadas,
de cosas que no pasaron
y que no pasan y por las que no pasa nada.
Y, al fin, qué querremos sino una guerra,
un final maldito y brutal.
Y al fin qué hay sino nada...
Un montón de basura reciclada, un surco oscuro,
una ensenada;
pescadores sin nada que pescar...
viernes, 4 de octubre de 2013
NADA
Ardo sin fuego, mas quema lo mismo... Es un infierno en vida esta configuración desfragmentada de nada tras nada y prometiendo más nada... La oferta y la demanda de la nada; la vida y cosquillas en la pelvis de la nada; el sexo asqueroso de la nada; la praxis inservible de la nada... Nademos, pues, para no ahogarnos en esa nata, para vivir un día más y no luchar al día siguiente, para no resistir la embestida de la nada, para no inventar nada, para no reconocer nada, para no ser nada.
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