viernes, 9 de noviembre de 2012

Límites, voluntad y palacios de cristal

Fiodr, a pesar de su aspecto cansado, serio y anodino, su incipiente calvicie, su desproporcionada cabeza, su caminar cargado y su frotarse las manos, no es un tipo más. Fiodr, en un mundo de gente que no sabe lo que quiere, desea un palacio de cristal, exactamente lo que desea es que existan los palacios de cristal y, esta es su voluntad porque ese es su deseo. Lo interesante de F. es que nunca nadie puedo despojarle de su voluntad pues nadie supo distraerle de su deseo. Toda su actividad se puso al servicio de la consecución de ese deseo. Su talento, su herencia, su esfuerzo, todo lo que podía como hombre libre, hijo de hombre libre, se puso en funcionamiento. No pararía hasta encontrar un palacio de cristal, un mundo hiperbólico lleno de mesas de juegos, con vasos de vodka helados y una audiencia atenta, complaciente e ingeniosa. Un lugar en el que no solo cobijarse de la lluvia sino apretarse contra unos orondos y blancos pechos, un lugar por donde no se pueda pasar sin hacer un espasmo a modo de reverencia, donde los únicos límites sean su libertad y su conciencia de ella. 
Y pongamos por caso que, en un momento determinado, F. lo consiguiera, consiguiera este palacio. ¿Cuánto tiempo creen ustedes que tardó en desear algo más? Digamos, subir un nivel en la misma dirección, esto es, en la excelencia del palacio de cristal. Y nada asombroso pasó: en principio, el palacio habría de ser enorme, dorado, redondo, sinuoso, siempre perfumado. El vodka levemente tibio, el samovar siempre encendido, la mesa de juego presta y el bolsillo de su chaqueta como un interminable surtidor de monedas. En los momentos vespertinos y solitarios, su pluma iba aún más ligera. Y las mujeres, siempre lindas y dispuestas, sus cuerpos, llenos y suaves, sus ojos enormes y sus manos pequeñas y la intuición de estas hembras sería un portento de inteligencia solo a la entera satisfacción de la imaginación.
El tiempo (oh, tic tac) habría pasado raudo, claro está, si esto así hubiera sucedido. 
Mas, fuera del palacio, quedaban aspectos que podrían entrar dentro de los límites de su voluntad, al menos la calle o la manzana que rodea al lugar y, cómo no, los habitantes que paseasen esta calle, y también el ambiente y el aire que tenía que ser fresco, seco, perfumado y deslumbrante. Nunca más el hedor ni el espectáculo de la miseria. Solo una calle en la que nadie recordaría que uno se tiene que conformar con el gallinero o el altillo de un edificio ruinoso con habitaciones subarrendadas y sucias familias separadas por sucias y viejas sábanas. Todo se podía olvidar en un paso más en la consecución del deseo del palacio de cristal. 
Después de un tiempo, estoy pensando que Fiodr ya estaría satisfecho y bien abastecido, nada de lo anterior le haría desear sacar el dedo; los deseos saciados, el cuerpo descansado y la contemplación de la belleza y la imagen de una sociedad hedonista, serena, pacífica y en completa ausencia de desigualdad. Y seguramente seré yo, pero imagino a Fiodr despertando una buena mañana, entre sábanas blancas y almidonadas, con una rubia cabellera enredada entre las almohadas. Imagino a Fiodr observando a la bella muchacha de curvas sublimes y pensando que aquella no tiene ninguna inocencia, que va demasiado perfumada, que sus caderas son muy anchas y su habilidad es tal que resta todo aliciente al arte de amar. 
Y, tras una fructífera mañana de trabajo, lo veo bajar las doradas escalas, con una historia bajo el brazo pensando en que siempre las mismas historias y los mismos recursos y los mismos personajes con las mismas depravaciones y la misma estulticia y la misma maldad, y que siempre los mismos trucos para cautivar a editor y lectores, y seguir ganando tanto como para mantener el  palacio de cristal. Y veo cómo, de repente, lanza las cuartillas garabateadas por la ventana. Y se sienta a la mesa y, después de la sopa y el faisán y el vino y los pasteles y la conversación aduladora aunque amena, siente unas imperiosas ganas de vomitar. Y vomita en una enorme bacina plateada y, entre los trozos y restos semidigeridos y el olor nauseabundo y las lágrimas producidas por el esfuerzo, Fiodr cree ver un movimiento en la masa parduzca que pareciera haber cobrado vida y moverse de modo imposible. Fiodr, sin duda, alzaría la cabeza, se echaría agua en el rostro, enjuagaría su boca con licor de manzanas y, apuesto la camisa, regresaría a mirar el vómito con una mezcla de temor y burlona incredulidad. Pero ocurre que allí ahora mirando atentamente, con una mano tapándose las narices y la otra, sujetando una bujía, ve que no era una alucinación ni un error de percepción y que lo que se mueve allí abajo es un número insoportable de gusanos. Asquerosos e inquietos gusanos que han estado dentro de él y que han salido de él y que quizás se hayan creado en él y que ni dentro ni fuera son parte del palacio y no mueren ni desaparecen ni se van a morir ni a desaparecer jamás. No sabría decir lo que pasa por la mente del hombre justo en ese instante de desesperación por el miedo y el asco, pero sé qué hará Fiodr, que sabe lo que es evolucionar. Así, y por ello, pasa a la siguiente fase y fuma alguna sustancia relajante y oriental y se siente relajado y oriental y deja de pensar en los gusanos y se concentra en "redecorar" el palacio de un modo profundo y exótico. Primero, apartará a las hábiles damiselas de su lado de la mesa para sentirse confortado con la dulce inocencia de criaturas más jóvenes e inexpertas. También, y quizás como reacción subconsciente a la náusea vermícula, F. deja de comer y se dedica a paladear exquisitos licores y a profundizar en ese nuevo y extraño placer de los humos extranjeros, y en la risa blanda y los estrechos cuerpos de los niños cuya sensualidad le era hasta entonces desconocida y es como un país nuevo y raro y excitante y vedado, y el reciente deseo se impone a su voluntad: el deseo de no recibir sino de dar, no de ser agasajado y amado sino de agasajar y amar y enseñar.
Así que F. ha ampliado los límites del palacio concediendo a su deseo un poder que en realidad siempre tuvo, sin darse cuenta de que los pasos avanzados en esa última velada son, aunque los diera solo por amistad y por curiosidad y por ser fiel a su voluntad de ser absolutamente libre,  son -digo- pasos imposibles de desandar. Y que es verdad que todos los límites se pueden cruzar porque no existen más que en las convenciones de las que Fiodr se deshizo hacía tiempo ya. Y que el único límite admisible es el que uno se impone bajo cierto control del que aquella noche nuestro Fiodr se despidió para no recuperar jamás, pues ¿cómo volver a los antiguos hábitos de los que había terminado asqueado?, y ¿qué vacío placer encontraría en las antiguas prácticas ya jamás?, y ¿cómo considerar su palacio de cristal un palacio de cristal si allí no hallase la complacencia de su deseo y se sintiese libre y ejerciera todos los derechos que le asistían como amo de su destino? y, además, ¿por qué habría de volver atrás?, ¿a quién debía rendir cuentas?, ¿a una supuesta autoridad impuesta por una voluntad ajena, cuya misión es hacer cumplir unas reglas arbitrarias e ilegítimas para un hombre libre? No, no daría ni un paso atrás. Un hombre que tiene un palacio de cristal no puede dejar que se convierta en un edificio vulgar ante el cual se pueda escupir. 
El destino de F. sería llenar sus noches de complicados juegos con subidas y más subidas de las apuestas y sus banquetes de ebriedad y, para la conciencia amaestrada que él también había heredado -incorporada a su cuerpo aunque no fuera material-, reservaba el humo del olvido y la música liviana.

martes, 6 de noviembre de 2012

Spotless life

Siempre es triste dejar atrás un paisaje que amas, mientras el taxi te aleja atravesando suburbios y puentes sobre vías ferroviarias y muros manchados de humedad con estresantes pintadas llenas de faltas ortográficas, y un talento subversivo y barriobajero te atenaza. Una espalda llena de caspa y unas manos demasiado pequeñas escondidas tras unos diminutos guantes blancos te guían hasta la salida del laberinto donde has vivido un tiempo que ya no importa pues está abocado al olvido tras 5:57 minutos de destello de una mente sin sentido: Everybody's gotta learn sometimesEs siempre triste volver la vista atrás y ver los rascacielos que te aplastaron y ensombrecieron cada uno de tus días, a los que miraste y volviste a mirar para fijarlos en tu memoria a pesar de saber que esta, como las otras, veces todo eso lo ibas a olvidar; oír Everyboy hurts en tu mp4 robado, ver al fondo la torre metálica como un desafinado canto a la posmodernidad, la fisonomía de una ciudad enorme y sin alma, un sitio donde, aunque no lo sepas, porque nada se puede saber, no volverás. Entre el taxista y tú, un grueso vidrio está lleno de salpicaduras y huellas, las manecillas de las puertas arrancadas y una emisora de radio vomitando palabras extranjeras te despiden del caos en que casi te habías acostumbrado a ser infeliz, igual que uno se acostumbra al frío o a pasar hambre o a estar en un catre lleno de muelles, cama de faquir a la que te adaptas sin más, durmiendo como una serpiente, adelgazando para no pesar y así no clavarte esas puyas metálicas. Y te ves en el cristal de la ventanilla mirando la ciudad mientras te alejas, te ves en tu perfil afilado y envejecido, en tu rostro forastero, en tu cara de madrugada, una cara abstemia y sombría que no desentona con los viejos edificios ennegrecidos, el olor a carbón, los trapos tendidos en las ventanas opacas y sucias, donde alguien vive en una miseria infinita sin que ni a ese alguien le importe. Y entonces te das cuenta, porque sientes algo intestinal que debe estar conectado con el inconsciente, en el lugar donde vive el mago de Oz del cuerpo que habitas, y te das cuenta de que ese lugar es el lugar que amas, donde puedes ser tú, con un cuerpo infrahumano, noches y madrugadas, cucarachas aplastadas y ciento de botellas apiladas, que sea donde sea que te lleve ese avión tampoco entenderás el idioma ni las costumbres, que las camas y las escaleras y las aceras no serán allí tampoco de tu talla, pero nunca habrá una bruma de polución y transeúntes semimuertos de cabezas gachas ni la BSO del lugar será jamás Mad World y que eso es lo que tú amas. Tu piso a esa hora ya estará habitado por otro, tu basura habrá sido despejada, tu nombre garabateado en lápiz en el buzón al que nunca llegó ni una sola carta tendrá ya otro encima del tuyo, escrito en rotulador negro, en caracteres cirílicos o alguna lengua eslava o caracteres tradicionales chinos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Invisibles flores, palpitando bajo la tierra

Nuestra estación languidece, 
se agosta, se muere.
El sueño de verano
nos condena sin remedio
y tristemente nos libera
del error de sentirnos eternos.
Solo seremos restos
en los lejanos días venideros:
otoño en crujientes hojas
plácidamente colocadas
como piezas de una colcha.

Tan solo espero que el frío que se abate
sobre las exhaustas cosas
me descubra en el blanco invierno,
partiendo hacia el verde pálido día de mañana
que, incrédulo, aguarda sin nada entre las manos.

Y quizás el tiempo, insólito centinela
que vigila nuestra puerta,
abra un camino,
limpie la nieve de nuestra senda,
eche sal a nuestro paso,
sea de repente un aliado
y decida dar una oportunidad
a estos del lado donde nos hallamos.
Momento, pues, de desperezarse,
estirarse,
palparse los miembros,
                 entumecidos y yermos.
Alzarse el cuerpo, ajeno,
hacerlo caminar en círculos
hasta acostumbrarse al movimiento.
Hora de calzarse y salir 
donde las estaciones siguen su concierto.
Y ver si está el suelo lleno.
Lleno de yerba, lleno de cielo.
Si está pleno de hojas,
o, acaso, lo anega el cieno.


Y hacer un hueco en el cálido fango.

Y, con los brazos cansados,
cavar un pozo y construir un tejado,
esperando que el tiempo nos acaricie
en lugar de fustigarnos.
Y persistir, distraídos en la abeja 
que liba la flor inquieta.
Ser simplemente parte,
como las hojas que cuelgan,
como las hojas del sauce
o las hojas del roble
o las hojas del arce.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Museum Hieraticum Erraticum


A falta de ideas nuevas, ideas viejas, recuerdos de viajes, vidas de otros; el inagotable ritual de recurrir al griego; revelar el mito desnudo una y mil veces. Enfadarse con el puto Dostoievski por culebronero y grande.

Una muchacha que descubre a Klimt tras otra, la vida nos desenmascara y nos aleja. Descorcha una botella pues ya no bebo, ni fumo, ni tomo antidepresivos ni apenas si echo un polvo una vez al mes. Si se sobrevive al veneno de la sangre, habrá que enfrentar la cobardía ante el espejo.
Otra joven que descubre a Klimt. Nunca se agotarán las reproducciones de El beso. Y ahora los blogs y las ventanas llenas de caras con estúpidas viñetas que hablan sin decir nada. La mía se agota, la mía se difumina y se apaga. Me muero un mes para nada. Hay un pintor que quiere ser Van Gogh. Nunca pisó un manicomio ni sufre hiperacusia ni se cortaría una oreja así pusieran un Colt Anaconda en la boca de su tierna hijita de tres años.
Y qué pasa con el tiempo que estuviste confinada, esas largas tardes, esas interminables noches, ese dolor inmenso. Dónde queda lo que fuiste, triste despojo a merced de la bondad o crueldad de las enfermeras. ¿Qué haces de todo eso? Ese yo que desaparece sin más y no te cambia... Las noches oscuras y gélidas en que empapas la cama se esfuman: existieron para nada. Solo quedan bocetos de un Museum Hieraticum Erraticum inventado, donde vemos el desfile de imágenes enturbiadas por el ojo impresionista. Miopía impresionista acentuada a la derecha por húmedas drogas legales. La noche del miércoles al jueves, falso meridiano de la semana laboral, abismo desde el que no se vislumbra el fin de semana, muestra el cuerpo de mujer sobre colchón de látex. La 547, habitada por los fumadores con neumonía postferial, canta los goles de un Madrid-Barça que raya la medianoche. Comemos inteligencia muerta con ojo en la noche del hombre testosterona en nuestro infierno. Las 12 y veinte, hora alfa, 41 de fiebre, momento del refrigerio. Imagen costumbrista: recorriendo el pasillo, el carrito de triste motor reparte galletas y líquidos caldos nocturnos; un ruido agudo crepita de modo audible por los ojos. La mañana se hace esperar pero no desentona; cual obra maestra, se abre paso el adagietto de tonos móviles y voces de fregonas. Momento álgido de bocas batientes y sillones reptantes. Auxiliares vociferantes que custodian la manivela, el objeto más preciado de la 5ª planta, el ora visible ora invisible abridor de ventanas, dador de la luz de la mañana que ahuyenta el recuerdo de las recientes tinieblas.
Una joven descubre a Van Gogh y pone un detalle de Las edades de la mujer en su portada de Facebook. El viaje se acaba. Aunque siempre alguien queda que descubre a Klimt y sorprende que una mujer con índice de masa corporal igual o inferior a cero te lea la buena fortuna. 

lunes, 30 de julio de 2012

En una mano la cabeza, en la otra la pluma, en la otra la jarra


Tengo el cerebro inflamado y mi cabeza toma tintes cómicos; deseo escribir o tomar la botella o, ¡mejor!, ambas cosas para desfogar mi alma y que mi mente retorne a sus dimensiones cabalmente humanas, estéticamente contemporáneas. Quizás, al escribir, vomite el pensamiento que se acumula físicamente haciendo bulto y aleje de mí dolores, angustias, excesos y protuberancias.
En verdad, me siento diferente. Honrado por un don precioso, fatídico, delirante y canallesco. Ante todos, grotesco genio. Es, sin duda, por esta cabeza tan gorda, por esta megaloencefalia parcial e inversa, no catalogable ni reconocida, --por la que no tendré una paguita ni una baja laboral--, que los pensamientos se agolpan y la verborrea permite que una de tantas veces diga algo magnífico, heroico y universal.
Genio y desorden: todo con tanta dignidad como un falso funeral con falsa incineración y falsa misa, ataúd vacío y dolientes hartos de vino blanco y peleón. Mi señora, Ifigenia, siempre fue enemiga de la venta de alcohol en cementerios y parques infantiles; hospitales y centros de acogida. Lástima. Al fin, acabó cambiando de opinión. Acaudilló, bravísima, una causa con tales argumentos que a punto estuvo de llegar al Parlament. Fue justo cuando el hígado le explotó. Desde ese día, festejo a los dioses y conduzco con cuidado. Recibo mi ebriedad como una suerte de destino y alivio, una vida feliz en todo excepto en tener que ir dando tumbos hasta caer redondo en la acera o el arcén. Ya en ese momento carezco de miedo y, aun sin conciencia, tengo un don profético solo dado a los sabios y a los locos. Prodigo levedad y mi existencia se torna un regalo para los demás. Entonces, me recibe una lluvia de flores de jacaranda, el turbador color bastardo, el pegamento de su zona erógena. Qué eres. El sucio amor ambiguo que brota amoratado dos veces al año. Para qué me envuelves en brotes olorosos y sedosos que me amargan el resto del año. Y por qué, dime, por qué yo he de ser el objeto de tu visión y tu caricia, de tu obsesión y tu enlazarte en mi regazo o entre mis piernas. Qué buscas. Quizás me crees el dueño de las puestas de sol. Quizás me ves en tus ojos y haces de tu mirada mi mirada. Quizás ahora la realidad es real en este capricho y yo existo solo porque me amas como a la verdadera libertad. Mas el tiempo del verdear siempre acaba y el verano trae la hoja seca, el crujir de la rama, el hostil cacto, y de tu inspiración y mi fe no quedará nada. 
Despierto en un lugar extraño, recobro a mi pesar la razón; consciente de la amenaza, miro a mi alrededor y cargo con mi testa hasta la siguiente página.

domingo, 22 de julio de 2012

En el interior retardado de nuestro fruto final entramos traicionados


Los amantes, si comprendiesen, podrían, en el aire nocturno,

hablar maravillosamente. 



1. 
Yo, que apenas he vivido, podría fingir haber confiado en un hombre, persiguiendo algún goce animal, sabiendo que no sirve de mucho hablar; podría soñar con las ruinas del desierto y las caravanas de beduinos, el calor y el temblor del paisaje embustero; la tormenta de arena y la sed; la pérdida de la memoria, los labios ulcerados, llenos de costras y llagas resecas; la mirada perdida; abandonada por todos, esperando el cese del pesar, del miedo, de la angustia; consciente tan solo de lo terrible que es vivir mientras las horas se eternizan en la resistencia de mi cuerpo a la mera nada que espera como un alivio: en el momento en que la tormenta se disipa y queda el bellísimo espectáculo deslumbrante, punzante, inefable, dorado.

2.
Yo, que apenas he conocido la ciudad ni el campo, que desconozco los misterios de la simiente y los ladrillos, que espero despierta en la noche ladridos y aullidos, música de chicharras y grillos. Que, sin salir de este laberinto, he imaginado las guerras y los partos, la mezquina condición del hombre y sus juegos. Que, sin salir, he vagabundeado: junto con otros mendigos, he bailado y tocado la flauta y robado. Que he dado masajes en salones de té en mi época extranjera, que nadé en una playa de Tailanda donde los dioses escondieron el paraíso y su secreto. Que, confusa, he vivido mil vidas todas falsas, todas plenas, todas soñadas entre el bosque o en sucios locales, rompiendo la promesa de ser yo vagabunda y extranjera. Mintiendo, mintiendo.

3.
Yo, que apenas he sufrido, podría desmenuzar el sentimiento de dolor de una daga que te atraviesa el cuerpo rasgando piel, músculo y entrañas. Una pesadilla en la que, sobre una camilla y con material esterilizado, hombres de rostros cubiertos, te sacan las vísceras mientras lo ves y sientes todo; agudos pinchazos, el sonido ensordecedor del corte áspero; el pulso firme, el bisturí afilado, la furcia que limpia el sudor, el hombre tranquilo, la mordaza. Enmudecida, mas los ojos abiertos, ojos que claman en palabras, ojos que hablan, ojos que, al cabo, saltan de sus órbitas y cuyo destino es la fregona del Servicio de Limpieza de algún hospital donde meterán tus órganos en un frigorífico para que otra persona pueda mear  con tus riñones o sufrir un infarto con tu corazón.

4.
Yo, que a nadie he querido, podría imaginar el estremecimiento de tu cuerpo entre mis piernas, del acto inmenso de ser atravesada por un sentimiento de locura en que anhelas tanto estar viva, en que sientes con tal intensidad tu existencia que piensas que existes de veras y de modo trascendente, y que importas como importan las esperanzadoras estrellas y el Universo que nos acoge, que eres más grande que un poema eterno y más valiosa que la entera historia de los hombres y sus grandezas y sus torpezas y sus valores y supersticiones; más que las religiones y los funerales, más que la visión del fluir de los ríos y del brotar del manantial desde la roca tierna, más aun que los hijos de los hombres y que los sabios; que la música y los milagros;  que la paz y la salvación de las almas -o incluso más que la misma existencia de las almas-; más que un gesto efímero de bondad, más que yo misma cuando no estás entre mis piernas.

viernes, 13 de julio de 2012

A la resaca que tendré mañana

No lo siento: "Yo soy mi rabia".


Esperaré a dejarte para escribirte una carta. Una carta digna, una carta dramática. Cogeré una angina de pecho y la soltaré para pimplarme unas cuantas. Luego toseré e iré a una clínica o un balneario a la Suiza francófona. Oh las montañas enormes de cúspides como senos llenos de leche materna, ñam, mami, te echo de menos. Nata con dulce de azúcar es la infancia. De día, tomaré las aguas; de noche, tomaré Sodoma. Siempre la esperanza de vencer, romper, violar, fenecer. Siempre el sueño de ampliar el imperio con el enorme tótem de carne que todo lo cura y cuyo tamaño como el del Universo y el del reverso de todo coño es tan relativo como mi orgullo y tu amor de tuno salmantino. Fumigar las tunas, pasado perfecto de subjuntivo. Tratamiento completo para tisis, sífilis y locura histérica transitoria. Ah Suiza y el aire helado y puro de la montaña, las gordas rubias con trenzas y la música insufrible de aquel puto lugar donde la idea es superar la conciencia cívica y blanquear dinero como en México blanquean anos. Todas las mujeres, amantes entretenidas, todas las que no lloran ni sangran ni rezan durante el sexo son las grandes putas de la historia. Ni una escribirá un libro, un poema, un panfleto. Ninguna comandará una causa, ninguna firmará un decreto. Pero, oh imbéciles, cada una de vuestras amadas, cada madre adorada, cada maestra venerada... pertenece a nuestra causa. No hay mujer que no sea de mi estirpe y vosotros, bastardos, sois los hijos de la que nunca será amada.

Él. Recordando

Paso los saltos del río, puente aéreo, donde unas jóvenes ríen de un modo tan familiar que algo en mí se despereza tras un sueño de más de 20 años. Recuerdo ahora una mujer que tuve, cuya hermosura estaba abocada al fracaso, cuyo rostro se desdibujó al instante y cuya voz se ha perdido para siempre. Despacho maletas como un autómata más, tomo asiento, observando la juventud despampanante, y evoco aquella amante sin nombre, impelido por una voluntad  casi ajena e insoportable. Lo único que consigo ver es una cama siempre deshecha, una libreta vieja, un lápiz de ojos, carcajadas que subían por el hueco de las escaleras. Y hago un esfuerzo por dar detalles a una imagen. Era alegría ruidosa y demasiado joven. Era repentina pena, melancolía debida a cualquier insignificancia: una luz sobre la mesa, un olor, una música lejana, el crujir de una silla incómoda y vieja y solitaria. Era nostalgia y no. Era un principio de conciencia o quizás el efecto de tanto alcohol y tanto sexo. Era sentirse desvalida y niña y aun saberse desvalida y niña, enfrentando al espejo esa mirada que gastada sabe los secretos de la vida y de la muerte. Era sentirse sola y sentirse absurda y saberse sola cuando me anudaba la corbata y me colocaba el reloj con impaciencia y me despedía con un beso descuidado, ya mi mente en el camino de vuelta y en la cómoda y familiar escena. Era aquella máquina de escribir sin tinta y el despertador y el teléfono que jamás suena. Y la sonrisa, y la conversación, la música, las historias y las botellas. La mesa de madera cruda donde había grabado su nombre que no recuerdo. La urgencia por decir tantas cosas, las flores de plástico siempre frescas y libros amontonados, abiertos, rebosando letras por toda la casa.
Todo eso era ella. Un saco de huesos con lentejuelas en los cabellos claros y despeinados. Un temblor y una ruina. Con ojos como el fuego. A veces, parecía recién salida del mar, tras una virtud de bautismo que la redimía ante sus propios ojos, ojos de fuego que ahora veo. Y reconstruyo la arquitectura del pasado. El paisaje de aquellos días que es su cuerpo junto al mío. Un istmo asido a una figura, istmo lleno de recovecos y edificios sin sentido: una caótica ciudad  de un mundo sin gravedad donde todo flota y sus habitantes se amasijan locos comprendiendo la lógica irracional del lugar, seres que jamás llegarían al continente donde yo habitaba, en el que me movía, por el que viajaba, cambiando continuamente la ubicación de mis deseos: cruzando la cordillera, arribando al valle más cálido en invierno. Recorrí el bosque salvaje, exploré grutas submarinas en un delta que parecía el confín del mundo. Un accidente ventoso y abismal donde terminaba su cuerpo y mi mundo. Y quedarme absorto, siempre tentado de saltar al vacío... desafiado por una libertad necesaria para al fin dar media vuelta y reptar por sus muslos sinuosos hasta el hueco de su cadera de niña y allí acampar largo tiempo, reducido a un parásito de su cuerpo, lejos de las inquietas voces por las que hablaba su alma. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Hay una verdad terrorífica dentro. La única verdad en la sala de espejos que llamamos Mundo, ese salón de madame des Ricochets repleto de escenas repetidas, tules y música mojada en el té con leche de los mullidos sillones. La verdad está siempre encerrada en los pechos, oculta de la luz de los ojos de los hombres; ríe, secretamente muda, de los relatos de viajes, de los planes, de las quejas por los contratiempos sufridos... Huéspedes que desfilan por el Mundo, sala con piano y mesita de café de maderas nobles, una cola de pavo real en cada vestido de mujer donde la verdad camufla su pelaje animal y sus dientes de tigre y sus azules mestizos; habita adentro y quizás nunca salga, pero Madame saca licores y una baraja de cartas y, si la joven jugadora bebe lo suficiente, la verdad subirá a su escote a darse un festín. Acaso el alba sorprenderá a la sangre empapando la gruesa alfombra persa cuya culpa dará la orden a la vergüenza de quebrar cada espejo.