En 1997, después de acabar la carrera y trabajar como profesora de español para extranjeros, pasé un año escolar en Pensilvania.
Durante las vacaciones de Acción de Gracias, y sin un duro en el bolsillo, decidí no quedarme en el Campus con los demás pobres y tomé el autobús a Nueva York para ver la isla de Manhattan. Sola y sin dinero, solo me pude permitir alojarme en la residencia del YMCA en la zona alta.
Llegué tras una ruta larga, incómoda y en ayunas al edificio enorme de la otrora prestigiosa asociación de jóvenes cristianos: la Young Men's Christian Association.
El sitio era grande, un hall enorme, un somnoliento negro me proporcionó una llave, y me indicó el ascensor. Piso 5º. Habitación 5348
El pasillo estaba helado, era largo, puertas y más puertas. Abrí derrotada y encontré dos metros cuadrados de cama y un armario empotrado a veinte centímetros. Ya.
Olía una mezcla de humedad y amoniaco.
Solté la bolsa con dificultad en el armario. Salí con urgencia al baño, que estaba al final del pasillo. De ahí venía el frío. Un rumor de voces extranjeras me acompañó a un gigante lavabo, con diez puertas que daban a retretes amarillentos sin más que una taza. Siete ventanas, todas abiertas y unas cuantas puertas donde duchas sobre piso resbaladizo y mugriento no daban agua caliente. Me aseé poco, mal y rápido. Y corrí pasillo arriba a la 5348, donde me atrincheré para tratar de descansar con una sensación de miedo y cansancio tras la que enfrenté el sentimiento nítido de un gigante fracaso. No pegué ojo, oí ruidos en el pasillo toda la noche, las tuberías, las voces y los picores que me causaba la seguridad de que en aquella cama habrían estado cientos de tipos sucios y piojosos. Pensé en chinches y garrapatas.
Al día siguiente, salí con hambre que mal podía paliar sin un dolar en el bolsillo. Caminé y rápidamente se disiparon el dolor de estómago y el fracaso. La ciudad aquella llena de color y vida, aceras atestadas de gente y puestos de comida que se salían de las tiendas. Novedad y libertad. Caminé horas. Hasta llegar al Midtown, al meollo, al maravilloso Manhattan con el que había soñado. Sola, entré en librerías donde servían café y te dejaban sentarte a leer. Allí reposaba un rato para seguir caminando. Calles largas, cafeterías, Greenwich Village. Tanteos en el barrio chino, flipando en Little Italy. Calles largas que bajaba con la fuerza de mis 26 años. Quería cruzar, cruzaba; quería parar, paraba. Me llamaba la atención una calleja, allá que iba. Pedí una manzana en un puesto donde la fruta brillaba más que si fuese de plástico. Expliqué al hindú aquel que tenía hambre y ni un centavo. Me la dio de mala gana. Supongo que por el Karma.
Seguí caminando. Llegué a Times Square ¡desde la 63! Una cosa bárbara, muy hortera, no me gustó nada. No sabía la hora que era.
Volví sobre mis pasos y preferí tomar otras calles igualmente largas, avenidas interminables, saqué el plano arrugado y me dirigí al Empire State Building. Subí, para eso había guardado mis cuartos, para eso y para pagarme el ferry a la Ellis Island y la isla de la Libertad. Eso sería al siguiente día. Mis pies no daban para más. Desde la altura del Empire tomé conciencia de lo pronto que me iba a olvidar de todo aquello, de la emoción de lo hecho, de lo visto y sentido. Me tomé mi tiempo agarrada a las alambradas y rejas que impiden accidentes y suicidios. Y entre ellos atisbé todo. El mundo entero. Como era y como iba a ser. Aún las Torres Gemelas aparecían en el cielo de la ciudad. Luces artificiales empezaban a tomar presencia, y el frío me recordó que era tiempo de regresar. Al baño congelado y la espantosa ducha que hoy sí habría de usar. No creo que nadie estuviese tan cansado y hambriento. Nadie tan satisfecho. Nadie menos dispuesto a dormir en un banco en aquel noviembre de inverosímil otoño.
A la vuelta fui despacio mirando las hojas rojas y pardas de los árboles. La parte alta era señorial, no eran barrios, como los que acababa de caminar. No lo había notado al salir, ahora iluminada me pareció impresionante, la gente se había acicalado, las tiendas ya cerraban, lentas. Paré delante de una especie de pizzeria de esas donde se muestran los triángulos en cajitas que te venden por piezas (eran los noventa: eso era inconcebible aquí). Entablé conversación con un tipo joven que me vio tanto rato en frente del local que me sacó un triangulo y me dio la bienvenida a América. Lo comí caminando de vuelta a la calle 63, al cuchitril de la cama. A la mañana siguiente, volvería a caminar y más, la parte baja quedaba a horas y el poco dinero que llevaba no lo podía gastar, quería ir al Metropolitan y quizás lo haría al día siguiente, si estaba cansada para tanto caminar. No me quedaba lejos el museo y ya aprovecharía para ver el Central Park, hoteles y limusinas de la Upperside.
Seguí caminando. Llegué a Times Square ¡desde la 63! Una cosa bárbara, muy hortera, no me gustó nada. No sabía la hora que era.
Volví sobre mis pasos y preferí tomar otras calles igualmente largas, avenidas interminables, saqué el plano arrugado y me dirigí al Empire State Building. Subí, para eso había guardado mis cuartos, para eso y para pagarme el ferry a la Ellis Island y la isla de la Libertad. Eso sería al siguiente día. Mis pies no daban para más. Desde la altura del Empire tomé conciencia de lo pronto que me iba a olvidar de todo aquello, de la emoción de lo hecho, de lo visto y sentido. Me tomé mi tiempo agarrada a las alambradas y rejas que impiden accidentes y suicidios. Y entre ellos atisbé todo. El mundo entero. Como era y como iba a ser. Aún las Torres Gemelas aparecían en el cielo de la ciudad. Luces artificiales empezaban a tomar presencia, y el frío me recordó que era tiempo de regresar. Al baño congelado y la espantosa ducha que hoy sí habría de usar. No creo que nadie estuviese tan cansado y hambriento. Nadie tan satisfecho. Nadie menos dispuesto a dormir en un banco en aquel noviembre de inverosímil otoño.
A la vuelta fui despacio mirando las hojas rojas y pardas de los árboles. La parte alta era señorial, no eran barrios, como los que acababa de caminar. No lo había notado al salir, ahora iluminada me pareció impresionante, la gente se había acicalado, las tiendas ya cerraban, lentas. Paré delante de una especie de pizzeria de esas donde se muestran los triángulos en cajitas que te venden por piezas (eran los noventa: eso era inconcebible aquí). Entablé conversación con un tipo joven que me vio tanto rato en frente del local que me sacó un triangulo y me dio la bienvenida a América. Lo comí caminando de vuelta a la calle 63, al cuchitril de la cama. A la mañana siguiente, volvería a caminar y más, la parte baja quedaba a horas y el poco dinero que llevaba no lo podía gastar, quería ir al Metropolitan y quizás lo haría al día siguiente, si estaba cansada para tanto caminar. No me quedaba lejos el museo y ya aprovecharía para ver el Central Park, hoteles y limusinas de la Upperside.
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